Crónica

¿Cómo fue la última función de "Un tranvía llamado Deseo" del Ballet Nacional?

Sin saberlo, los espectadores que estaban el martes en el Auditorio Nacional del Sodre, vieron la última función de una puesta que merece volver así como está cuando pase todo

"Un tranvía llamado deseo" del Ballet Nacional, 2021. Foto: Pancho Pastori para el BNS
"Un tranvía llamado deseo" del Ballet Nacional, 2021. Foto: Pancho Pastori para el BNS

Martes 23 de marzo. Ocho menos cuarto de la noche. Llego al Auditorio Nacional del Sodre para ver la función de Un tranvía llamado Deseo del Ballet Nacional del Sodre. En la puerta me controlan la temperatura, me ponen alcohol, me dicen "bienvenida". Después, me indican que suba dos tramos por la escalera del lado derecho. Allí, otra vez alcohol. Me dicen que no hay programa impreso, que si quiero, puedo verlo en la web del ballet y me indican mi lugar: platea alta, fila 9, asiento 31.

No tengo a nadie a los costados, ni en la fila de adelante ni en la de atrás. No siento la amenaza en la que desde hace un año se convirtió la presencia de un cuerpo extraño y cercano: las personas más próximas están a dos filas de distancia. Aunque no veo hacia arriba, en la platea baja y en los palcos la distancia entre personas es, más o menos, parecida.

A las ocho en punto se bajan las luces. Y entonces, el anuncio: “Bienvenidos al Auditorio Nacional Adela Reta”. Dicen que no nos saquemos el tapabocas en ningún momento, que al finalizar la función nos quedemos en nuestros lugares, que el personal de la sala nos dirá cuándo podemos abandonarla, que si salimos antes no podremos volver a entrar. Dicen que disfrutemos la función. Las luces se apagan por completo y en la oscuridad empieza a sonar la música. Se abre el telón. Empieza el espectáculo.

Es la primera temporada del año y es la primera vez de María Noel Riccetto como directora artística de la compañía. Es, también, la cuarta vez que el ballet hace esta obra. Primero en 2011, después en 2016 (aunque en funciones para alumnos y alumnas de liceos), después en 2020, (donde hubo una sola función y después se cayó el mundo), y ahora, en 2021. Se estrenó el 18 de marzo. Iban a ser 10 funciones. Nadie sabía — ni yo, ni las otras personas del público, ni los bailarines, ni Riccetto que estaba sentada en la platea — que el martes 23, a las ocho de la noche, sería la última función de esta obra.

Un tranvía llamado Deseo es una versión libre que creó el coreógrafo argentino Mauricio Wainrot basado en la obra de Tennessee Williams. El artista decidió empezar su historia por el final de la pieza, cuando Blanche es internada en un hospital psiquiátrico. A partir de ahí, toda la trama se desarrolla sobre los recuerdos de la protagonista, como si fuese una sucesión de hechos que, a través de su mirada y su cuerpo, intentan explicar y sostener por qué donde está: el suicidio de su marido, la relación con su hermana Stella, el vínculo de atracción, rechazo y violencia que tiene con Stanley, su cuñado, y la protección y el afecto que le ofrece Mitch.
Sin embargo, Un tranvía llamado Deseo es más que una historia de locura, amor y rechazo. Un tranvía llamado Deseo es la vida llevada al extremo. Hay violencia de género, hay homofobia, hay discriminación, hay soledad, hay angustia, hay desdicha, hay necesidad de amor, de afecto, de cuidado, de alguien que nos proteja del mundo y, a veces, de nosotros mismos. Se mueve, sobre todo, sobre un borde que es como un precipicio: ese por el que todos, alguna vez, podemos caminar, ese que hace tambalear a la cordura y la hace pender de un hilo como una fruta a punto de caerse del árbol.

"Un tranvía llamado deseo" del Ballet Nacional, 2021. Foto: Difusión
"Un tranvía llamado deseo" del Ballet Nacional, 2021. Foto: Difusión

El reparto de la función del martes no pudo ser mejor. Mel Oliveira fue Blance. La brasileña, que llegó a la compañía en 2018 y es primera bailarina, es una artista exquisita. Aunque el elenco salió al escenario con tapabocas y quizás, en una obra tan dramática, la expresión pudo haberse perdido, Mel logró, a través de los ojos y el cuerpo entero, que la desesperación, la tristeza, el miedo, la locura, la angustia y el amor atravesaran el tapabocas y llegaran al pública con tanta intensidad como la obra misma.

En el papel de Stella estuvo Nadia Mara y fue todo lo que una espera de una bailarina con su experiencia y frescura: calidad técnica y una interpretación descomunal, con un personaje contradictorio, por momentos maternal y por momentos cruel.

Por último, Ciro Tamayo fue Stanley. A él el público uruguayo lo conoce de memoria. Está en la compañía desde 2011 y lo han visto en todas (o casi todas) las producciones desde entonces. Sin embargo, el bailarín español tiene algo que es como un misterio, como un suspenso, como un enigma. Es una capacidad casi camaleónica de interpretar a cualquier personaje como si fuese el último de su carrera: puede ser el príncipe encantador de los clásicos y transformarse, con una increíble realidad, en un hombre agresivo, violento y dominante en esta obra de Wainrot.

Durante 75 minutos no hubo coronavirus, ni preocupaciones, ni problemas. La obra es tan intensa (desde la coreografía, explícita y literal y la escenografía sutil y gris, hasta el vestuario lúgubre y apagado) que no permite que el espectador piense en nada más: por cada segundo que la cabeza se va del escenario, hay un detalle que se pierde. Y esta obra está llena de detalles que la hacen avanzar hacia un final donde todo explota: el cuerpo, la cabeza, la violencia, lo agresivo, la locura y la falta de amor.

Cuando se bajó el telón el público aplaudió con fuerza. Después, se puso de pie. Fue un aplauso de reconocimiento y también de agradecimiento: por la entrega, por el sacrificio, por seguir bailando aun cuando nos dicen que no podemos estar cerca. Los bailarines también aplaudieron.

"Un tranvía llamado deseo" del Ballet Nacional, 2021. Foto: Pancho Pastori para el BNS
"Un tranvía llamado deseo" del Ballet Nacional, 2021. Foto: Pancho Pastori para el BNS

Después, se encendieron las luces. La chica que me había recibido me dijo que esperara para salir. Y entonces, hice lo que no quería hacer: volví a mirar mi celular. En el grupo de Whatsapp de mi familia había un mensaje que decía: “1801 casos, 1014 de Montevideo, 16 muertos”. Hashtag “pánico”. En el grupo de mis amigas periodistas comentaban lo que, en ese momento, empezaba a decir el presidente Luis Lacalle Pou en conferencia de prensa para anunciar medidas ante el aumento de casos de coronavirus. Leí por arriba que se suspendían las clases y salí del Auditorio.

Me subí a un taxi. Dije la dirección de mi casa y el taxista subió el volumen de la radio, como si le molestara que yo hablara “Están anunciando las medidas”, dijo. Y entonces escuché: quedan suspendidos todos los espectáculos públicos hasta el 12 de abril. Llegué a mi casa y me di cuenta de que acababa de ver la última función del ballet de la temporada. Después, vi un posteo en Instagram desde la cuenta del BNS en donde anunciaban que las funciones que quedaban hasta el 28 se cancelaban. Y entonces, con algo parecido a la tristeza y a una nostalgia prematura, pensé en que ojalá el Ballet Nacional del Sodre pueda hacer esta obra otra vez, con la sala llena, sin tapabocas, pero así como yo la había visto: sin cambiarle ningún detalle.

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