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Humor de emprendedores en el epicentro de la tecnología

Silicon Valley sigue manteniendo el nivel de temporadas anteriores.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Tecnología, sociedad y capitalismo en el centro de "Silicon Valley". Foto: Difusión

Mientras que todos se fijan en Game of Thrones y siempre están diciendo que esa serie le salva la plata a la señal HBO, Silicon Valley sigue acumulando puntos. No solo es una de las mejores comedias de la actualidad. También tiene lo que se necesita para convertirse en una serie de culto.

Hace poco concluyó la cuarta temporada, y aunque ya no está el factor sorpresa que tantos réditos le dieron a los guionistas, que parecían sacar de la galera a personajes tan disparatados como hilarantes, la serie no bajó sustancialmente su nivel de calidad y sofisticación (vale señalar que las cuatro temporadas están disponibles en el novel servicio de streaming HBO GO).

Para quien no la haya visto: Richard Hendricks (Thomas Middleditch) inventó una manera de comprimir archivos tan revolucionaria que puede no solo darle millones, sino también "hacer del mundo un lugar mejor", una frase que varios de los emprendedores y multimillonarios que pululan en la serie (todos chantas) repiten, sobre todo en la primera temporada. En torno a él, hay un equipo de nerds que carecen de habilidades sociales pero les sobra torpeza. Y en contra, una poderosa empresa —Hooli— que parece armada haciendo una fusión entre Google, Apple y Facebook.

Al frente de Hooli, el archienemigo del equipo comandado por Hendricks: Gavin Belson (un impagable Matt Ross). No es demasiado original afirmar que Silicon Valley (el lugar, no la serie) está presentado como el Eldorado, el lugar adonde hay que ir para conquistar fortuna y fama, la nueva frontera, el equivalente al Lejano Oeste hacia el cual los colonos peregrinaban para hacerse la América.

Ahí, en esa tierra de supuestas oportunidades, los muchachos que se aglutinan en torno al nuevo método de comprimir archivos ideado por Hendricks intentan triunfar con el idealismo y la inexperiencia que muy a menudo acompaña los primeros pasos en el mundo empresarial.

Las idas y venidas del grupo, los fracasos (muchos) y victorias (todas pírricas) no son, en esta serie, lo medular. Poco importa, en realidad, la trama principal, o sus derivaciones.

Lo que hace de Silicon Valley una comedia por encima del promedio son los personajes y no tanto las situaciones, aunque éstas den pie para el despliegue de la imaginación y los disparates de los guionistas.

Cualquiera que haya visto la primera temporada recordará el auto que se conduce solo, como un descacharrante comentario sobre hacia dónde puede llevar la tecnología, con sus sistemas cerrados y programados.

Ahora que finalizó la cuarta temporada, ya se sabe que no estará más TJ Miller, quien en la serie interpreta al embustero (pero bastante querible) Ehrlich Bachmann. Una pena, porque Miller era uno de los mejores en el elenco, en particular en sus interacciones con Jian-Yang (Jimmy O. Yang).

Pero Silicon Valley puede sobrellevar su ausencia si sigue manteniendo el esquema de capítulos cortos, guiones trabajados, la ausencia de risas grabadas y la casi feroz tomadura de pelo al culto al emprendedurismo y la adoración ciega por los gadgets.

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