SERGIO BLANCO

"Si no tenés patria sos más libre"

El premiado escritor estrena su última obra teatral: El bramido de Düsseldorf.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
"En el cristianismo hay una cultura del dolor". Foto: A. Colmegna

Es un dramaturgo y director teatral uruguayo con décadas de trayectoria, pero en los últimos años su obra ha cobrado una proyección internacional muy fuerte. Ganador del Premio Off West End al Mejor Espectáculo en la escena londinense con Tebas Land, sus obras han llegado en las últimas temporadas a los teatros de Francia, Alemania, Inglaterra, España, Italia, Grecia, Suiza, Luxemburgo, Estados Unidos, Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, México y Perú. Y para el jueves 10 de agosto prepara su próximo estreno que dará a conocer desde la Sala Zavala Muniz del Teatro Solís.

Se trata de su último texto teatral, El bramido de Düsseldorf, que relata la agonía de un padre en una clínica de la ciudad alemana, donde ese señor ha viajado con su hijo, un dramaturgo que tiene entre manos un proyecto que nunca se sabe con exactitud cuál es. Blanco es autor de un teatro que cruza distintos niveles de ficción, con juegos de espejos, en el que muchas veces la tecnología ayuda a multiplicar las realidades. En el caso de esta nueva obra, la encarnarán los intérpretes Gustavo Saffores, Walter Rey y Soledad Frugone, apoyados por los diseñadores escénicos Laura Leifert y Sebastián Marrero, y por el artista digital Miguel Grompone y el diseñador en sonido Tato Castro.

"El bramido de Düsseldorf nació hace un año de un episodio muy particular, a partir de un correo que recibí en París: me escribía una madre cuyo hijo se había suicidado en condiciones muy particulares. Él había visto aquí en Montevideo mi obra La ira de Narciso, y cuando la obra fue de gira a Santiago de Chile, él compró entradas para que los padres la vieran. Y mientras los padres iban a la función, él se suicidó en el Parque Uruguay, de Santiago", comentó el escritor uruguayo radicado en París.

—Si comparás estas obras recientes, que han sido tan bien recibidas por el público, con tus obras más viejas, como Calibre 45, ¿se puede decir que hoy captás mucho mejor el tiempo del espectador?

—Sí. Aquellos eran textos que respondían a principios más ficcionales, y a una época en la que yo hacía menos teatro y me dedicaba más a escribirlo. Eran obras más aparatosas, más extensas. En los últimos siete, ocho años, empecé a trabajar desde otro lado. Es un teatro no tanto de escritorio, y más de escenario. Y ese cambio implica otra noción del tiempo: hoy mis obras duran menos, una hora y algo más.

—¿Lograste ser más eficaz?

—Sí, son obras más breves, más intensas, que no se toman tanto tiempo. Estas están más escritas por un director de teatro. El dramaturgo siempre tiene una tendencia a escribir de más. Creo que a veces el dramaturgo tiene nostalgia del escenario, tiende a ser reiterativo. Y si el actor logró comunicar algo sin el texto, eso hay que sacarlo del texto.

—Quizá sea por ese cambio que a vos a veces te integran a una generación posterior a la tuya...

—Sí. En términos de edad, mi generación es la de Mariana Percovich, Coco Rivero, Roberto Suárez. Luego vino otra generación: Gabriel Calderón, Santiago Sanguinetti, que fueron alumnos míos. Y yo quedé ahí, como entre dos generaciones. Es cierto que a veces se habla de Blanco, Calderón y Sanguinetti como de la misma generación, y somos de edades bastante distintas. Pero es cierto que hemos trabajado mucho juntos, y nuestras escrituras comparten puntos en común. Aunque a Calderón le interesa lo político, a Sanguinetti lo filosófico, y a mí más lo mítico, los mitos. Sin embargo tenemos en común, entre otras cosas, cierta atracción por la negrura.

—Sí, tu teatro tiene una tendencia a lo escabroso...

—Siempre tuve, desde pequeño, una fascinación por lo terrible de la condición humana, eso de saber que nos vamos a morir. Y por la experiencia vital, que es fascinante pero también dolorosa. También creo que tiene que ver con que yo fui formado con los jesuitas, y hay en el cristianismo una cultura del dolor, del sufrimiento. Creo que todo ese relato en mí cuando era niño, me impactó mucho. Siempre me atrapó mucho todo eso, sentía que de todo ese relato se podía producir belleza.

—¿Qué le aporta el idioma francés a tu escritura?

—El francés es una lengua que me ayuda a pensar, creo que de alguna manera me ayudó a construirme. Cosa que no me sucede con el español, una lengua que siento más ligada a los afectos, a las cosas más primarias, a las pasiones. Desde niño, cuando descubrí el francés, sentí que me permitía pensar desde otro lugar. Yo hoy tengo un problema y si lo pienso en francés, lo resuelvo mucho más rápido. Porque una lengua también es una forma de pensar. Pero aunque tener dos lenguas puede tener sus ventajas, también es carecer de lengua. Es como el que es binacional, que de alguna manera es no tener nacionalidad. Pero me gusta sentir como que no tengo patria: eso me ha ayudado a liberarme. Cuando no tenés patria sos más libre.

—Tu teatro tiene componentes autobiográficos fuertes.

—Bueno, no es que escriba sobre mí porque me quiero a mí mismo, sino porque quiero que me quieran. Pero por otro lado, yo parto de mí mismo, pero siempre en la búsqueda de otro. Por eso cuando existe la crítica de la egolatría, del narcisismo, demuestra un gran desconocimiento. Yo cuento mi historia buscando que se inscriba en la historia colectiva. Hablo de mí pero no por narcisismo, sino para encontrar allí la historia de los otros. Yo no lo veo como un acto de exponerme, sino de generosidad. De poner en la plaza público algo vivido por mí, aunque ficcionalizado, claro.

—Interesante el cruce que hacés de ficción y autobiografía...

—Sí, la autoficción tiene una gran diferencia con la auto-biografía. En la autobiografía hay un pacto de verdad, y en la autoficción hay lo que yo llamo un pacto de mentira. Es decir: partís de datos verdaderos, pero debés permitirte la mentira. Ese relato propio lo ficcionalizás. Parto de episodios que han formado parte de mi vida, que me han marcado, pero uno los va alterando, mintiendo.

—¿Cómo ves el ambiente teatral montevideano?

—Si lo comparo con cuando yo empecé, hace 25 años, sin lugar a dudas hay una evolución clarísima. Hoy se ha conseguido un nivel de profesionalización que en muchos aspectos es bueno, y en otros puede no serlo. Y si lo comparás con el exterior, seguimos teniendo el problema de la falta de medios, el tema de que no hay salas, y que cuesta mucho producir teatro. Hay muchísimo por hacer.

—¿El éxito te convierte de algún modo en empresario?

—Tengo que llevar una agenda artística, pero es empresarial porque tenés que prever mucho tiempo antes. Y eso es terrible. De pronto un teatro te pide algo para dirigir en 2019. Y yo no sé qué me va a pasar en el 2019. De ahora a dentro de dos años, podés tener un hijo, divorciarte, o puede haber una catástrofe. En eso de planificar lo cultural hacia adelante, hay algo empresarial que es terrible. En el mundo de los números, podés prever hacia adelante. Pero en el mundo de la creación, no. Cuesta muchísimo.

Planes de dirigir al elenco oficial.

Una agenda intensa tiene Blanco para sacar adelante. "Tengo una invitación de la Comedia Nacional para el año que viene, para dirigirla, aunque todavía no está el título definido. Y estoy yendo mucho a trabajar a Buenos Aires: ahora voy a ser jurado de la Bienal de Arte Joven, y también voy a hacer un espectáculo con Pablo Rotenberg, el coreógrafo argentino. También voy a dirigir La ira de Narciso a Río de Janeiro, y tengo una invitación para dirigir del Teatro Maly, de Moscú, y otra invitación para dirigir en Madrid", adelanta el escritor, quien también participará en noviembre próximo en el Centro de Fotografía en una performance, junto a la fotógrafa Matilde Campodónico y con dirección de Camnitzer.

OBRAS QUE SABEN REGRESAR.

Hermanos - Ostia, en la Alianza Americana.

Las obras de Sergio Blanco vuelven a escena. El lunes 31 de julio a las 20:00 en la Alianza Uruguay-Estados Unidos se dará Ostia, protagonizada por el propio dramaturgo, junto a su hermana, la actriz de la Comedia Nacional Roxana Blanco. Se trata de un texto de autoficción, sobre la relación entre dos hermanos.

Hotel de paso - La ira de Narciso, en Sala Balzo.

La ira de Narciso, protagonizada por Gabriel Calderón, es otro de los espectáculos que Blanco tiene en agenda para reponer en la Sala Balzo, del Auditorio Adela Reta, a principios de octubre. Consiste en un monólogo sobre la estadía de un autor en una ciudad, y su relación con un joven que acaba de conocer.

Visitar al preso - Tebas Land, en el Teatro Solís.

Tebas Land, el texto más aplaudido de Blanco, dará dos funciones especiales en la sala mayor del Teatro Solís hacia los primeros días de abril del año que viene. Tomando como tema el parricidio, la pieza traza la relación entre un preso y un escritor que lo visita, alternando asuntos filosóficos y literarios con trasfondos psicológicos.

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