MÚSICA

Virginia Sequeira y cómo ganarle al racismo a través del rap

Se dedica al hip hop desde hace 15 años e integra el grupo S.A.K (Se Armó Kokoa). Es referente y una de las mujeres más destacadas de la escena hiphopera uruguaya. Esta es su historia. 

Virginia Sequeira, referente del hip hop en Uruguay
Virginia Sequeira, referente del hip hop en Uruguay. Foto: Leonardo Mainé

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Cambio, el hip hop es cambio. En ella, significa cambio. Porque el hip hop es siempre diferente. Es un lenguaje colectivo que se multiplica y se resignifica haciendo que existan tantas versiones como personas que lo practiquen haya.

También es amor y resistencia. Es eso, dice, más que otra cosa. Amar y resistir rapeando, utilizando palabras, combinándolas, rimándolas, diciéndolas, siendo conscientes de ellas. Cambiar, amar y resistir. Cambiar para empoderarse, amar porque es necesario, resistir porque es lo que siempre ha hecho, a pesar del apoyo de su familia, de tener una infancia feliz, de sus amigos y de sus amigas, a pesar de los sueños cumplidos y de seguir soñando, siempre se ha tratado de resistir.

Y con la música se resiste.

Eso es el hip hop para Virginia SequeiraViki Style en su nombre artístico— 31 años, uruguaya, afrodescendiente, feminista, referente del rap femenino e integrante del grupo Se armó Kokoa, que cantó en el acto en el que la Universidad de la República le entregó un reconocimiento Honoris Causa a Angela Davis en su visita a Uruguay. Ese día la activista afrofeminista dijo que hace cinco siglos la gente de color resistió a la esclavitud, que pasaron 500 años y siguen resistiendo. Porque para las mujeres negras siempre se ha tratado de eso, de resistir.

Y con la música se resiste.

Viriginia Sequeira conoció el hip hop a los 11 años
Viriginia Sequeira conoció el hip hop a los 11 años. Foto: @santii_mtn

A ella nunca se lo dijeron. Ni su mamá, ni su papá, ni sus hermanos. En su casa no se hablaba de racismo. Virginia lo descubrió sola y no tuvo explicación. Lo descubrió cuando el primer día de escuela se dio cuenta de que era la única persona negra de la fila. Lo sintió cuando la trataron diferente por no ser como todos. Lo sintió cuando las puertas se cerraron sin una respuesta, cuando no pudo conseguir trabajo a pesar de tener todos los requisitos exigidos. Vos sos así, le decía su madre, porque yo soy negra, porque tu abuela era negra, porque tu familia es negra. Y la apoyaba. Pero no le explicaban. No le decían que la trataban diferente porque el mundo está construido de prejuicios. A eso Virginia lo descubrió rapeando.

En mi casa no se hablaba de racismo. Y gracias al hip hop yo descubrí por qué me pasaba eso, que no era mi culpa ser mujer y ser negra sino que había algo de fondo, una historia que generaba que todo fuese así. Yo me descubrí escribiendo y rapeando. Por eso te digo que el hip hop es cambio. A mí me cambió la vida. Me empoderó, en mi feminismo y en mi negritud. Y en ese empoderamiento descubrí que si yo quería algo, no tenía por qué no lograrlo”.

Dice que el hip hop le enseñó su historia y que rapeando su vida se sintió más segura, que de eso se trata el empoderamiento. De hacer lo que quiera, sin que importe nada más, de ponerse objetivos y cumplirlos, de sentirse orgullosa, se seguir resistiendo. Porque ya lo dijo Davis, esta historia se trata siempre de resistencia.

El racismo es algo que está permanentemente instaurado. Yo lo vivo y lo siento desde la sociedad y desde siempre. Por más que yo hoy sea una profe de hip hop, soy mujer y soy negra, a eso lo sentís, ¿entendés?. Desde que sos niña lo sentís, solo que al principio yo no entendía. Después pasa cualquier cosa y todos dicen negra tenía que ser, qué negra de mierda. El prejuicio y la discriminación están. Me han dicho negra de mierda en pleno siglo XXI, con 31 años, ¿entendés?”.

***

Es jueves y en Montevideo llueve sin parar hace una semana. El agua cae con una fuerza inaudita, como si recién hubiese empezado. Son las ocho y media de la noche y Virginia está sentada en una mesa contra la ventana de un bar en pleno centro de la ciudad. Cuando llego a la entrevista que planeamos durante un mes le pido disculpas por el retraso y por haberla hecho venir al Centro un día como hoy: cuando llueve la ciudad se enlentece, los paraguas casi nunca resisten y las veredas siempre tienen baldosas flojas inevitables. “No hay problema”, dice Virginia, pantalón deportivo negro, remera rosada pegada al cuerpo, pelo recogido en un moño, pañuelo rosado que se ata en forma de vincha por encima de la cabeza. “Yo nunca me puedo quedar quieta, así que no te preocupes. Además esta hora es la mejor porque es cuando quedo libre, después estoy laburando todo el día. Ahora vengo de Toledo, porque doy talleres de hip hop allá”.

Cuando Virginia vuelve a Toledo, localidad en el departamento de Canelones donde vivió desde los dos hasta los 27 años, casi siempre se pregunta qué hubiera pasado sí. ¿Qué hubiera pasado si no se hubiese cruzado con tres chicos que bailaban breakdance y se vestían ancho? ¿Qué hubiera pasado si el rap no hubiese aparecido en su vida? ¿si nunca se hubiese animado a escribir una canción y a mostrarla en público? ¿qué hubiera pasado si la cultura del hip hop no le hubiese invadido el cuerpo, el corazón y la razón?

Posiblemente no hubiese pasado nada.

“Yo no sé si una gurisa del interior y de una familia trabajadora tiene más perspectivas que quedarse ahí en la vuelta. Yo tengo muchos amigos de mi barrio que se quedaron por ahí. Por suerte todas las semanas viajo a Toledo porque trabajo en un centro juvenil y tengo la oportunidad de ver a mi familia y todo eso y ta, me encuentro con compañeros y con gente que se quedó ahí, que su vida está en el pueblo. Y ta eso a veces te hace pensar ¿no? Sé que seguramente mi vida sin el hip hop no sería la misma”.

Virginia conoció al hip hop antes que al rap. Y aunque uno forma parte del otro, el hip hop es una cultura amplia que incluye varias disciplinas artísticas. Entre ellas, el baile.

Tenía 11 años cuando vio por primera vez a tres chicos que bailaban breakdance en el festival de fin de curso de la escuela Número 129 de Toledo, a la que ella iba. No sabía de qué se trataba todo aquello, ni cómo esos tres “pibes” lograban saltar hacia atrás, girar sobre la cabeza o picar con los codos, pero algo ocurrió entre ellos como casi siempre ocurren las cosas que están destinadas a encontrarse. “Es la primera imagen que tengo de cultura hip hop sin saber que era cultura hip hop ni nada de eso. Fue lo primero que vi y flasheé, es una fotografía que hasta ahora me acuerdo: verlos girar, sus ropas, todo, me hicieron flashear”.

Flasehar significa alucinar, fascinarse, sorprenderse, encantarse. Flasheó, Virginia, aunque no supiera qué era. Y por ese flash, que fue un flechazo que la atravesó y se quedó para siempre con ella, empezó a vestirse con la ropa deportiva de sus hermanos varones o de su papá. En ese momento, aunque no supiera del todo bien qué era el hip hop, sí había entendido algo: era una cuestión de hombres, y si Virginia quería ser parte tenía que vestirse como los chicos que bailaban con ropas flojas y grandes.

“Cuando empecé el liceo un año después me los encontré a esos pibes a la vuelta, ellos me vieron vestida ancha y se me acercaron. Yo no sabía mucho del hip hop, no sabía nada en realidad, y ellos me fueron culturizando. Me dijeron que se juntaban en la plaza a practicar y yo empecé a ir, hubo algunos eventos en Toledo. Ellos se movían para la plaza de los Bomberos en Montevideo, que era como la meca del hip hop uruguayo, pero yo todavía no curtía esa onda, solo después de dos o tres años me animé a venir. Ellos querían que yo bailara breakdance a toda costa, porque imagínate que si ahora somos pocas las chicas en el hip hop, antes casi no había, y tener a una chica en el grupo era solo para llamar la atención de la crew. Y cuando sabían que había otra chica que bailaba, solo querían que yo lo hiciera para competir, para fomentar esa competencia entre las pocas mujeres que éramos. Yo nunca pensé que iba a poder bailar, creía que no tenía la capacidad para eso”.

A escribir sí se animaba. Siempre lo había hecho. 

Viki Style cree que el hip hop es una forma de vida
Viki Style cree que el hip hop es una forma de vida. Foto: L. Mainé

Los años 90 marcaron el inicio de la movida hiphopera en Uruguay, cuando algunos grupos como Fun you Stupid, Critical Zone, The Gun o V.D.S empezaron a sacar sus primeros temas. En 1995 se hizo el primer Montevideo Hip Hop de la historia. Fue en el Prado y fueron alrededor de 350 personas. Entre los integrantes de los grupos había una sola mujer. Era Bárbara, de Fun you Stupid.

Después vinieron colectivos más fuertes como Latejapride*, El Peyote Asesino o Plátano Macho y un poco más adelante, en los 2000, Sudacas. En esta generación de raperos, solo Latejapride* tenía a una integrante mujer.

Virginia y su grupo S.A.K, Se Armó Kokoa, que ahora forma junto a Fabiana Barrios, Camila Yepes (Valencia) y Eugenia Álvarez, son parte de una nueva generación de raperos y raperas uruguayas que está marcando un gran momento en el hip hop nacional, en el que las mujeres empiezan a ser más y a tender redes de apoyo y de ayuda. Un momento, también en el que el freestyle y las batallas se pusieron de moda y el rap suena cada fin de semana en varias plazas del país.

“Cuando algo se convierte en moda hay que ver qué es lo que llega y por qué se convierte en moda. Yo tengo grandes debates con los gurises a los que les doy talleres de hip hop respecto a las famosas batallas de sangre, donde el objetivo es denigrar al otro, la puteada, la reproducción de discursos homofóbicos, misóginos, xenofóbicos y la reproducción de una violencia que se busca naturalizar por todos los medios. Y ahora el rap también es un medio para eso. Entonces vos tenés que explicarle a los gurises que no es normal que te estén insultando, que no es algo natural y que no está bien. Claro que si es una moda abre muchas puertas, pero también hay que cuestionarla, y esa es nuestra misión: seguir manteniendo su esencia. Hay que tener mucha consciencia del poder de la palabra. Cuando uno habla está transmitiendo algo y va a generar algo en alguien. Si vos transmitís mierda no vas a recibir nada mejor que eso. Hay que cortar con ese círculo vicioso del morbo”. No importa el estilo o el flow, dice. “Lo que te define como rapero es el contenido, lo que tenés para decir. Si lo que decís es basura, todo lo demás no sirve”.

Ahora Virginia es referente para todas las mujeres que se dedican a rapear. Dicen que “la Viki” es hip hop. Ha sido ella la que les ha abierto espacios, la que ha conseguido escenarios, la que las ha animado a hacerlo. Este sábado, de hecho, va a rapear como invitada en el show de Eli Almic en Bluzz Live.

Al principio escribía y rapeaba para ella misma, para sentirse mejor, porque adentro había algo que latía, que quería salir. Cuando empezó a entender de qué se trataba el hip hop, dice, el ego pasó a un segundo plano. Escribir letras se transformó en su manera de descubrirse, de entenderse, de cuestionar, de sacar, de gritar, pero también de llegar con un mensaje a alguien más, de intentar cambiar la realidad con las palabras. El proceso fue de adentro hacia afuera. Y cuando escribió su primer rap, lo hizo para cantárselo a su papá.

Yo no me imagino un futuro amigo/ en este país que se encuentra tan hundido/ sé que te disgusta pero es la justa/ lo que te queda amigo es el trabajo y la lucha”. Virginia todavía vivía en Toledo, era el año 2002 y el Uruguay entero se caía a pedazos por una crisis económica que parecía no tener salida. “La línea de pobreza sobre tus hombros pesa/ cuando buscas trabajo todo el mundo te desprecia/ porque no tienes clase ni usas traje/ del interior viajaste y los estudios no acabaste”. Le hablaba a su papá, Virginia, que estaba en el seguro de paro. “Esa es la verdad, triste realidad / te rompés el lomo por un pedazo de pan/ y ese pan no alcanza para llenar la panza/ de toda tu familia y perdés las esperanzas”.

Desde esa canción, Injusticias, hasta el Montevideo Hip Hop que se realizó en marzo de 2019 en un Teatro de Verano repleto ante el que S.A.K estuvo presente, las canciones de Virginia han evolucionado hacia discursos diferentes, se han hecho más conscientes, más feministas, más orgullosos de su piel negra, pero siempre se mantienen en una línea: la de resistir y amar rapeando; y con un objetivo: el de ser cada vez mejores y llegarle cada vez a más gente, el de expandir la cultura por los barrios, por los más jóvenes. El del cambio.

“Yo creo que cuando una se involucra con el hip hop, desde los inicios sueña con poder dedicarse a eso. Yo al principio me dedicaba solo al rap, entonces mi sueño era querer siempre ser mejor, ir evolucionando, ir hacia cosas más zarpadas, ese era mi motor. Después en la medida en que te vas adentrando en la movida y vas entendiendo la dimensión y el alcance que tiene, la herramienta que es, cuando te das cuenta de que puede transformar una vida y de que te está transformando a vos misma, ese objetivo de querer ser mejor pasa a un segundo plano. Así que ya no se trata de hacer un rap para que me guste a mí, se trata de transmitir un mensaje, de generar conciencia sobre ciertos temas, de proveer esta cultura que genera cosas positivas en las personas”.

Se emociona, Virginia, cuando habla de lo que logra en los talleres de hip hop que da desde 2005 en centros educativos, centros jóvenes, escuelas y complejos barriales. Se emociona porque dedicarse a enseñar hip hop era su sueño. Y ahora es su realidad.

Cuando terminó el liceo se inscribió en el Instituto de Profesores de Artigas. Quería ser profesora de Educación Cívica y cuando en 2008 cambió el plan de estudio y la carrera se dividió, decidió seguir por sociología. Todo hasta que se dio cuenta de que la educación formal, para la que se estaba preparando no tenía mucho que ver con lo que ella creía necesario. “Con algunos compañeros que estaban en la movida del hip hop conmigo tuvimos la idea de hacer un proyecto educativo para llevar la cultura a los barrios de Montevideo. De ahí fundamos Clandestinos Cultura Hip Hop y ta, cuando empecé con los talleres me di cuenta de que las necesidades de los gurises y sus realidades iban por otro lado. Ahí tuve una crisis existencial e institucional y dejé la carrera”. Desde entonces y hasta ahora se dedica a dar talleres. También tiene un trabajo formal, más burocrático, menos emocionante, que le permite vivir.

“Es difícil explicar lo que se da en los chiquis cuando conocen el hip hop. Yo siento una conexión muy fuerte con ellos, en el compromiso que se genera entre las dos partes, desde lo afectivo y desde lo artístico obviamente”. Virginia para y hace silencio. Un suspiro. Y sigue. “Yo pienso que dejamos una semillita en ellos que está ahí y en cualquier momento puede germinar. Los niños tienen mucha capacidad y mucho para mostrar y a veces, o la mayoría de las veces no lo hacen”. Y aunque explica lo que siente enseñando, dice que es difícil poner en palabras la conexión. Ella, que logra rapear todo lo que quiere, no encuentra en el lenguaje una explicación.

Lo hace, dice después, por una convicción: la de saber que acercando a los niños y a las niñas al hip hop les está dando una herramienta de la que agarrarse cuando el mundo resulte más jodido de lo que los adultos alguna vez les contaron; la de tener la certeza de que con el hip hop se resiste, siempre se resiste.

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