CRÓNICA

Los Olimareños en el Antel Arena: un recital a la altura de su historia

Con un emotivo recital de dos horas y media, el dúo de Braulio López y Pepe Guerra celebró su trayectoria

Braulio López y el Pepe Guerra en el Antel Arena. Foto: Marcelo Bonjour
Braulio López y el Pepe Guerra en el Antel Arena. Foto: Marcelo Bonjour

"Yo soñé que se volvían a juntar. Te lo juro", dice una mujer eufórica a la salida del recital de Los Olimareños en el Antel Arena. Sostiene un banderín de Uruguay y, al igual que la gran mayoría del público que se retira del recinto, tiene una sonrisa de esas que solo produce el reencuentro con un viejo amigo.

Luego de siete años, el dúo de Braulio López y José "Pepe" Guerra se reunió con la excusa de repasar sus más de 50 años de trayectoria y, aunque en las redes sociales abundaron las quejas por este nuevo regreso, el recital estuvo a la altura de su historia. 

Con un Antel Arena casi lleno y con la presencia de José "Pepe" Mujica y Lucía Topolansky —que fueron ovacionados apenas entraron al recinto—, el público, en su gran mayoría adultos, estaba listo para reencontrarse con las canciones que marcaron su vida. 

A las 21.15, las luces apagaron. Mientras varias personas estaban con el celular en alto esperando el momento justo para registrar el regreso de Los Olimareños, en las tres pantallas gigantes del escenario se podía ver a la caricatura del dúo que se utilizó para promocionar el recital. Durante los dos minutos que marcaron la espera para que salieran los músicos, la expectativa estaba al máximo. ¿Cómo sonarían? ¿Mantenían las voces, como lo habían prometido?

Entre el humo y las luces violetas que iluminaban el escenario, las figuras de Pepe Guerra y Braulio López se acercaron a los micrófonos. Con el público de pie, empezaron a sonar los primeros acordes de “Del templao”, uno de 33 clásicos que sonaron a lo largo de las dos horas y media del show. Ambos vestidos de negro y acompañados de una banda, se lanzaron sobre la canción. Desde la primera frase (“Está ensillao mi caballo…”) se pudo comprobar que la calidad de sus voces, con el paso del años, todavía se mantiene.

Las armonías del dúo —únicas en la música uruguaya— sonaban tan bien como en sus discos, y eso se pudo comprobar en canciones como “Qué pena” y “Milonga del fusilado” (aunque también hubo espacios para cambios de tono, como en "'Ta llorando"). El dúo, que pasa de la voz extremadamente profunda de Guerra en “El matrero” (que recuerda al personaje del diablo, que aparece en Rodríguez, de Paco Espínola) a los agudos de López en “Angelitos negros”, se convirtió en el sonido que identifica a toda una generación. Al escuchar su canto se podía ver cómo disparaban una serie de recuerdos que se veían reflejados en los rostros de los miembros del público.

“Esa canción me la cantaba mi primer novio en la guitarra”, se escucha a una mujer decir durante “Nuestro camino”. A su lado, dos amigas acompañan esa letra nostálgica con los ojos llorosos. Unas filas más atrás, se veían gente abrazada a banderas uruguayas.

"Que las canciones hablen solas”, le había dicho José “Pepe” Guerra a El País en la previa del regreso de Los Olimareños a los escenarios. Y esa postura fue la que el dúo tomó durante el recital. Entre tema y tema —y luego del puño en alto y la sonrisa de López, que era su forma de agradecer el apoyo— lo único que sonaba eran las guitarras que se afinaban. Guerra tenía razón: no era necesario hacer comentarios de las canciones, porque en las letras se incluyen los sentimientos de toda una generación: el amor, la esperanza de un nuevo comienzo, el exilio y la nostalgia de la niñez.

Uno de los momentos más emotivos de la noche llegó con “Cielo del 69”. Luego de los aplausos de los oyentes que reconocieron los acordes de uno de los mayores clásicos del dúo, Héctor “Numa” Moraes apareció en el centro del escenario. Los tres vestidos de negro cantaron una de las letras que marcó a la generación de finales de los sesenta. Moraes, que parado en medio de López y Guerra refirmaba cada frase de la canción con los puños en alto y los ojos cerrados, terminó logrando uno de los momentos más reivindicativos del recital. Esos tres músicos que fueron prohibidos en la dictadura se reencontraban en el escenario para cantar acompañados de miles de voces que llegaban desde las gradas.

Sobre el final, interpretaron “A Don José”. Con el público de pie, celulares en alto y varios abrazados a banderas uruguayas, se cantó la canción como si tratara de un himno. En las primeras filas, un joven coreaba cada palabra con la mano en el pecho, y un poco más atrás se podía ver a una mujer haciendo un "Facetime" con un hombre para que pudiera sentirse parte del momento. Durante esos minutos se pudo sentir cómo rugían las gradas y, tras el final, una ovación ensordecedora.

Las últimas canciones llegaron acompañadas de una batería de murga. La Tríada, que antes habían acompañado en dos canciones de Todos detrás de momo, subió para una serie de "canciones carnavaleras" —ese movimiento que el dúo creó a finales de los sesenta—. Con el público de pie y varias personas que se acercaron a las primeras filas para bailar al ritmo de marcha camión, Los Olimareños se despidieron con "A mi gente", uno de sus mayores clásicos. 

A la salida del recital  —a minutos de la medianoche —, entre las enormes filas para conseguir un taxi o encontrar un lugar en los ómnibus estacionados, sobresalía un puesto improvisado donde se vendían camisetas con el rostro de Guerra y López. El vendedor musicalizaba el cierre de la noche con un pequeño parlante del que salían varias de las canciones que sonaron durante el recital. Entre ellas, "Retirada",  que parecía resumir perfectamente la emoción que definió este reencuentro: "Suena antigua / Una música perfecta / Y en el cielo, temblorosas / Lloran de amor las estrellas ".  

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