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Ida Vitale, una poeta que se mira a sí misma, recorrió con El País una muestra de sus recuerdos

Hay dos exposiciones en el Centro Cultural de España con la vida y la obra de la ganadora del Premio Cervantes

Ida Vitale se mira y no se reconoce. La de la foto que observamos es ella; a decir verdad, no ha cambiado demasiado. Es ella en la década de 1940, con el uniforme del colegio Elbio Fernández y el rostro levemente girado, con la mirada hacia, digamos, el horizonte, hacia algún punto fijo que no es el lente de la cámara. El retrato colorizado —labios rojizos, mejillas rosadas, pelo castaño— es de las primeras piezas de la exposición Ida Vitale Palabras que me cantan, que inauguró el jueves en el Centro Cultural de España y que aunque Vitale ya había visto, mira ahora, en compañía de El País, con cierta sorpresa.

“La desconozco”, dice Vitale, que dos por tres lanza un “no” tan rotundo, tan tajante, que da la sensación de que no va a hablar más durante los minutos (pocos) que dura el encuentro. Sin embargo, después del “no” siempre viene una risa, infantil o en forma de carcajada sonora; vienen unos segundos de silencio que derivarán en alguna reflexión o comentario, o un gesto medio pícaro que distiende e invita a seguir la charla.

Es injusto, para un periodista que más o menos intenta tener en sus notas una narrativa literaria, si se permite semejante calificativo, tener que escribir sobre Ida Vitale. Primero, por supuesto, porque es Ida Vitale: poeta, traductora, ensayista, crítica literaria, integrante de la Generación del 45 (una denominación con la que no está demasiado de acuerdo), reconocida a nivel internacional y multipremiada, sobre todo en la última década. Ha recibido el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y el año pasado, el Premio Cervantes, y eso solo para mencionar los reconocimientos de mayor escala. Los galardones se exhiben en el CCE.

Segundo, porque Ida Vitale es increíblemente hipnótica y se hace difícil describirla. Tiene el cabello blanco, un conjunto de lana verde con estampas negras —buzo largo y pollera recta—, zapatos bajos, y en un sillón andan su cartera y su abrigo. Tiene el carácter fuerte y el trato dulce, a veces apura el paso y casi que trota, intentando ganar segundos, y después de andar un rato aprovecha un instante para apoyarse en una de las vitrinas que exhibe parte de su obra. Descansa apenas y está lista para seguir; le queda, después de la nota con El País, la inauguración formal de las muestras con todo lo protocolar de la cuestión (discursos, presencia de autoridades, fotos), el recibimiento de un par de reconocimientos, y la visita por primera vez a IDAMANÍA, la exposición en la que otros artistas dialogan con su obra.

Ida Vitale en el Centro Cultural de España, 2019. Foto: Marcelo Bonjour
Ida Vitale en el Centro Cultural de España, 2019. Foto: Marcelo Bonjour

Hay algo en la forma de mirar de Ida, una gracia natural, una capacidad de sorpresa que se traduce en un velo aniñado. Aunque no se reconoce en la foto del colegio y aunque tiene 95 años, Ida Vitale parece, por momentos, una niña. Y es lógico. ¿O acaso se podría ser poeta si ya no hubiera posibilidad de asombrarse ni hubiera inocencia alguna? Por eso es injusto. Porque a Ida Vitale es mejor verla, leerla, escucharla, que escribirla.

Entre las muchas fotos qué hay en Palabras que me cantan, hay una en blanco y negro, tomada por Sara Facio, en la que Ida está con su marido, Enrique Fierro, con su amiga María Elena Walsh, y con su perro, Macedonio Fernández. “Un perro de la calle”, dice entre risas, “pero fue un perro noble”. “Y María Elena era una amiga de toda la vida, desde los 17 años de ella en que la encontramos caminando por una playa y se hizo amiga. Estábamos en el grupo, justamente, con Maggi, Maneco, no sé si estaban los Díaz. Y quedamos amigos para toda la vida, pero amigos de venir ella a mi casa y yo a la casa de ella en Buenos Aires. Era una mujer estupenda. Y un caso en que se le hizo justicia, porque los argentinos la adoraban. Es un caso extraño de una mujer que hacía las letras, las cantaba, hacía la música, y todo con mucha calidad. Y aparte de eso, era capaz; todos los últimos años hacía notas periodísticas muy fuertes, de temas políticos y demás. Era un personaje encantador, María Elena”, asegura.

—¿Y Enrique Fierro cómo era, en los primeros años de relación?

—En los primeros y en los últimos fue un ser estupendo, y además muy generoso. Un compañero perfecto, realmente. Lamentablemente se fue hace tres años… Me ayudó mucho, muchísimo. Digo, hay casos en que la vida no da para ocuparse del otro, de ayudarlo; la vida o la gana. No todos los maridos son así (se ríe). Fue muy inteligente, un profesor estupendo. Mis relaciones con los muchachos jóvenes en Estados Unidos eran gracias a él, porque los alumnos se seguían comunicando, escribiendo. Ayudó mucho, y muchos lo ayudaron a él, acompañándolo cuando estábamos en otro país. Fue una experiencia muy generosa la de estar en otro país y encontrar gente que se hace amigo, ¿no? Porque no siempre los alumnos tienen ánimo de ocuparse de un profesor; más bien sacan provecho y luego se van a otro lado.

—En esta suerte de álbum de fotos que hay aquí están México, París, Octavio Paz por allí...

Octavio Paz fue muy generoso. Con nosotros, al menos. A mí siempre me llamaba la atención una actitud que era muy espontánea, nada armada, de dar una opinión y enseguida preguntar si se estaba de acuerdo. Porque a la edad de él, con la fama de él, y todo el mundo que él había creado, la cantidad de gente que tenía alrededor, lo normal es que haya como una distancia, como una superioridad asumida. Y Octavio discutía, no daba todo lo de él por bueno. Y además era una personalidad muy especial: cultura, capacidad, paciencia, ganas de hacer cosas…

—Estas dos exposiciones son una celebración de su obra, y también un homenaje. En el último tiempo le habrán preguntado mucho cómo se lleva con los homenajes, pero este es distinto.

—Además yo estuve tanto tiempo fuera de acá, que todavía es milagroso que tengan ánimo para hacer esto. No es que no viniera; venía a ver a los amigos y me volvía. Sólo ahora, cuando murió Enrique, resolví que tenía que venir. No tenía sentido quedarme en Estados Unidos.

—Y encontró una gran acogida, de la gente y del ámbito académico.

—La gente siente que es un poco un premio para el Uruguay, entonces está bien. En eso, cedo toda la parte que les toque (se ríe).

Ida Vitale
Ida Vitale, su vida y su obra en dos muestras en el CCE. Foto: Marta González

—Ricardo Ramón, director del CCE y curador de estas muestras, dijo a El País que querían presentar a Ida Vitale como una estrella pop y no como una viejecita.

—(Se ríe) Ay, ay Dios.

—¿Le gusta esa idea de estrella pop?

—No, no mucho (entre risas). Pero entiendo lo que quiere decir.

—Habla de la fama de Octavio Paz como si fuera muy distante de la que usted tiene.

—¡Ay, por favor! Paz es conocido en el mundo entero.

—¿Ida Vitale no? ¿No ahora?

—No, no. Porque Paz ha hecho no solo la obra personal, sino que creó una revista que da cabida a un montón de gente, que está muy vinculada con Europa. No, no, por favor. (Piensa) Una cosa es que un escritor sueñe un poco en el tiempo en que escribe algo, que están los premios, y después se acaba. Octavio se murió, y Octavio sigue existiendo.

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Dos exposiciones para celebrar una obra

El jueves se inauguraron, en el Centro Cultural de España (Rincón 629). Una, Ida Vitale Palabras que me cantan, cuenta con curaduría de Ricardo Ramón y Jesús Xañete Ochoa, y ofrece un recorrido amplio por la vida y obra de la autora uruguaya. Libros, fotos, videos, textos informativos, cuadros y demás, la componen; la organizan la Universidad de Alcalá de Henares y el Ministerio de Educación y Cultura, junto con el CCE. La otra es IDAMANÍA, en la que artistas de distintas edades y de todas las disciplinas, uruguayos y extranjeros, dialogan con la obra de Vitale. Ambas se pueden visitar, con entrada libre, de lunes a sábados a partir de las 11.00.

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