Pablo Fabregat: "El uruguayo siempre cree que los demás tienen lo que él merecería"

El cómico, que se está presentando en Magnolio Sala los lunes y miércoles, habló de su carrera, la radio y la televisión

Pablo Fabregat
Pablo Fabregat, entre la televisión, la radio y la escena. Foto: Leonardo Mainé

Desde hacía tiempo decíamos con Rafa Cotelo de hacer un show juntos, combinando los dos personajes del programa radial La mesa de los galanes. Por un lado mi personaje de Tío Aldo, que hago como desde 2003. Y por otro lado el personaje de Rafa, Campiglia, que él hizo un año en carnaval, luego lo hizo en la radio, en Segunda pelota, y ahora lo está haciendo en La mesa... Y decidimos hacer un Aldo-Campglia: y como era de prever, mi personaje, que antes era transgresor, hoy es blanco y naif, más aún al lado del de Rafa, que dice las cosas más guarangas que se puedan decir”, cuenta a El País Pablo Fabregat, un original humorista de televisión, radio y escenario, que se ha abierto camino a través de unas performances graciosas, que equilibran bien la crítica social a través de la parodia. Hoy, y los lunes y miércoles a las 21.00, se lo puede ver en Tío Aldo y Campiglia, en Magnolio Sala. Tickantel, $ 600.

“Mi personaje Tío Aldo nace cuando a un docente mío en Facultad, en Comunicación de la Católica, se le ocurrió llevarme a Océano. Y empecé en Caras y más caras. Él vio en mí cierto humor, aunque yo no me consideraba humorista. Yo quería ser periodista: deportivo, político, sobre todo de prensa escrita”, recuerda el artista, quien poco a poco fue aprovechando su personaje para trazar una crítica social.

Consultado sobre cuál ve como el mayor defecto de los uruguayos, responde: “Es una mezcla. Quizá sea una combinación de lentitud, exceso de melancolía, un poco de negatividad y creo que todos los uruguayos cargamos con algo de resentimiento. El uruguayo siempre cree que los demás tienen lo que él merecería. Son varios defectos juntos, y en mis show hay un análisis sociológico de eso, exagerándolo y llevándolo al absurdo”.

-¿Cómo es la psicología de Tío Aldo?

-Tiene cosas mías y otras opuestas. Es de Punta Gorda, como era yo, pero tiene muchos vicios, que yo no tengo ninguno. Al Tío Aldo le gusta la noche, la joda, las locas, los caballos, los juegos de azar, todas cosas que a mí nunca me gustaron, o sea que esa parte surge desde lo opuesto. Y tiene una cosa muy de los años 80, que es esa cosa de fanatismo uruguayo por la nostalgia por el tiempo pasado. Y tiende a valorar lo bizarro: eso cuando empezó era de lo más original que tenía. Agarraba cosas horribles, y las daba vuelta. Eso hoy es más común que más de 15 años atrás, cuando surgió el personaje. Tío Aldo es como de clase media alta, y tiene esa cosa como de dandi ganador, y en realidad es un terraja perdedor, pero él no lo cree así.

-Es como que representa un nivel social bastante alto, algo poco común en el humor local.

-Y sí, habla mucho de cosas de balneario, de viajes, de temas que mucha gente en Uruguay no está al tanto de cómo se comporta un uruguayo en un all inclusive, porque nunca fue. Claro que es un estereotipo, un juego: no va tanto al humor de situación. Porque aparte el personaje nunca ha hecho shows hablando de sí. Por eso no es tanto stand up, es más monologuista. Con el paso del tiempo yo me fui dando cuenta cómo armé el personaje, que además ha ido mutando, por los distintos medios en los que estuvo. Y creo que al hacerme también más conocido como Pablo, el personaje ha ido quedando más lavado.

-¿Los guiones son tuyos o te los escriben?

-En tele sí, pero en teatro, todo lo que hago es mío, pero no es un guion, es más bien una estructura. Yo me armo una estructura sobre lo que voy a hablar. Creo que eso me viene de la radio. Tampoco tengo una formación actoral, entonces, si yo me escribiera un guion, me aburriría tratar de aprendérmelo. Me divierte mucho más ver cómo me sale decir lo que tengo que decir. Es como un juego de saltar al vacío, en el que hasta yo mismo me sorprendo. También tiene ese riesgo: a veces estás más lúcido, y otras más trancado. A veces sos un avión y otras te cuesta avanzar.

Pablo Fabregat
Fabregat, desde su personaje Tío Aldo. Foto: Difusión

-¿Cómo ves la tele uruguaya hoy?

-Veo poca televisión, pero no lo digo por hacerme el intelectual. Me ha carcomido el multiempleo. Hoy la televisión está alicaída: es casi que caer en el lugar común decirlo. Cada vez menos gente ve televisión abierta. Y también hay una cosa medio injusta, que nosotros como uruguayos queremos que los canales hagan cosas como si fueran de países del Primer Mundo. Hoy la gente está viendo Netflix, y pasa a Canal 12 y dice, “mirá lo que hacen estos terrajas”. Hace 30 años en general nadie podía comparar la televisión local con lo que se hacía afuera. Capaz que era peor que la de ahora, pero no tenías parámetro comparativo. Y también influye que, como pasa en todos los otros medios, cada vez tenés menos gente trabajando. Los programas cada vez tienen menos personal. Creo que algunas cosas, como los informativos, han mejorado. Pero nosotros como espectadores muchas veces criticamos a la tele, pero miramos lo que no queremos que nos den.

-¿El momento más difícil de tu carrera?

-Hubo un par. Uno de ellos fue cuando termina Caras y más caras, que yo trabajaba ahí, y yo decía, me quedo sin nada. Eso fue a fines de 2006. Y pensaba: quedo desempleado y seguramente no surja nada. Porque una cosa que tiene trabajar en los medios es que cuando no estás, vos creés que eras algo importante. Y te das cuenta que eras la nada misma. Y podés estar años sin volver, y pasás al ostracismo más absoluto, y hasta justo, tal vez. Y yo pensé que iba a pasar de administrativo, o cadete, o buscaría trabajo en prensa. Y al tiempo entré como tercero en Segunda pelota, con El Piñe y Mariano López. Eso me hizo crecer abundante: luego empecé en Canal 10, y ha hacer cada vez más eventos.

-Trabajando en los medios en general se reciben bastantes críticas, ¿a vos eso te afecta mucho?

-Sí, muchas veces los momentos duros también tienen que ver con manifestaciones de gente que agarra algo que dijiste y te pega. A mí me pasó con Defensores de animales, que creyeron que yo me había reído de un episodio, y me cayeron. Y hace poco, creyeron que estábamos haciendo comentarios de nuestra compañera en un tono machista, y creemos que no fue así. Al menos no fue con esa idea. Muchas veces uno siente -yo lo siento en los medios- que hay gente que todo el tiempo está escuchando algo, para interpretarlo de su manera, y responder con violencia. No hay una tolerancia, no dijo al error, porque eso no sería justo. Pero está muy presente eso de: “mirá lo que dijo éste, no te escucho más, sos un ser despreciable, te deseo la muerte”. En las redes eso se ve todo el tiempo.

Pablo Fabregat
Fabregat, un humorista con estilo propio. Foto: Leonardo Mainé
una pregunta más

"Con Cecilia Bonino somos contrapuestos"

-Con Cecilia Bonino, en Sonríe, lograste química.

-Sí, Cecilia es súper profesional, y le pone un nivel de exigencia enorme al programa. Jamás intentamos que haya una situación de tensión, aunque a veces sí se da por el desarrollo de algún tema. Nunca quisimos con el archivo dejar pegado a alguien, ni con las entrevistas, meter alguna pregunta complicada. Aunque a Cecilia le queda como ese lado de Zona Urbana, como de tener que ir a la confrontación por ser periodista. Yo no soy periodista y eso me importa un carajo. Con Cecilia somos contrapuestos, hasta los gustos, en formas de vivir. Ella tiene un lado más profundo, filosófico. Y tenemos en común que no somos fisurados por trabajar en los medios. Si no estuviéramos en la tele, haríamos otra cosa sin ningún problema.

radio

Los tres pasos: ser, inventar, exagerar

“En radio siempre me he sentido cómodo, porque uno se amolda al juego: sabés qué rol tenés que asumir el cada programa. Ahora estoy en dos, en Quién te dice y La mesa de los galanes, y cumplo un rol en cada uno. Es como que uno se perfila solo en su rol, y después termina exagerándolo. En La mesa de los galanes soy el más serio, el más negativo, el miserable, el ahorrativo, el que está contra todo. Uno va armando esas características, y los compañeros de programa hace lo mismo. Y algunas de esas características son falsas, pero al programa le rinde el juego eso. Y a veces eso tiene costos fuertes. Porque uno puede asumir el rol de mujeriego, sin serlo. Pero si al programa le sirve, le rinde, y le queda cómodo, tu personaje agarra por ahí”, explica Fabregat sobre la dinámica radial.

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