ESTA NOCHE

Antel Arena recibe a Gustaf: "En Uruguay hay un grado subyacente de depresión"

El notable humorista y actor habló con El País antes de su show de fin de año, que es hoy en un formato 360 grados

Gustaf
Gustaf, llega hoy al gran escenario de Antel Arena. Foto: Francisco Flores

Diciembre tiene su calendario de espectáculo propio en Montevideo, que va desde el concierto de Navidad en la Catedral a la feria Ideas +. Y el multitudinario monólogo de Gustaf también es una fija del último mes del año. Hoy a las 21.00 lo presenta en Antel Arena, en un espectáculo 360 grados que casi no tiene precedentes locales. Tickantel, desde $ 480 a $ 1180.

“Para este show, El Gran Gustaf. 25 años, no quise hacer un refrito, un ‘grandes éxitos’, que es lo que se suele hacer en los aniversarios. Entonces me metí en algo que a nivel dramatúrgico fue más laborioso, intrincado. Tomé el estreno que hice este año, La galleta de la fortuna, que presenté en Teatro Movie, y lo empecé a trabajar. Y en determinado momento (los espectadores no se van a dar cuenta, pero yo sí), me salto a Moltobene en el Estadio Centenario. Luego sigo con La galleta de la fortuna, y después me paso para Todo es posible, que hice junto a la Rueda gigante del Parque Rodó. Y paso también por La vida del actor, que hice en 2010. Todo dentro del mismo monólogo que sirve de base”, describe para El País el carismático humorista.

“En el fondo fue como escribir algo nuevo, que en escena lo desarrollo como en una hora y media. El monólogo es como una conversación de una sola persona: a las 21.00 va a estar Cumbia Club, esa banda que actualmente es furor. Y después entro yo con el escenario pelado: el micrófono y nada más. Después no hay nada más: es verdad que en 2010 estuvo Paola Dalto en Teatro de Verano, y se hizo un baile en el pedregullo. Y en 2011 un Dj argentino. Y cuando lo hice en el Hipódromo, hubo baile después del show. Pero en Antel Arena, termina el espectáculo y hay que irse”.

Gustaf en el ciclo Inspira de El País. Foto: Darwin Borrelli
Gustaf, un gran humorista con sus propios guiones. Foto: Darwin Borrelli

-Vas a trabajar con público a 360 grados...

-Sí, un espectáculo así vi yo en 2006 de una filmación que se hizo en el Madison Square Garden por Dane Cook. Él estaba rodeado de público, y es algo que yo siempre quise hacer. Siempre quise actuar 360 grados, y ahora con Antel Arena es ideal para hacerlo. Volví loca a una arquitecta pidiéndole cómo quería el escenario y las butacas. La primera fila no está a más de tres metros. Y tengo cuatro cámaras a circuito cerrado, y otra cámara que me sigue todo el tiempo. Y a nivel de actuación, estoy entrenando con un personal trainer. Tuve que inventarme hasta como un pasito para girar sobre mi propio eje. Va a ser una locura. Va a estar bueno.

-En La galleta de la fortuna vos diferenciás azar y suerte…

-Sí, a veces tenemos suerte y tenemos una queja muy banal. Estás bien, tenés casa, comida, y mucho más, y decís que no tenés suerte. Y yo creo que la falta de agradecimiento te termina coartando que te llegue más de esa suerte que vos reclamás. El monólogo intenta una valorización a través de una historia, en la que todo el tiempo me estoy quejando que no tengo suerte. El azar es otra cosa: es jugar a la quiniela y sacar.

Gustaf. Foto: Difusión
Gustaf. Foto: Difusión

-Vos te presentás ante miles de personas pero no dejás de pronto de hablar con alguien del público.

-Sí, son miles de personas, y si alguien te grita algo, tenés que tener una reacción. En el monólogo tenés varias líneas de pensamiento. Lo que está pasando, lo que estás diciendo, lo que va a venir, dónde te estás parando, dónde está la luz. Pero también estás con el radar de lo que pasa en el público. Si hay miles de personas, algo que van a gritar. Y si no respondo, creo que al espectador no le va a cerrar. ¿No se dio cuenta que alguien le gritó? ¿Qué, está en otra? Y ahí arriba, tenés que estar en todo. Todo eso produce un desgaste físico pero también mental.

-Tu vestuario para salir a escena es muy especial, pese a que no es muy llamativo…

-Sí, es como que tengo una ropa deportiva, pero a nivel estético es una ropa de gala. Las telas son elásticas. Trabajo con un muy buen sastre, pero con otras telas y texturas. Y todas tienen un pequeño detalle. Cada función llevo dos mudas, por si se me rompe alguna prenda, por el trabajo físico que hago. Y con detalles: la camisa que voy a usar en Antel Arena es blanca, pero cuando con luz los botones brillan porque son como diamantes.

-¿Una situación de algún show tuyo que la gente siempre te comenta?

-Lo del avión en el Estadio Centenario. En el espectáculo yo hablaba de un amigo que le gustaban los aviones, y yo tenía como un intercambio epistolar con él. Y cuando estoy leyendo la carta de mi amigo, justo pasa un avión. Eso me lo recuerdan muchas veces.

-¿Cuál es el defecto más grande que tenemos los uruguayos?

-A ver. Para mí hay una crisis espiritual, pero no me refiero a lo religioso. Alguien dijo que Uruguay es un país donde siempre estamos un poco o muy tristes. Y yo creo que sí, que hay algo intrínseco acá en las relaciones entre las personas que lleva algo de depresión. Y eso como que lo estamos dejando pasar. Como esas casas que se van deteriorando y las dejamos así. Pero implica un gran problema, de los más importantes que tiene Uruguay. En Uruguay hay un grado subyacente, subterráneo, de depresión. Son temas que no se tocan en la política, y son mucho más importantes.

-¿Y al ambiente teatral cómo lo ves?

-Es como un ambiente muy minúsculo, que los que hacen teatro, terminan consumiendo teatro. Como que entra poco público de afuera. En gran tema es ese: abrir la puerta para que entre más público, público en general, esa gente que va a espectáculos de música y cine. Que esos también vayan al teatro. Hay que abrir esa gran puerta, que a veces no se quiere abrir por prejuicio. Parece que hubiera como un temor a ser popular.

-¿Algo que recuerdes mucho de tu infancia?

-Recuerdo todo lo que tiene que ver con Capurro. Vivía en una casa, que luego demolieron para hacer los accesos a Montevideo. A veces voy, me pongo en el puente, y miro hacia abajo. Me crié frente al Parque Capurro, jugando, viendo el tablado de carnaval, y yendo a la cancha de Fenix. Todo eso fue lo que me marcó para el resto de mi vida. Falta y Resto salía del Fenix: y mi padre un día viene y me dice, ‘hay una murga ensayando, no me gusta el nombre: se llama Falta y Resto, no va a andar’. Y la primera noche, que Falta y Resto sale a hacer el primer tablado, yo me saqué una foto, con toda la murga, frente al garage de la cancha de Fenix. Y cuando revelaron la foto, no había salido. Y yo siempre le digo a Raúl Castro: ‘Falta y Resto me debe una foto’

una más

“Me estaban por operar y todos se mataban de risa”

-Vos una vez tuviste un accidente en un rodaje que fue bastante gracioso. ¿Cómo fue bien eso?

-Fue en la cancha de Wanderers, en el rodaje de la ficción que hizo Israel Adrián Caetano, Uruguayos campeones, que salió en Canal 4. Fue lo mejor que hice en televisión a nivel de composición de personaje. Yo era un jugador de Rampla, y en la final se iluminó el Parque Viera, y yo iba corriendo y me choqué contra el hombro de uno, y me partí el caballete. Lo gracioso fue que cuando me iban a operar, yo les pedía que la nariz me quedara igual, con ese huesito que sobresale. Porque si me la dejás como un galán de Televisa, me sacás toda la trayectoria y me muero de hambre. Y me estaban por operar y todos se mataban de risa.

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