UNA SEMANA

El viejo oficio

En tiempos así, en los que las máximas son de 140 caracteres, no debería sorprender que haya quien mire con desdén o lástima a la palabra escrita. La ven agonizante, poco propicia para tiempos que van tan apurados hacia ninguna parte.

Capaz que los propios consumidores colaboramos con esa actitud: cada vez privilegiamos más la imagen, el chirimbolo o el resumen por encima de la gramática y la sintaxis.

Está más que claro que las habilidades, la profundidad y el profesionalismo que se necesitan para contar un hecho o criticar algo en las nuevas plataformas, son los mismos (o más) que las que se precisan para describir algo de una manera mediamente legible en 10.000 caracteres o 500 páginas. Y que el resultado es bastante más atractivo para las audiencias de hoy. Y que hay gente que lo hace muy bien. Por eso, estos son tiempos aterradoramente excitantes para los que aún intentan ganarse la vida o al menos transmitir una idea con una serie de oraciones más o menos bien hilvanadas.

No es nostalgia, pero eso no quita que uno añore lo lindo que solía ser el reinado del sujeto y el predicado cuando lee algo como El tenis como experiencia religiosa que se editó en estos días en Uruguay (Random House, 390 pesos). Es un libro chiquito: dura lo que duran dos artículos periodísticos de esos largos y portentosos de revista; son 111 páginas de tipografía espaciada.

Wallace (quien se suicidó a los 46 años en 2008) es el gran escritor y cronista de su generación literaria, cucarda que se ganó con una prosa imaginativa y hermosa, sí, pero también con el personaje entre tímido y raro con el que asaltó al mundo. Es la categoría en la que están Hemingway, Fitzgerald y Pynchon (de los tres tenía algo Wallace), gente con un talento único, a cuya fama contribuyeron sus desplantes.

Ninguno precisaba de eso, y como alguno de ellos, Wallace era, además de un tremendo escritor, un gran periodista. Ya sea en sus novelas (La broma infinita), sus cuentos (La niña del pelo raro), sus ensayos (En cuerpo y en lo otro) o sus artículos, destilaba la fibra de los grandes prosistas. Un narrador agudo, contemporáneo y aguerrido, un reportero sagaz.

Una película, End of the Tour (no, no está en Netflix; hasta a la biblioteca de Babel le faltaban libros) lo pinta bastante bien por si necesita saber algo más de él.

El libro recopila dos artículos con un tema en común (el Abierto de Estados Unidos), 10 años de diferencia (1996 y 2006) y reyes distintos (Sampras, en el primero; Federer y Nadal en el otro).

Lo que permite —además de un ratito de buena lectura— es recuperar la mirada de un cronista que sabía que su oficio implica contar las cosas informando, atender los detalles, aportar una mirada nueva y poner el corazón en lo que se hace. Y esa es una lección que podría llegar a borrar esa sonrisa a los escépticos de la palabra escrita. Y, de paso, ayudarnos a los periodistas y escritores a dar la batalla con un poco más de esperanza.

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