Crítica

El tango reescrito desde las coreografías

Menos de un año atrás se presentaba en la sala mayor del Auditorio Nacional Adela Reta Forever tango, de Luis Bravo, que dejó buen recuerdo entre los amantes del dos por cuatro, de la danza, y sobre todo, de quienes gustan de la fusión de ambas en un tenso equilibrio. Boulevard Tango tiene, desde la concepción general, algo de aquel espectáculo, aunque aumentó la apuesta desde más de un punto de vista.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
"Boulevard Tango" destacó tanto por música como por coreografía. Foto: Archivo El País

Ambos trabajos tienen en común la idea de presentar una orquesta en vivo, sumamente profesional, y colocada en el escenario, hacia el foro, permitiendo que su exhibición sea parte del show, mientras un grupo de bailarines crea delante otro atractivo visual, que se amalgama lógicamente con el primero. Y, a juzgar por la función del pasado viernes 30, el público acudió en buen número, y es natural, dado que hay en este país muchísimos espectadores que están deseando ver tango bien ejecutado, bien bailado, y de gran despliegue, plato sabroso que no siempre ofrece la cartelera local.

En este caso, significaba además el reencuentro con la bailarina Cecilia Figaredo, que ahora llegó además como directora de compañía: el recuerdo que dejó, por ejemplo, por El hombre de la corbata roja, que se vio en 2006 en el Teatro Solís, junto a Julio Bocca, Cecilia Figaredo, Eleonora Cassano y Hernán Piquín, era un motivo más para no faltar a la cita. Y efectivamente, la artista prometió y cumplió, tanto desde el rol de directora general del espectáculo como por su desempeño sobre el escenario.

Pero no sería justo centrarse en su performance en escena pasando por alto el resto de su gran equipo de bailarines. Tanto las cuatro bailarinas como los cuatro bailarines mostraron un nivel excelente, que el público reconoció en sus continuas intervenciones. También la orquesta se llevó sus buenos aplausos, y no se escatimó entusiasmo ni para los músicos ni para los bailarines, culminando con la sala saludando de pie.

La estructura del espectáculo también ofreció originalidad. Dividido en cuatro partes, con un breve intervalo, se recorrió desde la guardia vieja hasta la experimentación de Piazzolla. Pero no fue una mera evolución cronológica, aunque la hubo: cada una de las partes tuvo su singularidad y su esencia propia, siendo el resultado mucho más lleno de sorpresas de lo que suelen tener estos recorridos por la historia del tango.

La guardia vieja fue evocada (y recreada) por medio de una larga seguidilla de piezas inmortales, que en un tiempo lejano firmaron Ángel Villoldo, Roberto Firpo y otras figuras del parnaso tanguero. Ya desde allí se notó la belleza de las coreografías, que rehicieron los pasos y gestos del tango desde una estética actual, deudora de la danza contemporánea. Las acrobacias no eclipsaron el estilo, sino que lo potenciaron, siempre con elegancia, yendo del drama al humor.

La segunda parte brindó un trabajo también de gran interés, a partir de la música original de Andrés Serafini, director musical del espectáculo y pieza clave de la orquesta. La Suite Gardel, que se presentó luego del intervalo, quizá despistó por un minuto a la platea, por su teatralidad, su guiño al Zorzal Criollo, y su juego escenográfico. Cuatro versiones del tango Volver fueron presentadas desde muy distintas resoluciones coreográficas. Finalmente, Las cuatro estaciones porteñas revisitaron el genio de Piazzolla, siempre con coreografías de gran interés.

El vestuario merecería capítulo aparte: los porteños saben de texturas y modelos, desde los de época hasta los más innovadores. Las luces también aportaron a este trabajo escénico integral, elegante, que deja un gran recuerdo.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados