Entrevista con Franklin Rodríguez

“Una persona puede hacer la diferencia”

El actor estrena esta noche en la Zavala Muniz su monólogo Lo que mi mamá quería a mi papá

Franklin Rodríguez
Franklin Rodríguez, una mirada a sí mismo. Foto: Darwin Borrelli

Tiene 53 obras de su autoría estrenadas, es un destacado actor, aunque su nombre haya multiplicado su popularidad recientemente con los problemas que tuvo con El Galpón y todas sus consecuencias. Y hoy estrena, en la Zavala Muniz, una nueva obra. Entradas en Tickantel.

-Describime un poco este nuevo espectáculo.

-Lo que mi mamá quería a mi papá es un monólogo (no stand up), que cuenta la historia de amor entre mi padre y mi madre, y de alguna manera me estoy contando yo. Hace como un año y pico me llegó como un momento autorreferencial, como le llaman, para entender yo y contar, cómo había llegado a donde estoy hoy. Y lo casuístico de todo eso. O sea que recorro mi historia, pero no de éxitos y de fracasos. Más bien de todo lo que me llevó al teatro.

-¿Y cómo eran ellos?

-Mi padre, tipógrafo, con su posición frente a lo social, sobre cómo se debe comportar una persona, frente a lo que está mal, o bien. Mi madre, que cosía profesionalmente en una máquina Singer vieja. Ella, sin entender nada de lo que yo hacía en teatro, pensando que soy el mejor hijo, sin importarle que yo sea actor. También mis hermanos, mis tíos. Mis tías con el radioteatro: para entender un poco cómo un tipo que no tenía en su casa ni un solo libro, que nunca había ido al teatro en su vida, llegó al teatro. Yo soy del Cerro, y la casualidad de tener en mi barrio un teatro, el Florencio Sánchez. La casualidad de haber pasado por ahí, y un tipo que me llamó. Porque a veces una persona que te ayude alcanza. Una persona puede hacer la diferencia.

-¿Algún compañero de carrera en concreto?

-Claro, yo no hubiera llegado a este lugar si en el medio no hubiera habido un montón de gente. Omar Varela, que me juntó monedas para darme para el ómnibus. Nacho Cardozo, que me prestó su malla de ballet para que yo pueda dar la clase de danza. Carlos Manuel Varela, que me daba libros. Los consejos de Jaime Yavitz. También es una forma de agradecerle a toda esa gente.

-¿Por qué decís que no es stand up?

-Porque el stand up nunca llega a la cosa emotiva más honda, porque el género es divertido, es contar anécdotas. Esto es monólogo, una única voz, más al estilo de Dario Fo. Yo no lo voy a contar, lo voy a hacer: hago de mi padre, de mi madre, de mi tío, de los actores, del profesor de danza. Hago todos los personajes.

-¿Vas a incluir todos estos episodios públicos recientes que te ocurrieron con El Galpón, FUTI y la SUA?


-Como es autorreferencial, no podía dejarlos afuera. Pero no nombro a nadie, simplemente digo lo que sucedió, y cómo me sentí. ¿Por qué lo iba a dejar afuera? No lo tenía pensado, este monólogo fue escrito hace un año y medio: pero yo me nutro mucho de lo que sucede en la vida.

-¿Vas a dar tu versión de los hechos?

-No, no, no. Para mí es un tema laudado. Ya dije lo que tenía que decir, y no me arrepiento de nada de lo que dije. En la obra voy a contar cómo me sentí por todo eso. No se trata de expresar en la obra si tengo razón o no. Son guiñadas al espectador, pero el espectáculo se basa en la ternura, en los recuerdos. Habla de la vida, de la muerte, de cómo uno se para a determinada edad, mira para atrás y se pregunta cómo llegó hasta aquí.

-¿Vos tuviste un tío que era proxeneta?

-Sí, y viví con él. Mi padre me echó, yo tendría 17 años, y me fui a vivir con él. Él trabajaba en Bonanza, un puticlub céntrico. Y me ayudaba con el boleto, me daba comida. Y aparte, tenía su negocio. Él era toda una contradicción, un hombre del Frente Amplio, que me empezó a dar libros. Leí Crimen y castigo, de Dostoievski, porque me lo dio él.

-¿Tu padre te llegó a ver actuar?

-Mi padre me vio una vez sola actuar, un tiempo antes de morirse. Él siempre había como negado mi profesión. Era entendible: él no entendía mucho lo que yo hacía, ni para qué lo hacía. Desde su cabeza era una pérdida de tiempo. Hasta que un día fue al teatro y me vio. Fue en Ah, machos!, en Teatro Circular. Hace 38, 39 años. Le gustó, quedó enloquecido. Yo me llamo como él, o sea que era todo un orgullo para él. Fue como una reconciliación, tardía, pero reconciliación al fin. Y esta obra también habla de eso. Que hay puntos de contacto en el tiempo, en los que las cosas se perdonan, y se aceptan como son.

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