VIDEOENTREVISTA

Los Buenos Muchachos cuentan cómo hicieron su último espectáculo: mirá el video

Gustavo Antuña y José Nozar revelan todo sobre "Un lugar del que nadie habla", el show con el que agotaron seis funciones en la Sala Balzo

“Hace un tiempazo fui a ver a Arnicho a un concierto que daba en el Solís, que era con auriculares, y el loco empieza diciendo: ‘Este es un show entero, traten de no aplaudir, empieza y termina’… Entonces me quedé con esa idea, me quedé con eso adentro”, dice Gustavo Antuña. Parado entre todos los elementos que están desperdigados en el espacio escénico de la Sala Hugo Balzo del Auditorio del Sodre, El Topo empieza a contar, con su hablar acelerado, cómo se construyó Un lugar del que nadie habla.

El último espectáculo de Buenos Muchachos fue estrenado el 19 de julio, y tuvo seis funciones (la última fue el 24) que, de antemano, tenían entradas agotadas. En total, más de 1.600 personas vieron esta obra que logró, con unanimidad, deslumbrar a la audiencia por la originalidad y la rareza del planteo. ¿Pero de dónde salió? ¿Cómo se gestó?

Buenos Muchachos en la Sala Balzo. Foto: Delfina Milder
Buenos Muchachos en la Sala Balzo. Foto: Delfina Milder

Antuña, que estuvo a la cabeza de la creación y diseño de este espectáculo, revela que la génesis estuvo en el Superplugged del percusionista Nico Arnicho, y en el número que los Buenos montaron para abrir el show de Nick Cave, en octubre en el Teatro de Verano. “Ahí no había espacio para todos, teníamos que hacer una adaptación de las canciones, y la idea fue hacer tantos minutos de música enganchando canciones que se pudieran unir, con elementos extraños. Entonces elegimos las canciones más teatrísticas para poder exagerar”, explica.

Entre esas dos puntas se fue tejiendo este entramado, para el que Antuña trabajó mano a mano con el pianista Nacho Gutiérrez, si bien todos hicieron su aporte en el proceso. Antuña y Gutiérrez armaron una lista de los temas “más teatrales”, y la depuraron hasta llegar a un repertorio de 19 canciones en el que no hay demasiado hits, y hay canciones hermanas que, en la discografía de los Buenos, están separadas. Es el caso de “Viaje lejos” del último álbum y “Viaje cerca” de Nidal, y de “Mi rincón”, de Se pule la colmena, y “Mi rincón (parte 2)”, otra del #8, que sonaron una tras otra.

Alrededor de eso y durante meses de ensayo, se fue construyendo un mundo medio de fantasía, en el que se buscó, dice el Topo, “la manera de que no seamos tan importantes nosotros, sino que sean un montón de cosas que funcionen para el mismo lugar y que hacen músicas, sin tanta personalidad en Pedro (Dalton), en mí, en Marcelo (Fernández), lo que sea”.

El escenario de "Un lugar del que nadie habla", el show de Buenos Muchachos. Foto: Delfina Milder
El escenario de "Un lugar del que nadie habla", el show de Buenos Muchachos. Foto: Delfina Milder

Por un lado, se trabajó bastante en función de la batería de José Nozar, que fue desarmada y reconstruida. “Decidimos que yo iba a trabajar parado”, dice el baterista, “para intentar abordar las canciones desde otro lugar, y para que tuviera más que ver con la parte escénica del show. Entonces armamos los dos toms que uso normalmente, los dos tambores, y en lugar del bombo de la batería, este bombo de pie, tipo timbal”.

A partir de esa sonoridad se articuló el resto de su set, que incluyó un Charleston que no suele usar, el vibraslap, varios tipos de palos y escobillas, un güiro, una ranita, maracas, una campana, un truenófono (hay dos más en escena), un cuenco tibetano y el glockenspiel. Y las chapas, que hace más de 10 años forman parte del universo de Buenos Muchachos. Algunas de estas cosas, como el cuenco, son usadas apenas unos segundos, pero suman.

José Nozar de Buenos Muchachos en "Un lugar del que nadie habla". Foto: Delfina Milder
José Nozar de Buenos Muchachos en "Un lugar del que nadie habla". Foto: Delfina Milder

Por otro lado, “empezamos a hablar de personajes, de que aparecieran personajes que no fuéramos nosotros”, cuenta Antuña. Y entonces fueron apareciendo los mejillones, por ejemplo, que están en una especie de pecera y que son protagonistas en “Sloanne”. En la maqueta de ese tema, que forma parte de Nidal, se había grabado una caminata sobre hojas, y acá se retomó esa idea pero se cambió, por cuestiones prácticas, el elemento.

Aparecieron también los megáfonos y las maracas gigantes, porque Antuña fabricó, durante mucho tiempo, instrumentos de pasta de madera, que incluso vendía en el Paseo de la Pasiva de Piriápolis, “y me enrosqué este verano, me llevó tres o cuatro meses hacerlos”. Apareció un metrónomo, que tuvo un momento de estrellato pleno en “Mi rincón”; una pecera con agua que abrió y cerró los conciertos; un par de ramas, para “Sentimiento acorde” y hasta un serrucho, al que Pancho Coelho logra sacarle una cantidad de sonidos. Y más, mucho más.

Pancho Coelho en "Un lugar del que nadie habla". Foto: Delfina Milder
Pancho Coelho en "Un lugar del que nadie habla". Foto: Delfina Milder

“Y las luces tienen pila que ver en todo el asunto”, agrega Antuña sobre el trabajo de Diego Viera. “Todo lo que pensábamos, todo lo que hacíamos, tenía que estar acompañado por las luces”, dice, reafirmando lo que se vio: cada sombra y cada destello contribuyeron a una suerte de gran ilusión, de fantasía, que fue muy efectiva.

Los otros personajes del show fueron los cinco niños y adolescentes que se encargaron de versionar “Under the Tilo’s Tree”, el único bis del show: son Falco, el hijo de Nozar; dos primos del bajista Nacho Echeverría, dos sobrinas del Topo y una prima de ellas.

“¿Por qué entraron a jugar? Porque una vez viendo Instagram —yo no tengo ni ahí, pero mi hermana me mostró— estaba mi sobrina cantando ‘Sin más’, con una amiga. Y Nacho nos contaba que sus primos se recopaban, tienen una banda y hacían covers nuestros. Por eso fue la unión”, cuenta Antuña. “Ellos se conocían del liceo, hicieron tremenda junta, y se pusieron ellos a trabajar. Marcelo tiró unos lineamientos pero trabajaron ellos en la versión, que era la idea. Y el bis tenía que ser ese: fue una decisión, una idea personal de que el show tenía que terminar así. Y es tremendo”.

A lo largo de las seis funciones, el público fue entendiendo cada vez más el código del show y dejó de aplaudir, para escuchar en silencio, para dejarse encantar. Es de esperar que Un lugar del que nadie habla vuelva a alguna sala teatral, en algún momento, porque es un mundo demasiado fantástico como para que quede comprimido en seis noches, o en un registro audiovisual, o en esta nota.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)