Entrevista a Silvia Novarese

“El teatro no es para unos pocos”

Luego del éxito de Magnolias de acero, la destacada intérprete está protagonizando Tres, en Teatro del Notariado

Silvia Novarese
Silvia Novarese, una comediante infalible. Foto: Marcelo Bonjour

Es una de las grandes actrices locales, con tres décadas de televisión en su haber, y miles de horas sobre el escenario. Y luego de un paréntesis de unos años, volvió al teatro el año pasado, para protagonizar un éxito, Magnolias de acero, que acaba de bajar de cartel. Y ahora se la puede ver en Tres, comedia que protagoniza junto a Virginia Méndez y Graciela Rodríguez los fines de semana en Teatro del Notariado. En charla con El País, Novarese repasó algunos tramos de cuatro décadas de carrera.

—Estuviste un poco apartada de los escenarios.

—Sí, estuve casi cuatro años sin hacer teatro, por decisión propia. Me tomé un tiempo: estaba un poco saturada... de mí. Y el año pasado retomé, con Magnolias de acero. Sentí que tenía que parar y esperar algo que realmente tuviera ganas de hacer. Aproveché a viajar, y a ver teatro, cosas que cuando estás en esa vorágine del teatro no podés hacer.

—Vos no fuiste una actriz de buscar elencos, buscar textos.

—Es verdad, no soy de esos actores que busca un texto y elige elenco y director. Siempre me han llamado. Quizá en eso, es un debe que tengo. Porque creo que en un momento uno tiene que apropiarse de su propia carrera y decir ‘quiero esto’.

—Y también sos de actuar mucho en el interior. A veces en condiciones técnicas malas.

—Mucho. Incluso alguna vez he tenido agarradas con colegas, por esas cosas. Te dicen que a tal lugar no se puede ir porque no están dadas las mínimas condiciones. Y yo creo que el teatro es una expresión popular, no es para unos pocos. El actor debe acondicionarse al lugar. No el lugar a nosotros. Trabajar con lo que hay.

—Hay anécdotas muy divertidas sobre cosas que te pasaron actuando en el interior. Creo que una vez con un técnico de luces.

—Sí, no voy a decir en qué departamento. Fue en un club deportivo. Y el chico que supuestamente era el técnico, se dedicaba a hacer bailes. Y entonces usaba luces robóticas. Y llegamos medio sobre la hora, vimos el espacio, que para mí es lo más importante. Y cuando empiezo el unipersonal, prende las robóticas, y yo no veía nada. Y todo giraba, y me empezó a marear. Hasta que tuve que empezar a hacerle señas, y pedirle luces blancas. También una vez que hice un esguince en plena función. Porque habían hecho un escenario muy precario, y las maderas en un lugar estaban muy separadas, y yo actuaba de taco alto.

—¿Cómo entraste a Telecataplum?

—Fernando Condon me llevó. Yo estaba haciendo teatro y él me llamó. Y cuando me preguntó si me gustaría trabajar en televisión, yo le dije que no. Era una época en la que la televisión estaba mal vista por los actores serios de teatro. Si querías hacer carrera en teatro no podías trabajar en la tele. Y yo me formé en esa época, y pensaba que la televisión no podía estar a la altura de una actriz seria. Esos pruritos que uno tiene. Y Fernando me dijo, ‘si no aprovechás esta oportunidad sos boba: no podés dejar pasar esto’. También creo que era por miedo, miedo al fracaso.

—¿Y cómo fue ese comienzo?

—Cuando empecé era supersobreactuada. Por suerte, creo que no quedó nada en los archivos de eso. Me acuerdo que la primera vez que me vi, me puse a llorar. Era un horror. Luego empecé a mirar bien a mis compañeros de trabajo. Y por supuesto, seguir la dirección de Jorge Denevi, que es el tipo que más sabe de televisión en Uruguay: se sentaba conmigo y me decía todo lo que estaba mal. Ahí empecé a aprender: aunque es una profesión que nunca terminás de aprender.

—Eso era en 1983.

—Imaginate. Estaba Ángel Armagno, Pepe Vázquez, Imilce, Mary Da Cuña, Jorge Cazet, Adhemar Rubbo. Todos unos genios. Gente que la cámara los amaba. Y yo sentía al revés: que la cámara me odiaba. Y estuve casi 30 años haciendo televisión. Lo último que hice fue como panelista, en Esta boca es mía. Que fue de lo que más me costó: yo estaba acostumbrada a la actuación. Pero ser panelista, eso de opinar de todo. A veces yo me sentía como que, ¿quién es uno para opinar de todos los temas?

—Serían muy divertidas esas grabaciones de Telecataplum.

—Era muy divertido. Nos reíamos desde que llegábamos hasta que nos íbamos. Además, grabábamos en la noche, porque de día estaban todos los estudios ocupados. Grabábamos desde el domingo de noche al lunes de mañana. Y llegaba una hora en la noche, en que los de más edad empezaban a caer de sueño. Y Adhemar Rubbo tenía un escondite para dormir. Porque el programa esa una sucesión de sketches, y entre un sketch y otro podías tener una o dos horas de espera. Y Rubbo tenía un lugar, que nadie sabía dónde era. Él desaparecía. Y al momento que tenía que grabar, reaparecía. Pero un día, creo que por un asunto de escenografía, se cambió el orden de la grabación. Y empezamos a llamar a Rubbo, y no aparecía. No aparecía, hasta que se escuchó un estruendo. Y aparece Rubbo. Que dormía en la cabina de Martini Pregunta. Se había hecho ahí un echadero. Y esa vez, cuando se despertó por nuestros gritos, rompió del sobresalto toda la cabina. ¡La desintegró! A veces recordamos esas anécdotas y nos reímos.

—Y este año estuviste con Magnolias de acero y ahora estás con Tres, en el Notariado.

—Sí, dos tipos de comedias muy diferentes. Magnolias... es una comedia dramática, y Tres es la típica comedia en la que los personajes apelan a la risa durante todo el espectáculo. La gente se ríe de los chistes, uno atrás del otro. Por más que expone un tema bastante serio: que actualmente la mujer pueda concebir un hijo, sin la necesidad de un padre. El ritmo de la comedia de chistes es diferente, más inmediato, y es cansador.

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