FOTOGALERÍA

Un pasado que obliga a actuar

El coliseo más antiguo del país cumple 160 años: un repaso de su carrera llena de historias.

Teatro Solís. Foto: Fernando Ponzetto
Teatro Solís. Foto: Fernando Ponzetto
Foto: El País
Foto: El País
Foto: El País
Foto: El País
Foto: El País
Foto: El País
Foto: El País
Foto: El País
Foto: El País
Foto: El País

La historia del Teatro Solís, que hoy cumple 160 años, muestra por sí sola algunas conclusiones para el presente. La primera: la sala tuvo un nacimiento lento, en el marco de la Guerra Grande, hecho que da cuenta de cómo el noble edificio se tuvo que abrir paso en circunstancias adversas. Surgió, además, en el marco de iniciativas privadas, abriéndose camino con una oferta de espectáculos en la que hubo todo tipo de celebridades.

Actualmente las políticas culturales proponen que las salas dialoguen con un amplio rango de públicos, pero si uno mira la historia del teatro, eso ya sucedía desde mucho tiempo atrás. En su historia, la programación del Solís fue tan variada en géneros como en el origen y las características de los artistas que por allí pasaron, yendo de la ópera y la actividad sinfónica a la magia y los espectáculos de variedades.

Porque si bien es cierto que allí actuó Sarah Bernhardt y cantó Enrico Caruso, el gran escenario también supo recibir al transformista Leopoldo Frégoli, así como a cupletistas como Raquel Meller, o bailaoras sevillanas como Pastora Imperio. Y cantantes criollos, como Gardel. Un poco más acá en el tiempo, la sala acogió a las revistas musicales de Francisco Canaro o de Libertad Lamarque. Hasta la revista uruguaya La Troupe Ateniense tuvo cabida en su agenda.

La variedad de programación fue un criterio que históricamente guió a esa sala, tanto cuando fue manejada desde el ámbito privado como público. Eso permitió al espectador disfrutar tanto de grandes artistas franceses, como Jean-Louis Barrault o Marcel Marceau, como de folcloristas, como Yupanqui o Los Chalchaleros, por citar ejemplos bien extremos. Alcanza tener presente que en su historia, la sala recibió espectáculos de las más dispares geografías, desde las danzas folclóricas de México hasta las de China y Rusia.

Otro plan que hoy se fijan las autoridades es que la programación llegue a espectadores de los más distintos niveles sociales, y eso también fue un logro que, tiempo atrás, ya se había conquistado cuando a los espectáculos de ópera, por ejemplo, venían espectadores de los barrios más apartados.

Mucho se trabaja para que el teatro no sea solamente una sala de espectáculos y que difunda también en otros terrenos, desde las charlas hasta las artes plásticas. Pero el Solís ya tiene una larga tradición que excede su propio escenario, desde los famosos bailes de máscaras y de Carnaval hasta los grandes banquetes políticos. En esa dirección cabe recordar las conferencias que en un tiempo dieron Juan Zorrilla de San Martín, el escritor francés del parnasianismo Catulle Mendes, el filósofo español Ortega y Gasset o el poeta Gabriele DAnnunzio.

Incluso desde que la Comedia Nacional empezó a funcionar allí, en 1947, la programación siguió siendo amplia y variada, acogiendo además a muchas compañías de teatro independiente. Sin duda que el elenco oficial marcó una parte de la historia de esa sala; si hubiese que citar un ejemplo de los cientos de títulos podría ser Procesado 1040, de Juan Carlos Patrón, obra que en 1957 hizo llegar a cientos de espectadores de los barrios más apartados, muchos de los cuales entraban por primera vez al Solís, mirando con asombro sus cielorrasos pintados.

Sobre la arquitectura de la sala y sus sucesivas reformas, también se pueden sacar varias conclusiones. El Solís nació con un entorno bastante deslucido y, de hecho, varios viajeros del siglo XIX hacen alusión a ese aspecto. Luego, con el paso de las décadas, se le incorporaron las dos alas laterales que le dan ese aspecto tan inusual a la fachada y lo hacen tan único.

Puede ser interesante señalar que esas enormes alas fueron edificadas para ser utilizadas con diversos fines, desde viviendas y restaurantes hasta farmacias u otro tipo de comercio. En ese aspecto, esos edificios que enmarcan y contienen al cañón central, fueron de algún modo una apuesta a que el teatro refuerce sus lazos con otros sectores del comercio y la sociedad en general.

Curiosamente, esos edificios laterales eran coronados por unas cúpulas metálicas, hasta 1940, cuando una de ellas se derrumbó sobre el Cine Parlante. En ese sentido, muchas veces pensamos en el Solís como está hoy, sin tener en cuenta los cambios que el tiempo le deparó. Por ejemplo, alguna gente de muchos años contaba que había conocido una sala principal de otro color, que no estaba dominada por los tonos rojizos sino por un color marfileño, hecho que las fotografías en blanco y negro no registraron.

En realidad, el teatro fue construido en etapas, y eso se nota: si bien el edificio en su conjunto tiene una belleza imponente, en algún aspecto esas uniones del cuerpo central con los dos laterales crea algún rincón en el que hubo que hacer coincidir como se pudo las líneas de los distintos edificios.

Sobre la restauración, que tuvo como resultado la reinauguración de 2004, también cabe alguna reflexión. Por un lado, es indudable que el teatro necesitaba una refacción, y que a nivel técnico toda esa reforma supuso un paso de gigante en términos de cómo se puede servir un espectáculo en el escenario.

Ahora, más de una vez se ha escuchado el comentario sobre la pérdida del encanto del viejo hall del teatro, con sus pequeñas escaleras para acceder a las galerías. También algún veterano añorará la antigua boletería, de imponente estilo.

En eso, más allá del buen trabajo que hicieron los arquitectos que estuvieron a cargo de la reforma, se cometió la audacia de tocar un edificio de época, una reliquia a la que se podría haber buscado mejorar sin quitarle su esencia, tan siglo XIX.

Para terminar este salpicado por 160 años de trayectoria, algo sobre las inmediaciones del hermoso teatro. El Solís tuvo un vecino, el Teatro Royal, que quedaba medio escondido detrás de él, en Bartolomé Mitre y Buenos Aires. Allí funcionó, desde la segunda década del siglo XX, una sala de variedades que, de algún modo, era la contracara más picaresca de lo que se brindaba en el Solís. También la antigua sala tuvo sus regios cafés, como el Tupí Nambá, el más conocido, que integraban un circuito que dinamizaba su entorno.

Quizá hoy el teatro tendría que exhibir más su propia historia, y destinar espacios de exposición permanente de su propio pasado. De hecho, muchas veces el espectador tiene que hacer tiempo antes del comienzo de una función, y estaría bueno que hubiese una gran muestra permanente, que evocase los nombres de muchos de los artistas que pasaron por ese escenario.

Renovación de equipos técnicos.

Desde su reapertura, en 2004, ya han pasado 12 años, y el tiempo se hace sentir, sobre todo en términos de equipamiento de audio e iluminación. Por eso, este año el Teatro Solís renovará parte de su equipamiento técnico, gracias al aporte de una fundación europea. El lanzamiento de este emprendimiento será el próximo martes 30 y su implementación se estima que se hará de aquí a fin de año. El mismo comprende un nuevo proyector, nueva consola de luces y audio, renovación de la caja negra del escenario, nuevo cableado y otras mejoras. La donación se logró gracias a la Fundación Amigos del Teatro Solís; los materiales llegarán de Japón y otros países.

DOS VISITANTES Y UN LOCATARIO.

Sucedió en el Solís.

En 160 años pasan muchas cosas: acá se selecciona un trío de hechos insólitos en la historia de la sala

Los últimos saltos del mayor bailarín

El Solís, escenario de la danza mundial.


Vaslav Nijinsky se presentó en 1913 y 1917, y en ese último año dio, además, una función especial junto al pianista Arthur Rubinstein, organizada por la Cruz Roja. En esa actuación el bailarín, según contó Rubinstein, tuvo miedo de salir al escenario. Su aparición tuvo que ser retrasada y, cuando salió, tan solo dio algunos pasos para enseguida retirarse. Poco después esos episodios nerviosos se acentuarían, alejándolo de los escenarios.

El lujo de dormirse al son de los versos de Neruda

 Una anécdota sobre un gran poeta y un gran actor.


Entre los literatos que pisaron el Solís están Rubén Darío, Pirandello y Neruda. Sobre este último hay una anécdota, que también integra la historia de la sala. Cuando Neruda se presentó, hacia 1952, el actor Pepe Vázquez era un chico de 12 años, que fue llevado por una tía a escuchar al gran poeta chileno. Y el futuro actor se durmió en la butaca, al son de los versos del poeta, episodio que hoy Vázquez sigue recordando con humor.

Jorge Esmoris: lluvia de colchones en la platea -

Un viajero alemán y una buena sorpresa en el Solís.


No hace tanto tiempo, un viajero alemán llegó a Uruguay con el fin de radicarse, y como buen germano, sacó una entrada para el Solís, sin fijarse mucho en qué daban. Quería ver cómo era el teatro acá. Y justo se encontró con un espectáculo de Jorge Esmoris, que era delirante. En un momento, el humorista hasta tiraba colchones a la platea, invitando a amarse más. Fue un buen argumento para pensar en vivir en Uruguay.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados