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Netflix estrenó la última temporada de uno de sus grandes éxitos, "El método Kominsky"

La sitcom con Michael Douglas perdió a Alan Arkin pero en el cierre de la historia todo vuelve a estar en su lugar y todos los obstáculos se pueden sortear

The Kominsky Method
Michael Douglas, solo, en la tercera temporada de "El método Kominsky"

Es, lo sabemos todos, uno de los momentos más tristes en la vida de un televidente: el final de una serie que nos resultó buenísima. Nos obliga a pensar en los buenos momentos, las veces que nos reímos, el tiempo que le robamos al cansancio para no dejar de verla. Estoy, sepan disculpar, pasando ese duelo: Netflix estrenó ayer la última temporada de El método Kominsky. Y sí que fue una de esas series.

Todos sabemos, además, que es difícil de llenar el espacio vacío cuando una serie se va. Aunque sí, ya vendrán otras.

No hay quién pueda decir que Chuck Lorre. el creador de El método Komisnky, no conozca de sitcoms. Además de escribir guiones para algunas de las clásicas (Rosseanne, por ejemplo), aportó a ese canon varias propias. Es el creador y mayor responsable del éxito de Two and a Half Men y The Big Bang Theory, dos series que están, por lejos, entre las mejores de las últimas décadas.

La presencia de Lorre detrás de El método Kominsky explica por qué es una sitcom precisa, entrañable y tan divertida.

Lorre creó la serie y los primeros actores a los que les envió el guion fueron Alan Arkin y Michael Douglas, dos veteranos y prestigiosos. No esperaba ni un solo sí de respuesta y recibió los dos. La química entre ambos era otra de las razones por la que la serie era tan encantadora.

La salida de Arkin, jamás explicada, no mella el interés aunque, sí, se lo echa de menos. Todo el peso iba a caer sobre Douglas como Sandy Kominsky, un actor devenido profesor de actuación.

Aunque no está Norman Newlander, el personaje de Arkin, la suya es la primera imagen que se ve de esta nueva temporada. Es su foto en su sepelio, un momento triste para los seguidores de la serie, pero que Lorre resuelve con un buen par de chistes.

Norman, un millonario agente de estrellas, y Kominsky, eran dos amigotes de Los Angeles. Se adoraban aunque se pasaban peleando incluso mientras se tomaban sus gin tonics y sus Jack Daniel’s con Dr. Pepper dietética. Es por eso que fue tan triste ese brindis solo en el Musso & Frank Grill de sus encuentros. Hasta el mozo más achacoso del mundo se emocionó ante tal ocasión.

Esta nueva temporada lo tiene al trote al pobre Sandy. Encuentra una compinche nueva en Ruth (Kathleen Turner), su exesposa, y juntos intercambian los mismos punchs verbales que se dispensaba con Norman. Uno de los encantos de la serie es verlos interactuar tanto tiempo después de Dos bribones tras la esmeralda, que los convirtió en estrellas. Están muy cambiados.

Encuentra, también, alguna camaradería en Martin (Paul Reiser, un gran comediante), el novio sexagenario de Mimi (Sarah Baker), o sea su futuro yerno. Además debe lidiar con la ambición de la hija de Norman, Phoebe (Lisa Edelstein), y del nieto cienciólogo (Haley Joel Osment) por la herencia.

Hay otro dinero en la vuelta que traerá nuevas complicaciones, están los preparativos de una boda, un reencuentro, una enfermedad terminal, un proyecto de película y apariciones especiales de Morgan Freeman y el director Barry Levinson.

Todo contado con simpatía: el personaje más terrorífico es, por lejos, la madre de Martin, firme candidata a la peor suegra del mundo.

Como todas las anteriores, pero en esta aún más marcada, El método Kominsky es sobre el paso del tiempo y las brechas generacionales. Ver a Reiser rapeando una canción de Megan Thee Stallion es un gran momento televisivo. Un par de capítulos más adelante, Reiser (que protagonizó otra de las grandes series de la historia, Mad Abou You) se ve a sí mismo en Diner, la película de Levinson.

Esa grieta queda bien en evidencia cuando Sandy intenta explicarles algo de ética profesional a sus alumnos que la reciben como “cosas de hippie”. Hay un montón de chistes con esa clase de cosas y Lorre sabe de qué lado está su público.

Que sean solo seis capítulos (de 27 minutos cada uno; el primero es un poco más largo) le da una brevedad que permite llegar rápidamente a un final feliz, que es parte también del género. Al cierre, Sandy es una mejor persona y todos pueden cumplir sus sueños.

Douglas, que consiguió el Globo de Oro por su trabajo en la segunda temporada, está muy bien y es un placer verlo trabajar a su personaje desde lo corporal. Lleno de achaques y de un par de mezquindades, Sandy es uno de los grandes papeles de su carrera.

Lo vamos a extrañar. Y eso justifica esa compulsión a ver todos los capítulos de un tirón. Los malos tragos hay que pasarlos así de rápido.

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