AHÍ ESTUVE

Miss Bolivia y su revolución del baile

Crónica del último concierto de la argentina en Montevideo.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Miss Bolivia. Foto: Adylem De Agosto

Algo pasó en algún momento no tan lejano, que hizo que la cumbia se "legalizara" entre los no cumbieros. Algo pasó, un quiebre invisible, en el que todos nos sentimos habilitados para bailar más allá de la música que consumimos habitualmente, de esos gustos que en un punto nos definen.

Pienso esto mientras bailo entre cientos de personas que, como yo, no necesitan venir de la movida tropical para dejarse llevar por las canciones de Miss Bolivia, que hablan de amor, de política, de igualdad de género y de mover el cuerpo (con poesía cuidada o lenguaje vulgar según la ocasión), pero sobre todo del baile como elemento de revolución.

Porque las canciones de Miss Bolivia tienen, en el fondo, un único mensaje: bailar para sentirse bien. Para alejar las penas. Para descargar la bronca, para liberarse, para compartir. Para ser uno solo, bailando.

Tal vez eso fue lo que pasó con la cumbia: que después de años de castigarla, señalarla y tomarla como un elemento divisorio, un buen día nos dimos cuenta que más allá de todos los universos que habitan en ella (la cumbia pura, la plena, la villera y ahora la pop: acá todo suele entrar en una misma bolsa), podía ser un feliz espacio de convivencia.

Y eso pasa frente a Miss Bolivia en una repleta Sala del Museo. Hay chicas muy chicas que gritan eufóricas atrás mío y me empujan para sacarse una selfie. Hay jóvenes de perfiles varios, que corean los estribillos y bailan como si estuvieran en una pista cualquiera. Hay una pareja más grande adelante, que se mueve y se besa con igual entusiasmo. Y así.

En este cambio, es probable que Paz Ferreyra, la psicóloga que le pone letras y voz a este proyecto argentino llamado Miss Bolivia, haya tenido que ver y mucho. Primero fue con "Bien warrior", donde anunciaba que iba a seguir poniendo cumbia aunque la parara el comisario, porque era necesario, mientras en un videoclip bailaba en la cárcel usando una camisa con un logo de los Ramones. Y después con "Tomate el palo", que se convirtió con aquello de "a la gilada ni cabida" en un himno generacional.

Si no puede ver el video, haga click aquí.

Y ahora con todo su disco Pantera, que habla de la identidad, de Lionel Messi, de los hombres que no encaran, del presidente argentino, de la ola de femicidios y por supuesto, de "mover las cachas".

De hecho, cuando recita la letra de "Paren de matarnos", el barullo se corta con un silencio fulminante y son varias las que repiten, como si fuera un credo, algunas de las frases. "Tocan a todas", "no tengo ganas", "vivas nos queremos" son acompañadas de un puño en alto en el único momento de la noche en que no se baila: solo se escucha.

Y todo eso —el baile y la reflexión— Ferreyra lo hace desde un lugar casi de rockera (lentes oscuros, campera de cuero, toda de negro), acompañada de un DJ, un baterista, una saxofonista, un trompetista que hace las veces de guitarrista, o al revés; y una cantante que la acompaña notablemente. También tiene a sus bailarinas, y contó para un par de temas con dos invitados: el bajista Juan Martín Mojoli de El Kuelgue (si el bajo se quedara más en el escenario, el show sería todavía mucho mejor), y el tecladista Joaquín Barenzano, de Cuatro Pesos de Propina.

Su look también influye en este crossover que antes del show se había iniciado con la banda de hip hop Latejapride* y que después continuó con la versión XL de la Balkumbia, una fiesta que promueve el DJ Sonidero Mandinga y que con cuatro años en la escena, confirma también esta tendencia, esta necesidad de bailar dejando de lado los prejuicios.

Ya sin Miss Bolivia en el escenario y con el público todavía bailando sin cesar al ritmo de Calle 13, Juan Luis Guerra y tantos otros estilos más o menos cercanos a la cumbia, el mensaje que reina sigue siendo el mismo: bailar para olvidarlo todo, bailar para sentirse mejor.

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