TEATRO

La silla vacía que todos llevamos con nosotros

Ernesto Clavijo dirige en La Gringa una obra de su autoría.

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Noemi Alem en escena. Foto: Alejandro Perischetti

Los viernes en La Gringa (Galería de las Américas. 18 de Julio y Yi) a las 21.00 se puede ir a ver Hay una silla vacía, una obra del director de teatro Ernesto Clavijo, que ahora exhibe también su perfil como autor teatral. Las actrices Stella Cuña, Noemí Alem, Marian Cáceres, Norina Torres y Valeria de Souza, dan vida a esta pieza que se abre a partir de la muerte de un ser querido, que revive los lazos familiares del presente y del pasado.

Clavijo, a lo largo de más de dos décadas, ha dirigido numerosos espectáculos, llevando al escenario textos de autores tan distintos y geniales como Chejov, Strindberg, Koltés, Beckett o Brecht. Pero ahora se las tuvo que ver con una otra de su propia autoría.

"Creo que es más difícil llevar a escena un texto propio, me parece que no escribo bien. No sé, es una sensación mía, me corrijo de manera excesiva. Cambio más de lo necesario, quizás como no es lo mío, me siento un atrevido, entrando a un lugar que no me corresponde. Pero uno muchas veces es un atrevido en la vida y quizás eso sea bueno. Atreverse puede ser bueno pero también muy malo", contó el artista a El País.

"Escribir para teatro es difícil, no es lo que he estudiado y desarrollado en mi vida. Al dirigir una obra de teatro, das vida y forma a los personajes, con el actor; pero en la escritura estás sentado y dándole la palabra a un personaje, haciéndole vivir experiencias con otros. Es distinto. Dirigir es mi profesión, siempre lo tuve en la cabeza: soy un actor que dirige. Porque bueno, la carrera de director no existe, uno se hace con los años y el estudio personal".

La obra que ahora llega a escena surgió tiempo atrás, cuando un conjunto de actrices egresadas de la EMAD le pidieron al Clavijo que él las dirija. No era fácil encontrar una obra de teatro para cinco actrices, y él les propuso trabajar en un taller y con propuestas a desarrollar, improvisaciones, grabar y desgrabar. "Duro trabajo, pero interesante. En eso estuvimos reuniéndonos una vez por semana y durante algunos meses. Luego por circunstancias personales de trabajo, quedó todo en suspenso y recién el año pasado lo retomé. Sin embargo, del grupo inicial, salvo una de las actrices, las cuatro restantes estaban muy complicadas con trabajo para poder cumplir. Tuve que armar otro elenco y llegó el momento de ofrecer nuestro trabajo al público", señala el director.

El marco escénico apuesta a pocos elementos. "Siempre presenté un espacio con seis sillas, nada más. Eran cinco actrices y les decía que siempre quedaría una silla vacía. Luego la obra termina llamándose Hay una silla vacía, después de pasar por una media docena de otros posibles títulos. Es como que esa primera idea se desarrolló de manera contundente, y múltiple. Todos tenemos algunas silla vacía. También lo de la silla vacía fue un comentario con humor que le hice al nuevo elenco, sobre el proceso de creación", remata el teatrista.

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