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Diego González y esas canciones que salen de uno para encontrarse con el otro

El cantautor presenta su primer disco, Uno, mañana en Sala Balzo

Diego González. Foto: Víctor González
Diego González. Foto: Víctor González

“Quería tocar el disco por lo menos dos veces con banda, y lo hice. Quería lanzar el vinilo y está todo arreglado para eso. Quería telonear por lo menos una vez, y lo hice. Siempre querés un poquito más, pero todo se ha dado relindo”, dice Diego González, haciendo un repaso rápido a los logros que consiguió en el primer año de Uno. Su disco debut fue lanzado hace más de un año, llevado a varios escenarios de la ciudad, y mañana lo presenta en la Sala Hugo Balzo del Auditorio del Sodre (entradas en Tickantel), con banda completa.

A esa lista se le puede agregar un reconocimiento importante, el Graffiti a mejor artista nuevo, que también es un empujón en su búsqueda de nuevo público. En esa misión está González y por eso, dice, tenía como una meta abrir un show importante. Le tocó hacerlo el mes pasado, para Paulinho Moska en la sala principal del Auditorio Adela Reta, y se aseguró la atención de un público que conectó con su pop cálido y su precioso timbre de voz.

Cuando salió Uno hablamos de esa vibra Kevin Johansen, de lo ecléctico. Me fui dando cuenta después, a medida que el disco rodó, que es una música “apta para todo público”: le puede llegar al que te va a ver a un bar, tomando una cerveza, como le puede llegar a los padres de esa gente. Y está bueno tener esa amplitud.

—(Se ríe) Está bueno sí. A mí me gusta dar mi visión del mundo, y sé que hay gente que pasa por lo que paso yo, sea en “La cumbia de los rotos y los descosidos”, o lo estrictamente platónico de “Clementina”. Creo que son lugares por los que una persona transita, y cuando quiero dar mi visión hacia el mundo, es lo que espero: que haya una conexión tanto con mi prima de 15 años como con mi padre. Y lo veo cuando toco, y me encanta. La universalidad de las letras es el fin último. Cuando empecé a componer la tercera camada de canciones de mi vida, me había separado y me cayó todo el desamor arriba. Y es eso: a veces precisás sacar todo para afuera hasta que no quede nada.

—¿Cuáles son las otras camadas?

—La primera es cuando me encontré con la guitarra, en los ensayos de murga; de ahí creo que tengo una sola que sobrevive, pero la tengo reabandonada. La segunda es de cuando empecé a estudiar con Freddy Pérez; de esa camada son tres del disco: “No hay escape”, “Nada” y “Casualidad o causalidad”. Y ahora estoy en una cuarta o quinta etapa: hace poco fui a registrar, y registré como 18.

—¿Qué vas a hacer con eso?

—(Se ríe) Me estoy acercando paulatinamente al segundo disco. No tengo apuro; tengo una carpeta a la que le puse “Dos” y todo lo que grabo va para ahí. Pero ahora lo que más quiero es llegarle a más gente.

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