GALÁN ETERNO

Víctor Laplace: "He aprendido mucho con las mujeres"

El legendario actor argentino llega este viernes al Teatro Metro con Rotos de amor, junto a un gran elenco

Víctor Laplace
Victor Laplace, de visita artística en Montevideo. Foto: Leonardo Mainé

Son cuatro amigos (Víctor Laplace, Osvaldo Laport, Gustavo Garzón y el histórico Pepe Soriano) que tienen dos cosas en común. Los cuatro son visitadores médicos, y todos tienen el corazón partido de amor. A partir de allí se arma la comedia Rotos de amor, que este viernes llega desde Argentina al Teatro Metro, para dar tres funciones, la primera el viernes a las 21.00 y el sábado doble función, a las 19.30 y a las 21.45. Entradas en Abitab, y en la boletería del teatro, desde $ 1090 a $ 1790.

El texto de Rafael Bruza, con dirección de Andrés Bazzalo, transita desde la ternura la contracara del amor, proponiendo los mil modos de armar una vida nueva después de los padecimientos de la pareja.

“Son cuatro varones que mueren de amor, y en ese devenir hacen todo tipo de piruetas, desde cantar serenatas hasta teñirse el pelo. O darse con medicamentos para ver si encuentran un punto de equilibrio, y no lo logran. Y pasadas todas esas pruebas no les queda más remedio que reflexionar sobre ese tema. Es una especie de comedia melodramática, en la que ellos piensan que el amor es un acto solitario, y no saben cómo encararlo. Y tratan de hacerlo por diferentes caminos”, adelantó a El País el legendario actor argentino Víctor Laplace.

“Creo que la obra resulta interesante para todo tipo de público, y en particular el público femenino se divierte muchísimo, viendo que los hombres también pueden sufrir por amor. Y en ningún lado está dicho que el tango sea la única manera de solucionar los problemas amorosos de los hombres: también pueden ser los boleros. Y de hecho, en escena yo canto un bolero, que se llama Perdón. Y la mujer amada me saca carpiendo. Y a partir de esas cosas nos ponemos a filosofar”, señala con humor el artista.

Rotos de amor
Rotos de amor, en Teatro Metro. Foto: Difusión

-¿Hablando de amor, vos fuiste pareja de la famosa vedette Nélida Lobato?

-Sí, diez años. En realidad yo no sabía que era una vedette famosa. Yo era un colgado cuando era joven, y me la presentó Beba Bidart. Y con una excusa, que me faltaba una cédula del auto, ella me dijo que podía ayudarme en eso. Y quedamos en vernos. Y en realidad lo que hice fue aprender a escucharla. Ella tenía un hijo que estaba con problemas, y un ex marido con el que había tenido una relación complicada.

-Te envidiaría media Argentina en ese tiempo.

-Sí, tenía que enfrentarme con actores, que llamaban a casa y yo los tenía que sacar corriendo. Eso para contarte algo suave. Teníamos una relación muy tranquila, a mí me encantaba verla en el escenario. Yo aprendí mucho con las mujeres. Me acuerdo que ella me dijo que quería que yo la acompañara al Lido de París. Y yo era joven, contestatario, y pensaba para qué iba a ir al Lido de París. Y cuando fuimos, había una mesa en el centro de la sala, donde nos ubicaron. Y de golpe aparecieron dos focos que la iluminaron, y la presentaron como la gran vedette argentina. Y yo pensé, ‘joder, es una mina importante’. Y recibió una ovación enorme. Y ella no me dijo nada. Ella no me cuestionó nada, y con situaciones como esa aprendí a ser un hombre. Porque aprendés más cuando no te marcan con el dedo, sino con el silencio. Convivimos hasta que ella se murió, de un cáncer de páncreas. Fue duro eso. 

-Supongo que ella ganaría mucho dinero.

-Sí, ganaba y perdimos. Y volvimos a ganar y perdimos. Vivimos los vaivenes de la Argentina. Alguna vez nos quedamos sin nada, pero eso es lo de menos. Se recupera después. Y luego con su enfermedad perdí todo. Yo a lo largo de mi carrera perdí mucho dinero y gané. Pero ganar, ganar, en un par de veces. Pero no las cifras que se ganan ahora. Y yo nunca puse el acento en el dinero. Tuve el ejemplo de Alfredo Alcón, un hombre austero, que nos enseñó que había que apostar a la profesión. Y vivía en un mismo departamento 40 años con su pareja. Y tomaba taxi porque no tenía auto. No está marcado en ningún lado que un actor tenga que ser millonario.

-¿Y cuando hiciste dinero con qué fue?

-Una vez hice una película con Graciela Borges, Pobre mariposa. Fue al festival de Cannes, y fue una película que nos pagó mucho dinero. Yo nunca había visto tanto dinero: en aquel momento serían 30, 40 mil dólares. Era un dineral para entonces. Pero más allá de eso, me he dedicado a trabajar toda la vida.

-¿Vos trabajaste con Liv Ullmann?

-Sí, he tenido privilegios enormes en esta profesión, gente que me ha hecho crecer. Me enamoré tanto de Liv Ullmann, que ella tenía un perro salchicha, y yo detesto los perros salchicha. Pero yo se lo sacaba a pasear para congraciarme con ella. Una mujer extraordinaria, un humor, una alegría de vivir. Le gustaba tomar vodka. Muy divertida. Es que en realidad mi generación mamó el cine de Bergman y su grupo de actores extraordinarios.

-Hiciste decenas de películas, y ahora estás trabajando en una sobre Facundo Cabral.

-Sí, era algo que no estaba en mis planes, pero me llamó un productor colombiano para ver si me animaba. Y Facundo Cabral era de mi pueblo, de Tandil, aunque anduvo mucho por Buenos Aires y luego se fue a yirar por el mundo. Cuando yo llegué a Buenos Aires me quedaba en una pensión, y él vivía cerca de ahí. Fijate que cuando yo me fui a Buenos Aires me fui a la pensión Tandil, para no extrañar, o sea, un tarado importante. Y tenía el deseo profundo de ser actor. Tener la convicción es fundamental para marchar casi sin escollos.

-¿Qué semblanza de Facundo Cabral se busca concretar al llevarlo al cine?

-Estuve hablando con el director colombiano que va a dirigir la película, y él quiere remarcar dos aspectos del personaje. Uno es que cuando él se ponía los anteojos, era el que salía al escenario. Y el de la vida cotidiana no era precisamente ese. Él era muy verborrágico en su vida profesional, pero hablaba poco de las cosas de él, como que tuvo un cáncer. El guion arranca del Facundo Cabral cansado, enfermo, y va recorriendo toda su historia, hasta el niño de nueve años.

-Tú has hecho ya cinco obras de este autor, Rafael Bruza. ¿Qué es lo que más te interesa de su dramaturgia?

-Yo soy muy amigo del autor de esta obra, el santafesino Rafael Bruza, y le tengo una fe ciega. Me gusta mucho algo que tiene su escritura, que es mostrar personajes que son un poco grotescos. Y absurdos. Y los argentinos somos absurdos y grotescos, de verdad lo creo. Un poco absurdos y grotescos, de verdad lo creo. Mi personaje tiene un monólogo muy bueno. Cada personaje tiene su monólogo. El mío dice cosas muy bellas. Mi personaje dice que tal como está el mundo hoy, todos pensamos de manera diferente el amor. Y a lo mejor también todos amamos de manera diferente.

dos recuerdos

Todo empezó con un disfraz con pompones

“Mi relación con Uruguay siempre ha sido muy buena. Recuerdo que hace muchos años vine con la obra El cruce sobre el Niágara, de Alonso Alegría, con Norberto Díaz, dirigidos por Omar Grasso. Y con esa obra ganamos el Premio Florencio. Me acuerdo que con Norberto, un actor que falleció, y que fue un amigo mío del alma, vinimos a Montevideo en el auto, yo tenía un Peugeot, y veníamos en el viaje escuchando Pavarotti. Fueron momentos muy felices, y me quedó un recuerdo muy potente de eso. Y siempre que vengo a Uruguay me tratan muy bien. Eso fue por los años 80, pero antes ya había venido con Nélida Lobato, al Teatro Stella, con Así como nos ven, con texto de Enrique Pinti. Vine mucho a actuar a Uruguay, y quiero seguir viniendo”, cuenta Laplace, un personaje lleno de historias y anécdotas.

“Cuando yo llegué por primera vez a Buenos Aires, empecé a hacer animación de fiestas infantiles. Yo sabía unos versos para niños, y me hice una carpeta, y una novia que tenía me armó una especie de disfraz con pompones. Me tomaba el tren en Retiro, me bajaba en la zona de Martínez, donde había gente de plata, y golpeaba las puertas y me presentaba. No me conocía nadie. Y con lo que ganaba me pagaba la pensión, que no te cuento lo que era, y las clases de teatro, con Pedro Asquini y Alejandra Boero. Y Héctor Alterio nos enseñaba educación facial. Creo que ahí descubrí la autogestión”.

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