Entrevista

Sergio Blanco: "El arte se niega a ver lo real; lo que le interesa es cambiarlo"

El dramaturgo habla de El bramido de Düsseldorf, que va desde mañana en la Sala Balzo

Sergio Blanco
Sergio Blanco. Foto: Darwin Borrelli

El bramido de Düsseldorf, la fabulosa obra de Sergio Blanco, vuelve esta semana a Montevideo para unas pocas funciones en la Sala Hugo Balzo del Auditorio del Sodre. Protagonizada por Gustavo Saffores, Walter Rey y Soledad Frugone, estará allí desde mañana hasta el domingo, con funciones a las 21.00, y las entradas están en Tickantel y boleterías a $ 500.

Siempre en la línea de la autoficción, este texto del dramaturgo uruguayo radicado en Francia relata la muerte del padre del protagonista (el propio Blanco, interpretado por Saffores) en una clínica de Düsseldorf, ciudad a la que pudo haber llegado por distintos motivos. El peso del texto, las actuaciones y el diálogo entre la oscuridad y la luz son algunos de los puntos altos de esta puesta en escena.

Blanco contestó las preguntas de El País vía WhatsApp, “entre aeropuertos, salas de embarque y aviones”, dijo: estaba yendo de París a Bremen, Alemania, para dar una conferencia en el Festival Internacional de Teatro.

La agenda de Blanco está siempre cargada: ahora está terminando Zoo, su último texto, que estrenará en España el año que viene. Y escribe a diario. Además, está adaptando su nueva obra Tráfico al lenguaje de historieta, pues será editada en ese formato; y en unos meses vendrá a Montevideo para comenzar con los ensayos de Cuando pases sobre mi tumba, que estrenará en agosto y que fue escrita de forma manuscrita y con sangre en polvo. En el medio, viaja sin parar, sea para dictar talleres o conferencias, o para ver los estrenos de sus piezas, que son adaptados por todo el mundo.

“Esto último lo disfruto muchísimo”, dice. “En los próximos meses tengo Florencia, Tokio, San Pablo, Moscú, México, Pekín, Barcelona, Londres, Caracas, Nueva York... Me da vértigo, pero también me procura una gran felicidad”.

—Vuelve a escena El bramido de Düsseldorf, mañana en Montevideo. ¿Cuál sentís hoy, después de tanto tiempo de ser llevada a escena, de tantos escenarios recorridos, que es la esencia de la obra?

—Yo creo que es la desolación ante la muerte. El personaje está encerrado entre dos muertes: la del padre y la de un joven. Y en el medio está él, completamente desbordado por esta idea de que de golpe desaparecemos. El personaje busca, desesperado, respuestas en el arte, en la sexualidad, en Dios, pero en ningún lugar encuentra la calma que está necesitando. Y el tema de la muerte es un tema que nos toca a todos: más tarde o más temprano, todos vamos a morirnos. “Ninguno sale vivo de toda esta historia”, dice Alex, protagonista de mi última obra, Tráfico. La esencia de El bramido es la amenaza desconcertante de la desaparición del cuerpo.

—¿Cuál es tu escena preferida de El bramido... y por qué?

—Tengo varias. Las dos que más disfruto son la del análisis médico que la doctora le hace al padre, y la escena en que el hijo afeita al padre. La primera me gusta porque hace un planteo muy interesante de lo que es el teatro, ya que en el análisis el padre transmuta todo lo que se le muestra, en otra cosa: le muestran una manzana y él dice que es una cereza, le muestran los nombres de los actores y él dice los de los personajes. Eso me parece estupendo: el arte se niega a ver lo real; lo que le interesa es cambiarlo. El personaje del padre sabe perfectamente que está viendo una manzana, pero prefiere decir que ve una cereza. Y la escena de la afeitada (que es un homenaje a Woyzeck) es muy bella porque es un momento de teatro extraordinario: de fondo se escucha “El Mesías” de Haendel, la luz llega al punto máximo de intensidad, y los tres quedan suspendidos en un blanco que los sumerge en un tiempo sin tiempo. Es una escena que logramos a las maravillas con el equipo. Yo les dije que teníamos que hacer que nevara y que la nieve los cubriera. Y que los cubriera para siempre. Y lo logramos.

El bramido de Düsseldorf
El bramido de Düsseldorf. Foto: Nairí Aharonián

—En la obra se ponen en juego un montón de símbolos de alta carga dramática y algunas cuestiones existenciales que están en lo más oscuro del ser humano. Todo eso se hace en un contexto blanco en extremo, y con canciones pop cálidas. ¿Cuál es el fin de ese diálogo?

—El diálogo entre la oscuridad y la claridad es fascinante. Me resultaba tentador hablar de las tinieblas de la condición humana en un espacio que deslumbrara y encandilara. De la misma forma que también me tentaba hablar de temas duros en medio de melodías dulces y hermosas. En eso fue en donde trabajamos durante meses, con todo el equipo de diseñadores. Nuestro desafío era hablar de temas oscuros y violentos en un espacio y un tiempo que no lo fueran. Y la finalidad de eso era poder generar una tensión que nos permitiera abarcar todos estos temas en su verdadera complejidad y ambigüedad.

—De la mano con eso, ¿en qué momento del proceso aparece la música que le querés dar?

—Las músicas aparecen en todo momento del proceso. En esta obra son todas músicas que tienen que ver con el tema de Dios y la religión. Un día le dije a mi equipo que quería hacer un “musical teológico”, y a partir de ese momento empecé a buscar temas que hablaran del asunto de la fe. Me gusta buscar las músicas de mis espectáculos. Las traigo a los ensayos, las escuchamos, las cantamos, y si vemos que funcionan empezamos a prepararlas. Sara Sabah, que es con quien siempre trabajo la preparación vocal, las empieza a ensayar con los intérpretes.

—Estrenaste este mes una nueva obra, Tráfico, en la que está presente la sexualidad como tópico, y hay mucho de sexo en tus obras. ¿Tu teatro lo ves como algo más visceral, o como algo más intelectual, sostenido desde el raciocinio?

—Creo que mi teatro es la unión de ambas cosas, porque para mí, una está fundida en la otra. Yo no concibo por un lado lo visceral y por otro lo intelectual, sino que para mí son una misma cosa. Todo el mundo dice que en mis obras hay mucho de sexo y yo, sin embargo, creo que nunca hay suficiente sexo. Jajajaja. Todas las pulsiones ligadas al deseo, al erotismo, a la sexualidad, me resultan fascinantes. Los humanos estamos atravesados por estos temas: el Eros es una parte constitutiva de lo que somos. Siempre insisto con esta idea de que el arte solo habla de dos cosas: estoy enamorado y tengo miedo de morirme. Es decir: el Eros y el Thanatos, esas dos fuerzas que nos habitan.

"Todo el mundo dice que en mis obras hay mucho de sexo y yo, sin embargo, creo que nunca hay suficiente sexo"

Sergio BlancoDramaturgo

—¿Qué prejuicio que tenías del teatro pudiste derribar?

—Nunca tuve ningún prejuicio respecto al teatro. En primer lugar, porque por lo general no tengo ningún tipo de prejuicio, soy más bien una persona que tiene pos-juicios. Es mucho más entretenido y edificante. Y en segundo lugar, nunca pude tener ningún prejuicio del teatro porque nunca hubo un “pre” o un “antes” del teatro. Yo siempre hice teatro: mi madre tuvo que hacer reposo durante los últimos meses de su embarazo porque yo me movía mucho, me agitaba, y no paraba de querer nacer.

ACTORES

“Soy yo quien me adapto a los actores”, dice

“Los intérpretes (al menos conmigo) nunca obedecen: el obedecimiento es algo que no tiene ningún lugar en la creación. Nuestro trabajo justamente es desobedecer. Junto a mi equipo de diseñadores, lo único que hacemos es mirarlos y deslumbrarnos. Siempre digo que mi trabajo de director es mirar. Me siento y los miro. Y sobre todo los ‘ad-miro’. Dejo que me seduzcan, que me apasionen. Mis intérpretes no se adaptan a mí, sino que soy yo quien trato de adaptarme a ellos”, dice Sergio Blanco hablando de su vínculo con los actores y la importancia de ellos para el teatro que propone. “Soy yo quien me adapto a actores como Gustavo Saffores y Gabriel Calderón, o a actrices como Roxana Blanco o Soledad Frugone. Ellos son todo para mí. Los necesito. Son la carne que buscan mis palabras”.

Blanco acaba de estrenar Tráfico, que escribió específicamente para el actor colombiano Wilderman García Buitrago. “Conocí a Wilderman el año pasado en un seminario que dicté en Bogotá sobre el monólogo. Ni bien hizo un primer ejercicio quedé impactado con su trabajo. Inmediatamente me dieron ganas de trabajar con él y de poder escribir un texto para ese cuerpo, para esa voz, para esa inteligencia, para esa manera de gestionar las emociones”, cuenta al respecto.

Blanco citó a García Buitrago una vez finalizado el seminario, le hizo la propuesta y hoy, Tráfico tiene “un gran éxito en Bogotá y con una gira que empieza el mes que viene”. La obra tiene otra particularidad, además de haber sido escrita para un actor en concreto, y es que el dramaturgo la concibió para el mismo espacio escenográfico donde el director colombiano Jorge Hugo Marín hizo su puesta de Kassandra, un texto de Blanco. “Es exactamente la misma escenografía”, revela.

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