TEATRO

"Las palabras salen como si fuera una explosión"

Para la gente de teatro, el nombre de Guillermo Calderón equivale a textos dramáticos intensos, vertiginosos, llenos de tensión y de elementos para el debate. Chileno, sus obras, como “Neva” o “Villa + Discurso”, todavía siguen siendo recordadas y discutidas, a varios años de haber sido vistas.

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Escritor: Guillermo Calderón, autor de culto del teatro chileno. Foto: Difusión

Ahora la Sala Verdi recibe desde el 12 de agosto “Clase”, dirigida por Alberto Rivero.

—¿Cómo ubicás Clase dentro de un producción teatral?

—Es una obra que busca ser una reacción al movimiento de protestas de estudiantes. La idea es crear una clase en que un profesor decide hacer una clase especial porque todos sus estudiantes (excepto una) están en la calle marchando. Es una historia de frustración política que busca interpretar a una generación que no logra integrarse a los nuevos tiempos políticos.

—El tema de la educación en la obra, ¿cómo se relaciona con la política chilena en general?

—La educación pública fue destruida por la dictadura, por lo tanto reconstruirla ha sido un sueño democrático. Sin embargo no ha sido posible. Es la gran fuente de desigualdad y opresión en el país. Por lo tanto la sala de clases es el punto de partida para cualquier sueño de futuro.

—¿Trataste con Alberto Rivero, el director uruguayo de Clase, para algún aspecto de esta puesta en escena montevideana?

—Conversamos acerca de palabras e ideas, pero él y su grupo van a hacer lo que quieran con absoluta libertad. Me interesa mucho que puedan leer, interpretar e insultar el texto.

—Tú en tus obras cruzás mucho los problemas individuales y los asuntos políticos.

—Bueno, me gusta trabajar desde situaciones domésticas, en contextos de violencia política. Me interesa que los personajes se articulen a partir de lo que piensan, de cómo discuten y de cómo se expresan. El impulso es siempre decir lo que realmente piensan.

—En tus obras, una palabra puede generar toda una discusión de los personajes.

—Crecí en dictadura, en un contexto en que se espera que uno no exprese lo que realmente piensa. Por lo tanto cuando escribo teatro me gusta ejercer la libertad de decir finalmente lo que pienso. Pero hablar es una forma de pensar. Además las ideas políticas son emociones y muchas veces no tenemos las palabras para expresarlas. Por eso creo que es necesario ver a los personajes intentando crear una lengua. Me gusta que cuando esas ideas finalmente salgan, aparezcan erráticas, poéticas, con cierto sentido del humor y, por supuesto, no siempre coherentes.

—Tu teatro, además, refleja mucho las diferencias culturales de tu país.

—El teatro en Chile ha abierto un permanente espacio de discusión cultural. El principal problema sigue siendo las diferencias que crea la clase, la escuela, y cómo esa diferencia opera sobre el escenario. La nuestra es una sociedad dividida por clase y cultura. El teatro siempre existe en la frontera entre arte y entretenimiento, y por eso es el lugar ideal para articular esa discusión.

—Tus personajes se suelen comportar verborrágicamente.

—Es que después de años de silencio forzado, las palabras salen como si fuera una explosión.

—¿Te parece que América Latina no conoce mucho la cultura chilena?

—Lamentablemente no nos conocemos mucho entre todos. Conocerse sigue siendo un gran proyecto. Esta producción de Clase va en esa dirección.

—La escena de Santiago es un poco reducida, si se la compara con la de Buenos Aires, por ejemplo. ¿Eso a qué se debe?

—Menos población, menos dinero y menos tradición. En todo caso no es saludable compararse con Buenos Aires.

—No es común que la dramaturgia chilena llegue hasta Uruguay. ¿Qué aspectos de tu obra creés que fueron los que lograron que eso suceda?

—Creo que hay una sensibilidad política común. Además crecí leyendo Benedetti, así que quizás hay algo de eso.

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