Entrevista a Humberto de Vargas

"Antes todos hacíamos de todo"

El actor y conductor regresa hoy a El Galpón con el musical El violinista en el tejado

Humberto de Vargas
Humberto de Vargas: Foto: Darwin Borrelli

Después de un 2017 muy exitoso, con 19.500 mil espectadores en su haber, esta noche regresa a la sala principal de El Galpón el musical El violinista en el tejado, esmerada producción que dirige Nacho Cardozo y protagoniza Humberto de Vargas. Y de hecho, De Vargas se pone sobre los hombros un extenso musical de dos horas largas, en las que pone todo de sí para dar vida al protagonista, Tevye, aquel honrado lechero que al decidir casar a sus hijas, vive el choque de las costumbres tradicionales y la nueva mentalidad de los jóvenes, todo eso en el marco de las injusticias que debe sufrir el pueblo hebreo a manos de una opresora Rusia zarista.

“El otro día el ensayo terminó a las once y media de la noche, y acomodé las cosas y salí del teatro ya eran las doce. Cuando quise acordar, me había acosado a la una y media, y a las cinco y media me suena el despertador, para ir a hacer Arriba gente”, cuenta a El País el actor, locutor de radio, conductor de televisión y cantante, a la hora de repasar un trajín arduo, que se divide entre el Teatro El Galpón y Canal 10.

El musical de época se verá desde esta noche, los miércoles y jueves a las 20.30, durante febrero y marzo, y las entradas se venden en la sala, y en Tickantel, a $ 1200, $ 1000 y $ 800.

“Tengo que confesar, porque lo hablé en su momento con la producción del espectáculo, que cuando el año pasado me enteré cuál iba a ser el precio de las entradas, no tuve tanta certeza de que las 15 funciones que íbamos a dar fueran un éxito de público. Y pasamos ese número de funciones y llegamos a esa cifra enorme de espectadores. Pero siempre la producción tuvo claro que hay un público que no puede acceder a esa entrada, y ahora ofrece un gran número de promociones”, explica el actor.

-En materia de musical la escena montevideana no está lo suficientemente preparada.

-Tenemos buenos profesionales, jóvenes muy talentosos, como demuestra El violinista en el tejado, que tiene un elenco fantástico. Pero tienen pocas oportunidades de mostrarse: no tienen la gimnasia, el ejercicio permanente de poder estar en diferentes musicales.

-Vos trabajaste mucho con Júver Salcedo, fallecido el viernes pasado.

-Sí, son muchos los espectáculos que hice con Júver, empezando por La muerte de un viajante, con un grupo de trabajo que se repitió luego en otros títulos. Esa obra, además, me permitió una proyección también fuera de ese grupo, como La ópera do Malandro, en El Galpón. Pero sin duda asocio mis momentos más lindos, más gratos en el teatro, junto a Júver y su esposa Lilián Olhagaray.

-A La Gaviota, la compañía fundada por Salcedo, le ha costado muchas veces llevar público.

-Sí. Hay muchos factores. Hoy si no tenés buena promoción, no llevás al público al teatro. Y tenemos una avalancha de espectáculos extranjeros, que llegan con una publicidad que los propios medios les realizamos a los artistas, particularmente los argentinos. O sea, creo que la falta de apoyo fuerte del difusión va haciendo que haya una pérdida del público: una demostración clara es la entrega de los Premios Florencio. En algún momento hasta fue transmitido por televisión, porque la gente conocía a algunas de las personas que se subían al escenario a recibir un premio. Hoy prácticamente no conocen a nadie. Antes los conocían a través de la televisión.

-¿Cómo viste cambiar la producción televisiva con el correr de las décadas?

-Se profesionalizó mucho, con el ingreso de generaciones más preparadas. Mi generación éramos muchas veces formados en el propio medio. Hoy el comunicador ya llega mucho más preparado. Pero eso ha profesionalizado la televisión, pero la ha encarecido. Porque de repente el trabajo que hoy realizan diez personas, antes lo hacía una. Antes todos hacíamos de todo. Ahora no. Ahora el audio, por ejemplo, mejoró muchísimo, pero pasa por la mano de cuatro o cinco personas. La profesionalización genera tener más personas contratadas. Hoy para un comercial de televisión se requieren hasta 80 personas. Pero la mejora en la calidad encareció el producto. Y por lo tanto, el medio no invierte tanto.

-La televisión abierta ha perdido poder.

-Sí. Hay una pérdida de clientela brutal. Cuando yo hacía La revista estelar, en los 80 y parte de los 90, un sábado a las 16.30, hacía 22 puntos de rating. Hoy ese rating no lo tiene ni un partido de la selección uruguaya transmitido en directo. Igualmente creo que por algún motivo sigue teniendo un lugar importante, tal vez por lo democratizadora que es. Que pasa más por lo noticioso, por temas como la seguridad, lo policial, el accidente de tránsito. No creo que sea amarillismo: es la necesidad de saber qué pasa en el lugar donde vivo.

El violinista en el tejado
El violinista en el tejado. Foto: Difusión

-¿Este año siguen con Vivila otra vez? ¿A qué atribuís esa permanencia?

-Sí, felizmente sigue. Si hoy me preguntan qué programa no sale más de la grilla de Canal 10, es Vivila otra vez. Creo que tiene que ver con que es un programa que está asociado a los afectos. Cuando ves algo de la televisión de otra época, si formó parte de tu infancia, de tu adolescencia, no lo mirás tanto por el interés que pueda tener, sino por recordar la época a la que te lleva ese programa. Más que el interés de ver el Batman de Adam West, es por recordar la merienda con algún compañero de clase. El programa juega con una cosa muy cara para los sentimientos de la gente.

-Y ustedes fomentan un poco eso al presentar el material.

-Sí, cuando vamos a presentar una determinada cosa, le sumamos anécdotas, vivencias personales, que ayudan a contextualizar eso que vamos a presentar. Pero lo hacemos desde la emoción que nos genera recordarlo. Nunca nos reímos de lo que presentamos. De pronto hacemos chistes sobre un vestuario, pero siempre jugando también con que uno llegó a usar eso. Además, Internet pasó a ser la gran fuente para los programas de archivo. Y cada año que pasa, hay más material. El tiempo está de nuestro lado.

-La carrera de los actores de teatro suele ser olvidada con facilidad.

-Totalmente. De un día para el otro. Me acuerdo que cuando falleció Roberto Fontana, hace no mucho, veo que lo sacan de una conocida publicidad, en la que él formaba parte de una serie de comunicadores que hablaban de la violencia en el deporte. Y me chocó que lo sacaran. Yo entiendo que quizá tenga que ver con un tema de familia, que pueda chocar verlo. Pero a mí me chocó. Al actor se lo olvida.

-A ti te pasó, un poco por tu estilo tan marcado, que otros comunicadores más jóvenes te tomaran de punto.

-Sí. Yo entiendo que haya diferentes escuelas, y sé que los tiempos van cambiando, y que hay una manera diferente de comunicar. Pero van pasando los años, y aquellas generaciones de jóvenes, hoy no son tan jóvenes. Son casi tan veteranos como yo: porque el tiempo tiene esa cosa de que a medida que pasa, acerca a las generaciones. Y va quedando atrás toda aquella locura juvenil, de llevarse el mundo por delante. Y toda aquella transgresión que querías tener a la hora de estar en un medio como la televisión, va quedando atrás. Pero yo siento todavía hoy que en determinados medios, hay como una referencia a Humberto de Vargas como algo criticable, como que representa un algo, que todavía no sé qué es. Y siempre el que es más viejo es señalado como el que le está taponando el lugar a los jóvenes. Como que estás en el momento de dar un paso al costado. Y yo creo que hay lugar para todos.

inicios

Del juego infantil al estudio de televisión

Hijo de la actriz de radio y teatro Marisa Paz y del periodista Humberto de Feo, Humberto de Vargas comenzó su carrera muy jovencito, y a fines de la década de 1970 ganó un concurso televisivo de canto y se convirtió en una presencia habitual en Canal 10.

“Terminé trabajando en lo mismo que mis padres. Con mamá viví mucho todo lo que tenía que ver con la fantasía, con el juego. Y de mi padre tomé más lo del periodista, del comunicador. Yo jugaba a hacer radio cuando era niño. Y jugaba a hacer personajes. Y me madre me alimentaba todo eso: teníamos diálogos desde los personajes. Yo no necesité hacer una escuela de teatro para saber qué era un ejercicio de improvisación”, recuerda.

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