TEATRO SOLÍS

Semilla del circo francés que creció en Uruguay

Desde esta noche y por cinco fechas, “Diezdix” en el Solís.

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Riesgo: el artista Pascal Wyrobnick, líder de Clowns sin fronteras. Foto: F. Flores

Como cada año, la compañía franco-uruguaya Clowns sin Fronteras se presentará en el Teatro Solís para ofrecer su nuevo show de circo. Esta temporada el espectáculo se llama Diezdix, y va desde hoy hasta el sábado a las 20:00, despidiéndose el domingo a las 17:00. Entradas en Tickantel, a 180, 220, 280 y 340 pesos. Como cada año, con lo recaudado en estas funciones el grupo dará una gira por el Interior, con funciones gratis de extensión social.

El show conjuga músicos en escena, bailarines, equilibristas y acróbatas, buscando darle al conjunto un marco visual potente e innovador. "Vamos a presentar una creación nueva, en base a lo que siempre hacemos. Esta vez no trabajamos un tema específico: la idea es mostrarnos tal como somos, al natural", contó a El País el director francés Pascal Wyrobnik, líder histórico de este colectivo artístico.

En escena habrá una veintena de artistas, uruguayos en su mayoría, aunque hay también franceses y algún uruguayo radicado en Francia. "Mezclamos de todo: danza con contorsión, con malabares, y hasta un aparato que no se conoce en Uruguay que se llama báscula. Fue hecha por dos uruguayos que trabajan en Francia, y que también van a enseñar acá cómo se usa", relata el director.

"Acá no hay casting, y los artistas vienen de forma honoraria. Y según las habilidades en las técnicas circenses de cada uno, un poco mi trabajo es ver cómo se adapta eso para que todos puedan lucirse arriba del escenario, en el marco de un espectáculo de calidad. Sabiendo que no podés pedirle a alguien que haga un triple salto mortal si no lo puede hacer", explica Wyrobnik, artista que desde hace más de dos décadas viene poniendo en comunicación la escena uruguaya y la francesa.

"Este año apostamos más a mostrar cómo somos que a exhibir muchos artificios. Y en consecuencia, el show tiene momentos bien circenses, y otros más extraños, más raros", puntualiza el artista, que en escena cuenta esta vez con una banda con batería, percusión, teclado, cello, violín, clarinete, saxo, flauta, más mucho trabajo en digital. "Siempre hacemos una creación musical que se adapta a cada número para generar atmósferas. Para componer la música, empezamos con algo intuitivo, y luego vemos hacia dónde llevarlo. Nos podemos inspirar en Gorillaz, en Chuck Berry, en Erik Satie, hasta ir hacia una mezcla que va más allá de un género", dice el director, que con esta compañía ha trabajado todo tipo de ritmos. Sin embargo, este año no habrá música popular francesa. "Este año no. Pero música uruguaya sí: un poquito de guitarra folclórica. Quisimos ver cómo la podíamos integrar a lo que hacemos en escena".

La organización internacional Clowns Sans Frontières nació en 1994 en Francia y se extendió por el mundo: hoy está constituida por más de 450 artistas profesionales de circo, que viajan para actuar voluntariamente ante niños desamparados de todo el mundo. En Uruguay, la filial local realiza desde hace una década giras por las zonas más necesitadas, habiendo visitado más de 35 localidades, y llegando a unos 30.000 chicos.

Wyrobnik trabaja algún tiempo al año acá en Uruguay, donde ha hecho mucho por desarrollar el llamado nuevo circo. "Creo que les dimos las ganas a alguna gente, como es el circo Tranzat. Pusimos un poco la semilla, buscando cada uno su personalidad, como yo hago con los artistas que trabajo. Para mí, para que haya un buen artista tiene que haber una personalidad propia", reflexiona el creador, pero agrega: "La evolución a nivel creativo de los espectáculos acá en Uruguay es medio lenta. Falta un poco de espacio para inventar. No hay propuestas muy innovadoras, falta inventiva".

El artista francés llegó a Uruguay en 1992, con aquella fuerte experiencia estética que fue Cargo 92, un colectivo de artistas que llegaron desde Francia para recorrer América Latina. "Creo que Cargo 92 marcó un poco a la cultura uruguaya. Yo no me doy cuenta tanto, pero sí por lo que escucho que cuenta la gente. Fue un impacto medio grande, y no solo acá en Uruguay. Pero cuando lo hacíamos no nos dimos cuenta de nada: estábamos ahí para disfrutar. Pero años después, cuando escuchás los cuentos en Brasil, Argentina, Uruguay, Venezuela, la gente lo recuerda. Fue como una especie de cachetazo, como que la gente decía: por qué no hacemos esto; y a nivel musical también, con Mano Negra", analiza el director.

"Cuando voy a festivales por Sudamérica, siempre que aparece Cargo 92 en la conversación, hablan de aquello como de un golpe de Estado de parte de un arte nuevo. Incluso de gente que no lo vio, que solo escuchó hablar", dice el artista.

Sin embargo, actualmente en Francia la carrera de Wyrobnik va por otros carriles. Desde hace 14 años él trabaja con la compañía LUtopie, que se especializa en hacer espectáculos acuáticos. "Transformamos el agua en un escenario. Son espectáculos de gran producción, para más de 25 mil personas. Allí se mezclan todas las artes, desde los fuegos artificiales a caminar sobre el agua, o hacer surgir cosas desde abajo del agua. El agua es un lugar medio mágico para la gente, y muy onírico. Trabajamos en los lagos, o en el mar, en sitios donde no hay mucha corriente. Lo hicimos en Buenos Aires, cuando Montevideo fue Capital Cultural Iberoamericana. Y lo ofrecimos acá. Pero la verdad que en Uruguay no nos dieron mucha pelota".

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