Estreno

¿Cómo es "El Pepe: una vida suprema", la película sobre José Mujica que está en Netflix?

Hoy se estrenó el documental de Emir Kusturica sobre la figura del expresidente en los últimos días de su mandato

Kusturica Mujica
Kusturica y Mujica en el centro de un documental. Foto: Difusión.

Después de seis años de iniciado el proyecto y a casi cinco desde que José Mujica dejó la presidencia, finalmente se estrenó ayer en Netflix, El Pepe: una vida suprema, el documental del serbio Emir Kusturica sobre el expresidente y celebridad mundial de la política. Es un repaso a los últimos días del mandato del hoy senador, salpicado por entrevistas en su chacra y algún detalle íntimo. Es básicamente una oda a su vida y obra y una película muy menor.

Kusturica es un director serbio que ganó dos veces la Palma de Oro (por Tiempo de gitanos en 1989 y Underground en 1995) y desde entonces ha dividido su carrera entre el cine y la música. Fue durante una gira de su banda, The No Smoking Orchestra, que en París descubrió la figura del “presidente más pobre del mundo”. Se sintió fascinado.

Demoró un montón en concretarlo. Su primer acercamiento a Mujica fue en 2012 y la película fue presentada en el Festival de Venecia del año pasado donde recibió el premio Consejo Internacional de Cine y Televisión de la Unesco. Desde entonces no había tenido ninguna difusión hasta este estreno en Netflix.

Quizás, por eso, uno de los problemas de El Pepe: Una vida suprema (que originalmente se iba a llamar El último héroe) es que llega demasiado tarde: no aporta nada nuevo a todo lo que se ha dicho y visto de Mujica en todo este tiempo. Para sus detractores, el tono complaciente puede ser un poco irritante; sus seguidores confirmarán lo que les encanta de su figura.

Igual, hay poca cosa novedosa. Una autocrítica a su pasado guerrillero (”lo que hacíamos era un delito”, dice), por ejemplo, o la frase de que “no hay nada más lindo que entrar a un banco con una 45: todo el mundo te respeta”. También hay una pelea en la que por poco no se van a las manos con un parroquiano de un bar que le reclama mayor independencia del FMI y con el que termina a los insultos. El señor es la única voz disidente de todo el documental.

Otra novedad es que Mujica  aparece en calzoncillos, durmiendo de camisa y descrubrir que lo primero que hacía en el día era saludar a Manuela, su perra de tres patas que “es más fiel que varios de mi gobierno”; Manuela falleció en junio de 2018.

A diferencia de su documental sobre Maradona (Maradona by Kusturica), aquí el serbio se mantiene a un costado, fumando un habano o sonriendo ante los comentarios de su entrevistado. Aprende a tomar mate ante la risa de Mujica, y hay cierta simpatía incómoda entre ellas , quizás forzada por la incompatibilidad idiomática.

No queda muy claro, eso sí, cuánto participó directamente en los rodajes Kusturica, quien figura como director y guionista. Parece haberse limitado a un par de encuentros con el expresidente (en uno está también Mauricio Rosencoff), uno con su compañera Lucía Topolansky, y otro con el por entonces ministro de Defensa, Fernández Huidobro.

El resto del documental, que dura unos escasos 73 minutos, se llena con noticieros, extractos de discursos y hasta escenas de Estado de sitio, película de Costa Gavras sobre el secuestro de Dan Mitrione.

El Pepe: una vida suprema sigue, entonces, la cotidianidad de la vida privada y política de Mujica. Muestra así sus rutinas en la chacra, su amor por las flores, su tarea en el Plan Juntos y su intercambio con sus admiradores. Hay un paseo por el shopping de Punta Carretas, recordando los tiempos en los que era una cárcel, que es interrumpido por un montón de turistas brasileños que lo atormentaron a selfies.

Un asunto que le interesa mucho a Kusturica es la historia de amor y de vida de Mujica y Topolansky. Es quizás ahí donde consigue algo de emoción, principalmente en la escena final donde ambos comparten un whisky coreando abrazados una linda y bolichera versión de “La última curda”. Es en ese pequeño gesto donde, por un rato, Kusturica escapa del maniqueísmo y construye algo más que la figura de poster que lo seduce (mucho) de Mujica.

El silencio del a menudo expansivo Kusturica cuando escucha a su entrevistado, deja claro que acá se va por la celebración, el único tono posible con el que, por lo visto los extranjeros miran a Mujica.

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