JULIO CHÁVEZ

"Siempre aprendo de mi oficio"

El próximo viernes el gran actor argentino llega al Solís con “Yo soy mi propia mujer”.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
"Las cosas que uno quiere a veces hay que trabajar para sostenerlas". Foto: F. Ponzetto

Desde el próximo viernes hasta el domingo, el gran actor argentino regresa al escenario del Solís, donde el año pasado dejó muy buena impresión con la obra Red, sobre la vida del pintor Mark Rothko. Ahora vuelve para presentar Yo soy mi propia mujer, un texto del dramaturgo norteamericano Doug Wright sobre Charlotte von Mahlsdorf, una travesti excéntrica, que vivió en una mansión de piedra convertida en museo, en cuyo sótano había preservado el último cabaret Weimar que quedaba en la Alemania del este. El espectáculo se presenta viernes 26 y sábado 27 a las 21:00 y domingo 28 a las 18:00. Entradas en Tickantel, a $ 1750, $ 1500, $ 1250, $ 1000 y $ 850.

El complejo personaje demanda a Chávez un juego de desdoblamiento actoral. "Yo defino este espectáculo como una partitura musical para un intérprete. La obra son dos protagonistas: uno es el autor, quien conoció hace muchos años a Charlotte. Y fue un encuentro revelador en su vida, porque lo puso en contacto con una experiencia de vida que él desconocía: es la Alemania nazi, y la Alemania comunista, atravesadas por un ser que se traviste de mujer, y sobrevive a eso".

"El encuentro del autor con este personaje, además, le pone en duda la corrección de principios que este ser tuvo para sobrevivir, porque parece ser que era colaboracionista. Y logró sobrevivir a costa del encarcelamiento de un amigo muy íntimo que ella tuvo. Y se la acusó de que ella dejó que eso pase, para quedarse con muebles de esa persona. Una acusación muy seria, sobre todo cuando el autor cuenta que él ya estaba fascinado con ella, en casi una situación de idilio amoroso, por supuesto no físico. Y el espectador tiene que hacer la experiencia del autor: ir interesándose por la existencia de una mujer (un hombre travestido), y llegar al punto que se entera de cosas de él, o de ella, una vez que ya la quiere", adelanta el actor, cómodamente instalado en el Hotel Hilton Garden, en el Buceo, donde se alojó para la difusión de esta nueva aventura escénica.

—Tú asumís un rol masculino y otro femenino en la obra. ¿Cómo es pasar de un rol al otro?

—Para el personaje de Charlotte, lo que se pide es que construyas una mujer adulta, alemana. Obviamente es una alemana que habla castellano, pero mantuvimos el acento, y eso es muy importante. Yo he tenido en mi vida modelos, sin lugar a dudas, que tienen que ver con este tipo de naturaleza. Y además el espectáculo no es un documental: no importa presentar la naturaleza real de este ser. Importa mostrar una naturaleza femenina hecha por un hombre, y que cada actor de alguna manera construya a la Charlotte que va a presentar. Porque de hecho, el autor también está construyendo a Charlotte. Quién sabe cómo sería ella.

—El tema de la homosexualidad ha estado presente en muchos de los trabajos que tú has hecho. ¿Eso es una búsqueda tuya o es casualidad?

—No, no es una búsqueda mía. No, no. He hecho Farsantes, que no fue una búsqueda mía, fue una propuesta. Y Yo soy mi propia mujer también. Es una simple posibilidad, es un número que puede que te salga. Es una posibilidad que ha saltado, y bien interesante que fue para mí ser relator de esos asuntos. De la misma manera que en Un oso rojo es un hombre violento, y se podía asociar con signos. O El puntero; tampoco he buscado esos temas, pero son lindos asuntos para contar.

—¿Del cine estás un poco apartado?

—No, el año pasado filmé El Pampero, y estoy organizando una próxima película que haría con Marilú Marini el año que viene. Además, hoy es difícil sentirse apartado del cine cuando hacés televisión, ¿sabés? Antes era muy marcada la diferencia. Hoy por hoy, cuando filmás, hasta las cámaras son parecidas. Entones, yo no me siento apartado del cine.

—La ficción argentina para televisión ganó mucho en calidad. ¿Qué potencial le ves a ese crecimiento?

—No sé qué potencial tiene. Hay que ver luego cómo se administra eso. Estamos en un momento muy particular, donde las ficciones empiezan a ser intervenidas por otros sistemas que tienen que ver con Internet. Hoy el programa de televisión tiene otras competidoras, como puede ser Netflix. Creo que se está produciendo un movimiento que va a sacudir (y poner en vilo) maneras de producción, que van a tener que aggiornarse. No sé qué va a pasar, qué se va a modificar. Hay muchas coproducciones: se dice que Telefé tiene empresas internacionales importantes interesadas en él, como Turner. Este es un momento de gran transición en el mundo entero, no sé adónde va.

—De todas tus películas, ¿cuál sentís más próxima?

—No sé… Por El custodio tengo bastante predilección, Un oso rojo también. Son películas que quiero mucho, las dos que más quiero. Pero en cuanto digo eso me vienen otras a la mente. Porque en una película siempre hay una conjunción de cuestiones, desde la propuesta del trabajo, y la experiencia de querer realizarlo, hasta el partido que se tuvo que construir para hacerlo, y luego ver el resultado. A veces un proyecto viene muy mal parido, y a pesar de eso la peleás, y es atractivo ver ese resultado de haberla luchado. Otros partidos vienen aparentemente beneficiosos, prósperos, y la experiencia no es así. Hay películas que sentís que te enseñaron mucho, hayan funcionado o no. Siempre aprendo de mi oficio.

—¿Te acordás cuando viniste con Federico Luppi, en los años 90, a hacer la obra El vestidor?

—Sí, hace muchos años, tanto como 20, y justo en el Solís lo hice. Para mí fue una experiencia increíble, porque era la primera vez que a mí me tocaba un teatro de esas dimensiones. Fue una experiencia muy fuerte. Yo tenía en ese momento la suerte de trabajar con Luppi, y al mismo tiempo la suerte de que él fuese el capitán del barco. Yo descansaba mucho en esa situación, de ser, digamos, marinero. Eso te da mucho, pero también te tranquiliza, porque es tener un grande que te da apoyo. En este caso, con Yo soy mi propia mujer, no hay más capitán ni marinero que yo mismo, y me gusta, pero a la vez me llena de responsabilidad y de vértigo, eso de salir al escenario del Solís a relatar esta historia solito.

—Contame algo de tu entorno diario. ¿Tú tenés una casa y un atelier?

—Vivo en un PH: yo tengo la parte alta, todo el primer piso y la terraza, en el centro de Palermo, ese barrio porteño al que después se le puso Palermo Soho, Palermo Hollywood, por toda una pretensión de marketing ridícula. Tengo una casa poblada por mis cosas: es una casa práctica, cómoda. Tengo dos perros, plantas, una colección de cactus. Y por otro lado tengo un taller, a unas 15 cuadras de ese lugar, frente al zoológico, en el piso 12. Así que justo: salgo a mi balcón y veo al león, ahí en frente.

—¿Y qué particularidad señalarías de tu casa?

—Bueno, no tengo mesa de comedor, ni sillas de comedor. No me gusta ni la mesa de comedor ni las sillas, porque ocupan un lugar muy importante, y generalmente son lugares al pedo, lugares como para recordar que uno no está haciendo eso. ¿Cuándo me siento a la mesa del comedor a comer? Prefiero cosas prácticas: tengo una pequeña pantalla y un cañón, donde veo películas. Me gusta mucho vivir en mi casa, y soy muy casero. Soy hogareño, me gusta estar ahí, cuando puedo. Tengo amor por mis crías, mis animales. Me llevan mucho, me demandan mucho. Tengo una perra nuevita, una ovejero alemán que me tiene enloquecido de amor, y también de trabajo. Pero bueno, las cosas que uno quiere a veces hay que trabajar para sostenerlas.

El próximo personaje y la misma fidelidad.

¿Tu próximo personaje de teatro?

—No lo tengo en vista, estoy intentando escribir yo, para interpretarlo con un colega. Vamos a ver. Estoy como vacío de ideas de hacia dónde quiero ir. Los materiales que me acercan no son los que tengo ganas de contar. Así que es un buen momento: cuando no aparece exactamente lo que querés. Es la posibilidad de que aparezca.

—¿De tu personalidad qué es lo que más te asombra?

—La fidelidad, más allá de la vida íntima. Alguno podría decir obsesivo, convencional. Yo le llamo fidelidad. Yo establezco fidelidad con las cosas que me comprometo, incluso en creencias que sé que son relativas. No soy fiel a cosas que sé que son verdaderas, sino a las que he decidido que son verdaderas.

Un pintor opacado por un actor.

Actor, autor y director, Chávez es además artista plástico, disciplina con la que tiene una curiosa relación. "En el momento en que toman contacto con el lenguaje de cada una de las disciplinas, se empiezan a diferenciar. Pero hay un ejercicio de la mirada, que en ambas se vuelven familiares. Yo veo como aprendizaje de una a otra disciplina. Y algo de competencia. Yo tengo un pintor muy opacado por su hermano actor. Mis actos como pintor cuestan más legalizarlos que mis actos como actor. Pero eso, en definitiva, tiene que ver con la legalidad de las cuestiones: a veces tiene sentido ocuparse de eso, otras veces no. Uno no puede estar todo el tiempo pidiendo al mundo que lo legalice".

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