Con "A todos los chicos para siempre" Netflix cierra una trilogía adolescente exitosa

Lana Condor y Noah Centineo en "A todos los chicos: para siempre". Foto: Difusión
Lana Condor y Noah Centineo en "A todos los chicos: para siempre". Foto: Difusión

En los últimos dos años, Netflix se propuso una renovación de la comedia romántica, género que parece seguir atado a sus épocas de gloria, especialmente la década del 80 con exponentes como Nora Ephron y John Hughes a la cabeza. La plataforma, lejos de ignorar las inevitables influencias, se hizo eco de las mismas y así surgieron largometrajes de ambiciones moderadas pero resultados más que interesantes, desde Set It Up: el plan imperfecto, la representación queer en la adorable Si supieras, y la trilogía A todos los chicos de los que me enamoré, que lograba quizá lo más difícil en un género tan tramposo como este: una gran química entre sus protagonistas.

La primera entrega basada en la novela inicial de la trilogía de Jenny Han desembarcó en la plataforma en 2018 con Lana Condor y Noah Centineo a la cabeza, dos estrellas en ascenso que elevaban un material de base que no tomaba demasiados riesgos en el plano narrativo -o incluso en el visual-, pero que encontraba su fortaleza en los rápidos y sarcásticos intercambios de sus personajes centrales, otras de las aristas del género, en este caso con el aditamento de las reglas de la literatura young adult dirigida a una audiencia adolescente.

Lara Jean Covey (Condor), romántica empedernida, advierte que todas las cartas escritas para todos esos chicos de los que se enamoró alguna vez se enviaron accidentalmente a sus destinatarios, entre ellos, el novio de su hermana. Como consecuencia, para disfrazar sus sentimientos hacia ese joven, hace un trato con el chico popular del colegio, Peter Kavinsky (Centineo, un galán de carisma arrollador), para que todos crean que están en pareja. En ese fingir, ambos se enamoran y así la trilogía escribía su primer capítulo, con dirección de Susan Johnson.

La segunda entrega, P.D. Todavía te quiero, estrenada en Netflix el año pasado, dejaba al descubierto lo que se temía desde un comienzo: lo difícil que es sostener una saga tan naïf cuando no hay demasiados conflictos a la vista, mismo problema que aqueja a las novelas, y que los guionistas no supieron resolver. La secuela no solo no aportaba nada nuevo en relación al vínculo entre Lara Jean y Peter, sino que introducía, de modo forzado, a un tercero en discordia, John Ambrose (Jordan Fisher), otro destinatario de la catarsis epistolar de la joven, quien se confunde momentáneamente por estar en plena crisis con su novio.

Hay escenas que nos recuerdan la razón del éxito de la saga: la sensibilidad de su protagonista femenina, una adolescente en plena evolución quien debe confrontar su propio idealismo.

A diferencia de la primera parte, la secuela olvidó esos precisos guiños a los films a los que rendía tributo (como Digan lo que quieran, el caballito de batalla de muchas comedias teen), al igual que la identidad de Lara Jean y el duelo por la pérdida de su madre, dos de los tópicos más interesantes de la saga. Por el contrario, P.D. Todavía te quiero se erigía como un episodio de una serie más que como una película con autonomía. Un año después, llega la conclusión de la historia, nuevamente con dirección de Michael Fimognari, quien llevó a cabo el rodaje casi en simultáneo conla segunda parte.

Si bien A todos los chicos: Para siempre no tiene el vuelo de la primera parte -el cambio de director y guionista es muy notorio-, sí es superior al film previo. En principio, porque el nuevo conflicto que debe navegar la pareja protagónica tiene cierta urgencia: Lara Jean decide estudiar en una universidad en Nueva York, algo que la alejaría de Peter por cuatro años, ya que su novio cursará en Stanford. En este aspecto, la película retoma una subtrama de la primera entrega, cuando Margot, la hermana de Lara Jean, no sacrifica su futuro académico y sus deseos individuales por miedo a perder a su pareja.

A todos los chicos: Para siempre da muchas vueltas hasta llegar a ese lugar, pero el conflicto interno de la protagonista resulta extremadamente real, maduro, e incluso agridulce. ¿Puede sobrevivir una relación a distancia? ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a relegar nuestros proyectos por otra persona? ¿Se puede llegar a una posición intermedia? A pesar de que el film cuenta con algunas secuencias cuyo único fin es el de estirar el metraje, hay otras que nos recuerdan la razón del éxito de la saga: la sensibilidad de su protagonista femenina, una adolescente en plena evolución que debe confrontar su propio idealismo cuando la cotidianidad le demuestra que la vida no puede planearse.

Como siempre, Centineo brilla a la par de Condor, especialmente cuando se le da su propio arco narrativo que le permite lucirse por fuera de ciertos estereotipos en los que había caído el personaje de Peter. De todas formas, este final de la trilogía le pertenece a Lara Jean, ya con la primera escena y ese viaje que realiza en familia a Corea del Sur para no perder contacto con sus raíces y, sobre todo, con las de su madre.

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