ENTREVISTA

Jorge Nasser habló sobre su nuevo disco: "Ya no quiero portar ninguna bandera"

El excantante de Níquel habló con El País de "Llegar, armar, tocar", su último disco, que presentará el jueves 7 de noviembre en el Teatro Movie

Jorge Nasser. Foto: Leonardo Mainé.
Jorge Nasser. Foto: Leonardo Mainé.

"Están pasando el partido”, dice Jorge Nasser minutos después de haberme recibido en su casa. Es jueves, son las 16.05, y River Plate y Nacional están empezando a jugar la octava fecha del Torneo Clausura en el Parque Saroldi, uno de los lugares preferidos del excantante de Níquel. “Lo ponemos sin volumen”, comenta mientras prende la televisión que está ubicada en el living.

Mientras busca el canal que transmite el partido, miro la decoración del lugar. Sobre un gran amplificador Marshall está el premio Graffiti que recibió este año por Llegar, armar, tocar, el disco que volverá a presentar, el jueves 7 de noviembre en el Teatro Movie (entradas a la venta en la web de Movie y en boletería del teatro). En los estantes de la biblioteca ubicada sobre la pared blanca, resaltan varios libros: 1001 discos que hay que escuchar antes de morir, Born to Run (la biografía de Bruce Springsteen), Jazz Covers, La poesía gauchesca, y un tomo de más de 1000 páginas con todas las letras de Bob Dylan.

Sobre el sillón que está pegado a la biblioteca hay un guitarrón guardado en su estuche y un banderín del Frente Amplio. En la pared blanca hay una careta de Danilo Astori. “Bueno, van cuatro minutos y vamos cero a cero. Tan mal no arrancamos”, dice Nasser tras encontrar la transmisión del partido, Luego, se sienta en un sillón ubicado frente a la televisión y pone los pies sobre la mesa ratona.

“Bueno, arrancamos”, le digo.

—Una de las canciones que más me gustó de Llegar, armar, tocar es “La enredadera”, donde recordás tu infancia. ¿Cómo surgió la letra?

—El disparador fue la imagen de medirse en baldosas (“Yo caminé entre santos de mi altura / Yo que medí en baldosas mi estatura”). Sabíamos que cada una tenía 25 centímetros y era la época en que yo medía un metro veinte. La canción tiene que ver con los recuerdos más sociales, en esa época estábamos en la calle jugando. Además, bien de pibe, nos gustaba meternos en las vías de tren. Después me di cuenta de que era una cosa del blues, por eso dice: “Primereando el blues entre las vías”. Ese andar, esa cosa mecánica del tren, también tiene que ver con el blues. El disco permea mucho la milonga con el blues, el folk y el rock... Bueno (mira la televisión), atroden el primero (gol de Juan Manuel Olivera para River Plate). Arrancó bien la entrevista (Se ríe).

—Ya que estamos mirando el partido, vamos a hablar de “Parque Saroldi”, la canción que cierra el disco. ¿Qué te produce ese lugar?

—Es un lugar mágico, mirá lo que es eso (señala la televisión). Cuando muestran lo verde, ves que es un lugar beatlesque. Además, mientras está transcurriendo el partido, siempre hay niños jugando a la pelota, totalmente por fuera de la tensión que puede haber en un partido de Primera división. Cuando voy, el lugar me produce una cosa de sentirme como en mi casa. Es una comodidad. Por eso, la película El camino de siempre termina ahí.

—Antes del gol de River estabas hablando de la mezcla de la milonga con otros géneros. “Plaza de las penas” tiene elementos del reggae.

—Sí, es como un reggae criollo. Son estilos que se han ido metiendo en la cultura del rock. Es como un reggae que no es de Jamaica, tiene esa cosa criolla. Por ejemplo, la Bersuit lo hacía y el jingle del Frente Amplio tiene algo de eso. Hay ritmos que según de dónde lo agarres, cambia la métrica. Me gusta eso de que sea difícil de decodificar qué es realmente; no me gustan las cosas predecibles. Al hacer blues en castellano, la métrica de la voz te cambia totalmente.

—Tu hijo, Francisco, participó del disco. ¿Cómo fue la experiencia?

—Es divertidísimo. Es muy agradable porque él es un músico muy enfocado y no pierde el tiempo. Para el disco no hubo ensayos ni demos. Llegaban los músicos, le mostraba la canción y los arreglos. “Plaza de las penas” fue así; era algo como medio cocinado. La idea era capitalizar que hay algunos de la banda que me acompañan desde hace 15 años, como Toto Méndez y su hermano Carlos. Ellos tiene que saber cómo interpretar el sonido Nasser más que yo (Se ríe). Quería capturar esa frescura, por eso el disco no está muy producido. A veces pasa que tenés tanta herramienta a disposición, que la tentación de sobreproducir y que suene todo perfecto enfría la música. Por eso disfruté muchísimo haciéndolo al natural.

—Además hay mucho instrumento de madera en el disco. Eso le da más calidez.

—Sí, y se respetó el sonido. Hay muchos graves, como el dobro. Hubo como mucho respeto al sonido... (Hace un silencio) Uh, ¡no te puedo creer! (Luis Urruti mete el segundo gol de River Plate). Esta entrevista tiene que durar para siempre; no se puede creer (se ríe). ¿De qué estábamos hablando?

—De la calidez del disco.

—Ah sí. Además hay contrabajo en varios temas. El disco está en esa oscilación. Además hay canciones que se parecen al tipo que escribía en Niquel, como “Dejala ahí” y “Descartes”, que podrían ser canciones niqueleras. No me ajusté a la imagen que yo mismo forjé, sino que le seguí la bocha a las canciones sin preocuparme. Hoy los artistas estamos más conscientes de los riesgos de la industria. Eso ha avanzado sobre lo creativo y hay tanta oferta, que la forma de destacarse es tener un sonido que sea bien distintivo, pero al final hacés 12 temas iguales. Es la forma de que aparezcas en el dial o que los algoritmos de Spotify te reconozcan. La ventaja está cuando variás.

—En “Descartes”, das vuelta la ecuación: “existo, luego pienso”. ¿Qué sentís que ha cambiado en estos años?

—Hay momentos que te toman portando banderas porque necesitás demostrar cosas y una estética. Cuando dejé el rock, quería tener un estilo solista vinculado a la música de raíz de una forma clara. No quería confundirlo y no quería rozar; tenía unos códigos y unos protocolos para que ese sonido se hiciera de vuelta.

—¿Cómo viviste ese cambio de sonido?

—Tenía un muy buen grupo que era Niquel y me dedicaba al rock. Pero cuando fui solista quería que hubiera algo distinto. Ahora lo hago de una forma muy relajada. Con treintaipico de años de carrera, aprendés a tomártelo con soda. Antes era la bandera de llevar el rock a la televisión para que no fuera una artículo para un gueto o una elite, sino que fuera aceptado como un vehículo de cultura. Eso no estaba, antes. Además, me seducía la idea de que desde el rock se podían hacer cosas artistícamente pesadas, no solamente tocar rock. Siempre me gustaron los artistas como Zeppelin y Zappa; tipos que llevaban la música a otros lugares. Eso no lo cambié, lo que sí, me lo tomo más tranquilo.

—¿De qué manera?

—Ya no quiero portar ninguna bandera y decir que una canción es milonga o no. Quiero que cada uno lo vea, por eso si a este disco lo agarra un algortimo, se hace un matete bárbaro. Es como que me salí de la industria: ahora hago canciones y estoy en la industria sin estar.

—¿Qué esperás del show?

—Espero mucho y va a tener alguna sorpresa. Quiero ver cómo me siento al final, y lo digo en el sentido de que le vamos a dar a la gente un montón de música, y quiero ver qué nos devuelve. Va a estar bueno y es un show que debería verse. El Teatro Movie es un lugar que suena muy bien pero que no permite mucha distracción. Me parece que ese es un lindo desafío, porque hay mucha concentración para tocar. Pero lo más importante es que va a haber unas cuantas sorpresas insólitas.

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