VILLANUEVA COSSE

"El público no olvida a sus actores"

Entrevista con un actor que se consagró en Argentina y ahora vuelve a dirigir en Uruguay.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Villanueva Cosse. Foto: Ariel Colmegna

Un octogenario corpulento, simpático, buen conversador. Amable y memorioso. Pero también un hombre de teatro de cuerpo entero, que integró el Teatro El Galpón en los difíciles años 60, para luego marchar a Buenos Aires, donde se convirtió en uno de los grandes nombres de la escena porteña.

Ahora, Cosse (que es el padre de la ministra Carolina Cosse a quien define como “una topadora, inconformista con ella misma y de pocas pulgas”), volverá a Uruguay cuando dirija para El Galpón La resistible ascensión de Arturo Ui. En charla evocativa, reflexiva, risueña y profunda, El País habló con uno de los grandes actores de Uruguay y Argentina.

—¿Cómo fue pasar de la escena uruguaya a la argentina a principios de los años 70?

—El actor uruguayo estaba desacostumbrado a hacer teatro nacional, y muy acostumbrado a hacer teatro extranjero, sintiendo que hacer un clásico era la cúspide. Y llegar a Buenos Aires fue encontrarse con un teatro que ya miraba a lo nacional como lo que más valía, con un contacto con el naturalismo y el realismo muy fuerte. Acá el naturalismo era una cuestión complicada de hacer. Los porteños decían que cuando el actor uruguayo hablaba, ellos sentían que les pasaba por arriba de las cabezas. Hablaban como para un espectador que estaba detrás de ellos. No se sentían interpelados. Y el actor argentino, aunque esté ante una gran platea, el de la última fila siente que le está hablando a él.

—¿Ve como un paralelo entre usted y China Zorrilla, dado que ambos eligieron a Buenos Aires para la segunda parte de sus vidas?

—Pero China era mundial. Era de una expansión para todos lados. Trabajar con China era muy divertido, por su inagotable fuente de anécdotas. Por otro lado era una mujer muy generosa. En la primera parte de mi estancia en Buenos Aires me hizo un apoyo enorme. Como también a Omar Grasso, al que presentó al Teatro San Martín. Y muchas otras personas. Y a los dos o tres años de estar alrededor de ese "Mundo China", salir de ahí (sin huir ni escapar), lo sentí como un avance en mi capacidad de manejarme solo.

—Usted también trabajó muy de cerca de Atahualpa del Cioppo…

—Era un patriarca. Esa nariz aguileña que tenía, parecía la proa de algo. Y esas canas. Era un tipo que le hablaba muy bien a los actores, sobre todo a las mujeres. Yo paraba la oreja: cuando hacíamos Las tres hermanas, yo recién estaba entrando al elenco estable de El Galpón, y me asombraba todo lo que sabía del mundo femenino. De pronto le decía a una actriz: "piense en su vida, en cosas que ha deseado mucho". En cierto modo era sinuoso. Decía a un actor lo que no estaba haciendo bien, sin decírselo.

—Cuando Atahualpa del Cioppo dirigió la Comedia Nacional, en 1958, en El jardín de los cerezos, las cosas no le salieron tan bien.

—Sí, yo me acuerdo que la fui a ver, y había un espíritu que no lo había visitado. Y me acuerdo que leí la crítica de Carlos Martínez Moreno, que señalaba que había un déficit inaprensible. Y ese día empecé a respetar a Martínez Moreno, un crítico que horada, que perfora, no raspa. Que pudo explicar algo inexplicable. Es eso que se da en el arte: cuando no está, no está. Y quien capta eso, es una persona profunda. Fue una época de auge de la crítica teatral: había tres o cuatro que sabían mucho. Entre ellos Antonio "Taco" Larreta.

—Usted a Larreta lo trató bastante.

—Sí, él me dirigió en La Dorotea. Un hombre muy culto, muy inteligente. Él quería ser actor. Y no era buen actor. Sí era excelente director. Fino. Él fundó el Teatro de la Ciudad de Montevideo, y cuando el TCM fue a Buenos Aires, eran Enrique Guarnero, China Zorrilla y Taco Larreta. Y les hicieron a los tres una entrevista de la cual surgió que China, que era actriz, quería ser directora; que Larreta, que era director, quería ser actor, y que Guarnero, que era actor, quería ser escritor. Y qué tres, Guarnero, ¡qué actor! Cuando estaba él en una obra, se sabía que había una panzada de teatro. Me gustaba más que Candeau, que tenía algo como un poquitín del pasado. Y tenía una voz tan espléndida, que quedaba por delante de él. No se podía liberar de esa voz.

—El Galpón de la década de 1960, cuando usted era parte del elenco, ¿era un teatro excesivamente político?

—Era el teatro más político, no sé si excesivamente. Para nosotros no lo era, era natural. Para las otras compañías sí. Nos querían, pensábamos distinto pero no nos tirábamos piedras. Club de Teatro era el teatro más fino, más pitucón. Con sus damas tomando el té. Nosotros nos reíamos de ellos. Y ellos de nosotros, porque decían que hacíamos asambleas, y de vez en cuando ensayábamos.

—¿Cómo fue su reencuentro con el público uruguayo en la apertura política?

—Uno de los recuerdos más increíbles de mi vida fue con Príncipe azul, en el Teatro Stella, en la Muestra Internacional de Teatro. Yo hacía un personaje de lisiado, que arrastraba una pierna toda la obra. Todavía hacía proezas físicas. Entré a escena, y la ovación fue tal que yo no podía hablar, porque no se me podía oír nada. Y yo que llevaba un sombrero, solo atiné a saludar apenas tocando el ala del sombrero. La gente se dio cuenta y paró de aplaudir. Luego en la prensa salieron reseñas, diciendo que el público no olvida a sus actores. Grandes recuerdos.

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