Entrevista a Miguel Ángel Solá

“No puedo vivir dentro de un marco”

El destacado actor argentino llega el próximo sábado a El Galpón con un drama sobre la ambición y el poder

Miguel Ángel Solá
Miguel Ángel Solá en Montevideo. Foto: Gerardo Pérez

Es uno de los mayores actores argentinos de su generación, y ha lucido por igual en cine, teatro y televisión. Y en su agenda, nunca deja a Montevideo de lado: de hecho, dos años atrás, Miguel Ángel Solá se había presentado en El Galpón con El diario de Adán y Eva. Ahora, este sábado a las 21.30 y el domingo a las 20.00 subirá a ese mismo escenario de con Doble o nada, junto a su mujer, la actriz Paula Cancio, dirigidos por Quique Quintanilla. Se trata de una nueva versión de Testosterona, que ya interpretaron con éxito en Madrid. Para hablar sobre su larga carrera, El País entrevistó al notable actor. Entradas en Tickantel, de $ 900 a $ 1300.

-¿Estás con planes de hacer cine?

-Sí, voy a hacer algo de cine: me ofrecieron hacer el último día de la vida de Facundo Cabral. La película divide su vida en cuatro partes: su infancia, su adolescencia, su adultez, y su último día. Es como un reportaje que se nutre de los distintos momentos de su vida, desde flashbacks. Y me estoy preparando para hacerlo, en Colombia, donde voy a ir a filmar en febrero.

-¿Y qué significa para vos hacer de Facundo Cabral, un personaje tan significativo?


-Yo lo quería mucho, lo conocí mucho. Era un gran amigo, que venía a ver todos mis espectáculos, en Buenos Aires, en Mar del Plata. Y yo iba a ver los de él. Nos juntábamos a comer, o a desayunar, o merendar, en Mar del Plata. Yo lo quería mucho, y falleció muy mal. Lo mataron: por querer matar a otro, lo mataron a él.

-Vos has hecho gran cine, como El exilio de Gardel, o Asesinato en el Senado de la Nación. ¿Al cine argentino de hoy lo ves un poco light?

-Sí, lo veo más parecido a la televisión, salvo en cosas muy puntuales. Pero bueno, a mí me gusta la televisión, y de hecho, me gusta más hacer televisión que cine. También está muy castigado el cine en Argentina, como el teatro y la televisión. Porque está muy castigado el bolsillo de la gente.

-Vos has trabajado mucho en teatro, tanto en España como en Argentina. ¿Cómo compararías uno y otro medio desde la distancia?

-Yo soy más feliz en Argentina, por mi formación. Yo no tengo la formación de letra sabida. Yo tengo la formación de buscar la mejor idea, y la mejor emoción. Siento la obligación que el teatro sea constantemente movimiento, que no pare de buscar. Si no es imposible hacer muchísimas funciones de la misma obra. Allá en España no lo entienden así. Por eso cuando me tienen que dirigir les cuesta mucho. Ellos son como pintores, que dejan un cuadro hecho. Y a las veinte funciones ya es una cosa seca. Y yo, no puedo vivir dentro de un marco. No creo en eso. No es mala fe mía. No creo en lo que ellos cuentan. 

-¿Qué buscará ofrecer Doble o nada, este texto de la autora mexicana Sabina Berman, que ahora venís a presentar desde el escenario de El Galpón?

-Esto busca ser lógicamente una apuesta al buen teatro, en un momento en el que el teatro de texto está desapareciendo, y queda solamente en los reductos de teatro independiente. Y me gusta hacer esta obra en el teatro comercial, porque demuestra que sí se puede ofrecer teatro con contenido en el teatro comercial, que no sea solo la risa fácil, o el musical. Yo creo que en la cartelera debe de haber teatro de todas las formas, pero creo que ya se está volcando demasiado a la carcajada fácil. El buen teatro de texto asegura que el teatro no sea un mero evento para comer pochoclo.

-Me contaron que metiste mano en el texto.

-Metimos, con la autora también. Está todo lo mismo de la obra original. Pero creo que logramos encontrar en qué lugares la obra decaía. Y donde producía curiosidad, había que profundizar el punto de sorpresa. Utilizando los mismo elementos de la obra, pero invertimos situaciones, acortar otras, de carácter más literario.

-¿De qué sentís que habla la obra, más allá del tema de la manipulación del otro?

-Sí, la obra habla de la manipulación, y también de la descompensación en cuanto a las exigencias sobre los individuos, de los elementos de presión. Y habla de lo que está quedando de la condición humana, en los lugares donde el trabajo se ve como una herramienta pragmática, sin estar vinculado a hacer feliz a los que trabajan.

-Contame de los artistas uruguayos que se han cruzado en tu extensa carrera.

-No fueron tantos los artistas uruguayos con los que trabajé. Primero que nada, con mi tía Luisa Vehil, pero no la pude disfrutar tanto, porque yo era muy joven. Con Villanueva Cosse hice Asesinato en el Senado de la Nación. Trabajé con Juan Manuel Tenuta, y con Andrea Tenuta. Con Waltar Vidarte trabajé en Julio César. Y con China Zorrilla hice Luces y sombras, Atreverse, varias cosas. La forma de trabajar de los actores uruguayos y argentinos se hermana muy fácilmente. Quizá el uruguayo es más poeta: me refiero a los que conocí, de las nuevas generaciones no puedo hablar, porque no tengo contacto. Fui amigo de Eduardo Galeano, y trabajé con Jacobo Langsner: él escribió para cine Malayunta, y escribió muchas cosas para Atreverse, de Alejandro Doria. A los actores uruguayos y argentinos nos une un drama el común: el Río de la Plata, con todos sus vericuetos. Y esa cosa rara, producto de la parte más enferma de la sociedad: la rivalidad.

-¿Cuál fue el momento más difícil de tu carrera?

-Los últimos 14 años: problemas físicos, los accidentes. Tuve que reaprender todo: a andar, mover las manos. A hablar.

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