ENTREVISTA

Miss Bolivia, la cumbia y el feminismo: "Resistir al guion exitista me hace sentir bien"

La cantante argentina toca esta noche en Sala del Museo

Miss Bolivia. Foto: Guido Adler

Entre el rap, la cumbia, el rock y la raíz, María Paz Ferreyra lleva 12 años siendo figura relevante en la escena musical argentina y, ahora un poco más, rioplatense. Antes del show que dará hoy en Sala del Museo (últimas entradas en Abitab), Miss Bolivia conversó con El País.

—Estás componiendo tu nuevo disco, Bestia. ¿Hacia dónde se está perfilando?

—Lo estoy componiendo hace un tiempo ya. La productora soy yo esta vez —sí trabajo con mi productor de siempre y con otros productores—, y por ahora viene siendo de colaboraciones. Por eso se llama Bestia: porque es como una especie de semidios, de ensamblaje o de Frankestein humano y no tan humano, donde se va armando esta bestia que reconoce mucho al otro. Estamos en la era del featuring, y me encanta; siento que hay un valor agregado que tiene que ver con lo que le otre, por decirlo de forma inclusiva, aporta, que tiene que ver con su cosmovisión, su voz y su forma.

—¿De las colaboraciones podés adelantarme algo?

—Te tengo que decir en off (se ríe). Ya tengo cinco canciones y voy a hacer un disco corto; está el adelanto con Jimena Barón, y es todo lo que puedo decir. Pero es muy ecléctico, y está buenísimo porque me permite seguir saliendo de la zona de confort. Entonces estoy contenta con eso, y es un desafío siempre.

—¿Musicalmente también va a ser ecléctico?

—Sí. La médula sigue siendo urbana, la marca Miss Bolivia, digamos, y que se va a otros lugares más de raíz. Hasta creo que estoy retornando al dancehall, que dejé un poco de lado y ahora o volvió, o me volvió a mí esa necesidad de habitar ese universo. Siento que yo empecé ahí, y estoy tratando de volver a un par de slogans fundacionales de Miss Bolivia, como el rap y el dancehall. El güiro me puede; hasta el día que me muera voy a ser una negra cumbiera. Pero en el camino, no tengo problemas en ir y venir. No necesito tener una carrera progresiva, ascendente y lineal. Puedo ondular, reposar, porque es mi forma de mantenerme resistente a las exigencias de la industria y el sistema, que te fagocita y te pone objetivos que no son tuyos, que no siento propios. Resistir al guion exitista me hace sentir bien.

—No sabía que el disco era de colaboraciones, pero pensaba en tu tema con Jimena Barón, en la cantidad de figuras convocadas para el video de “Paren de matarnos”, en la fuerza de lo colectivo. ¿Te sentiste sola cuando arrancaste en la música?

—Sí me sentí sola, y lo más difícil fue remar en un mar de puristas, porque venía a proponer una estética de fusión y había que meter una cucharada promiscua en tribus ultrapuristas. Flexibilizar esa escucha fue todo un laburo; sí siento que todo este laburo fue parte de una escena que se jugó por la fusión, por digitalizar la música de raíz y llevarla al club, por meter en el boliche cheto a la música del barrio. Y eso también generó mucha resistencia de clase. También me sentí sola porque, por lo menos visibles, éramos muy pocas chicas; era un universo habitado por varones heterosexuales cisgénero, y estaba esa cosa de la desacreditación, de “¿cómo osas venir a este mundo que es nuestro?”. Pero duró poco ese sentimiento de soledad.

—Ahora que se entendieron más ampliamente los pilares del discurso feminista regional, ¿lo que viene es entender la pluralidad de feminismos? Pienso en “Se quema” y en cómo hay gente a la que le hace ruido que Jimena Barón esté con poca ropa en el clip, como si el feminismo sólo se pudiera hacer de pantalón.

—Sí, y con un puño levantado. Hay que generar tolerancia y diversificar al interior de los movimientos; si no, sería una cosa que pronto se extinguiría. Yo creo muchísimo en lo que mis colegas, por más que no pensemos el feminismo desde el mismo lugar, me pueden aportar. Podemos generar distintos puntos de identificación y generar un bloque que vaya para adelante, porque el enemigo es uno solo y es el patriarcado. Y es muy importante no reproducir las dinámicas patriarcales en el interior del feminismo, porque son síntomas de una enfermedad gigante con la que hay que estar siempre alerta.

 —¿Identificás factores puntuales que permitieron que la cumbia permeara en todos los estratos sociales?

—Creo que hay algo que insiste y tiene que ver con un mantra de origen, un latido primal, que te lleva a un lugar del que venimos todes, y la cumbia tiene eso. Después siento que hay un par de DJs que se dieron cuenta que eso funcionaba, que el cheto en pedo quiere cumbia, y que hay que permitirse habitar estos relatos originales. Porque además, la cumbia tiene un privilegio enorme: es un gran vehículo de relatos populares. Entonces hay cosas que no transmiten quienes intentan monopolizar la información, y la cumbia tiene el privilegio de albergar, de primera mano, data. Y eso atrae. La cumbia no es expulsiva; permite una conexión de patria grande, donde los relatos son muy similares.

De uno de tus últimos shows en Sala del Museo me fui justo con esa idea del baile como elemento unificador, representada en un público rediverso.

—Sí, y a mí me llena de orgullo. Porque al principio el público era una tribu más homogénea; estaban los rastas, los raperos, los cumbieros, y listo. Ahora, 12 años después, me llena de orgullo hacer un scanning del público y ver que hay un heavy metal, un motoquero, una abuela con la nieta, los chetos, personas trans, mucho del universo LGTBI. Y eso es un motor que me impulsa, porque una de las cosas que más me interesa promover es la tolerancia. Porque muchas veces te tirás para atrás, porque estás harta de remar en dulce de leche, porque tiene un montón de cosas nefastas la industria. Y después, la nafta es la gente.

—Antes de que naciera Miss Bolivia, ¿ya eras una negra cumbiera?

—(Se ríe) Quizás era más una negra cuartetera, porque vengo de un lugar donde el cuarteto está más a la orden del día, por una cuestión geográfica y por mi edad. La cumbia vino a instalarse más después. Pero sí, una negra de raíz. Una marrón, ¿no? En mi casa no había Beatles, nada de afuera: estaba el folclore. Mi viejo era folclorista, cantaba chacarera, zamba, y yo me crie con ese pulso. Después, como toda adolescente, quise cancelar la raíz, y después ya más de adulta la recuperé. Pedí perdón y abracé el origen, que realmente es sanador.

—Como adulta, ¿cómo te conectás con el relato del trap actual, que parece responder directamente a una generación? Hay padres a los que les horroriza que sus hijos escuchen eso.

—Me conmueve muchísimo. Conozco un montón de trap argentino, voy a los conciertos, soy amiga de un par de traperos y traperas, y me encanta que existan. Y sí, quizás hay niños de 12 años cantando a viva voz no sé qué de las drogas, pero no hay que horrorizarse, porque existen y están. Eso está, y no se puede hacer un trabajo cosmético de la realidad sociopolítica porque te horroriza. Al contrario, hay que incorporar esas narrativas y hacerse cargo de que somos eso.

—Vos tenés canciones muy politizadas, críticas; otras de amor, y otras de, digamos, entretenimiento. ¿Qué fondo común hay que te indica que una letra tuya no es vacía?

—Yo creo que todo es político, por más que lo hagas explícito o no. Pero en otras canciones como las de amor o mover el culo, mi gesto político tiene que ver con lo que esta entre líneas, con elegir usar una palabra y no otra. En la superficie también se puede hacer política. Entonces si yo hago una canción de amor que se llama “María José”, que es de una mujer para otra mujer, ya es un gesto político, porque estoy visibilizando un amor que rompe los cánones heterocispatriarcales. Y no necesité decir: “Muéranse todos los políticos corruptos”. Creo que esa es una de mis armas, la palabra, y el instalar ciertos temas, el decir: sí, voy a mover el culo, pero no es un culo objeto que un varón heterosexual usa como consumo; es un culo sujeto, que hace y deshace a conveniencia. El guion no es solo uno.

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