un caso curioso

El más outsider de los teatristas uruguayos trabaja en Teatro Metro

Wosh Machin: un joven y exitoso autor y director, que hace un teatro propio, de fuerte compromiso social

Wosh Machin
Wosh Machin, un artista con camino propio. Foto: Leonardo Mainé

Este año tuvo cinco obras en cartel en la sala de San José y Zelmar Michelini, desde donde ha difundido un tipo de teatro muy personal, que trata de modo duro y directo temas sociales candentes, desde la violencia de género a la drogadicción.

Su lugar en el ambiente teatral montevideano no es sencillo de definir. No ha transitado por las grandes compañías teatrales, ni se perfila como candidato para ningún premio Florencio. Pero ha acaparado prácticamente la cartelera del Teatro Metro a lo largo de este año, poniendo en escenas obras de su autoría, con tanta singularidad en la producción como en los temas que tratan, y en el modo de llevarlos a escena. Wosh Machin es un personaje singular, un outsider del mundillo teatral, que tiene una historia personal que merecería ser el argumento de una obra de teatro.

En obras como Frágiles abordó el tema del ciberbullying. En Hijo mío que estás en los cielos, trató las adicciones, y en concreto el problema de la pasta base. En Ni un golpe más, la violencia de género. “Yo le llamo teatro de conciencia, abordando distintos tipos de violencia. Nosotros tenemos la suerte de agotar entradas. Y no hacemos dos por uno. Y creo que tiene que ver con las causas, con los temas de los textos”, explica este joven que se crio próximo al Cerrito de la Victoria, y que dio sus primeros pasos de teatro en Arteatro, hasta que de golpe fue llamado por la gerencia de Teatro Metro para producir desde esa sala.

En ese camino a la sala de San José y Zelmar Michelini, cambió el “muy charrúa uruguayo Washington” (como dice él), por Wosh, a medida que aglutinaba en su entorno a una serie de artistas que tampoco son los grandes nombres de la tradición teatral local. Sus actores son algunos mediáticos (como Eunice Castro), o han surgido de realities, o llegan simplemente a través de castings. 

“Trabajamos mucho con exparticipantes de MasterChef, que luego quedan a la deriva. Ellos quedan a veces buscando qué hacer, porque eso también tienen los reality. Y también trato de tener figuras mediáticas importantes, para que sean como la frutilla de la torta. Y luego, artistas emergentes, porque hay mucha gente con un potencial increíble, que hay que darles lugar. Además, en Uruguay los artistas están acostumbrados a trabajar gratis. Y conmigo no trabaja gratis”, señala con un hablar rápido, que salta de un concepto a otro.

En cuando a su estilo de escribir, lo tiene muy claro. “Soy muy figurativo. Divido todo en cuadros, y voy al hueso. Me gusta pasar de un extremo al otro. Tampoco utilizo muchas palabras. Y soy muy abierto, les permito a mis actores que puedan argumentar. Y yo les permito cambiar el texto, porque para mí el actor tiene que estar relacionado con el texto. Si el actor utiliza una palabra con la que no se identifica, no la va a poder interpretar con naturalidad”, asegura con convicción, agregando que de los directores locales, le encanta Gerardo Begérez. “Es topísimo. Y me gusta también mucho lo que hace José María Muscari, porque maneja un lenguaje muy coloquial. Me siento muy identificado con él. Ambos escribimos sobre las realidades, muy al pan, pan”.

En ese sentido, este joven surgido desde el Cerrito de la Victoria, asegura que hay un tipo de puesta en escena con la que no se identifica en absoluto: “La otra vez fui a ver una obra que supuestamente era drama, y era como muy pro, en el Sodre. Y no la entendí. Porque yo el drama que hago, la gente se da cuenta bien qué es. Yo siento que el espectador no tiene que estar interpretando. Yo cuando voy a ver una obra, espero entender en el momento. No quiero empezar a pensar por qué le ponen a una persona palillos por todo el cuerpo, en representación de dolor, de opresión. Yo lo puedo entender, pero a una persona común, de un barrio, no le puedo llevar esa obra. Y creo que mi arte está al alcance de todos. Porque para interpretar el dolor no precisás mucha cosa. Alcanza con plasmarlo. Y me gusta que la gente llegue a su casa luego del teatro y tenga temas para discutir”, afirma entusiasmado, con una mezcla de candor y sabiduría.

Desde esa misma línea de trabajo, también busca trabajar con actores que sientan fuertemente lo que tienen que desarrollar en escena. “Es necesario que el teatro de conciencia, como el que hacemos nosotros, lo lleve a escena gente que tenga el dolor a flor de piel. Porque lo van a poder exteriorizar con facilidad, y a mí como director me permite trabajar las emociones mucho más fluidamente”. 

Así, el teatro ha sido muy importante en la vida de este joven artista, dado que no solamente le permitió expresarse públicamente, sino que también lo llevó a cambiar de modo de vida. “Yo en un momento necesité tener un cambio de identidad claro. Yo me crie en el contexto de la iglesia, bajo el cuidado del Pastor Márquez, y necesitaba un cambio radical. No me identificaba con el nombre Washington, que era como de mi adolescencia y mi niñez. Y de mis prohibiciones. Porque la iglesia, si bien es muy buena en iniciarte en valores, también es muy limitante. Y a veces hasta ven al arte como opositor”.

Hoy este singular teatrista no solamente va edificando su carrera propia, sino que ayuda a otros jóvenes a andar por el camino que va al escenario. “Una vez me escribió un pibe de Cerrillos, diciéndome que le gustaría trabajar en teatro. Y le dije que se viniera para el Metro, que lo quería probar. Lo tuve dos temporadas. Seguramente no le cambié la vida. Pero cumplió su sueño, y le demostré que es posible”.

Y sobre su propio lugar en la escena local, remata diciendo: “Ni sé qué lugar ocupo. Tampoco entiendo si ocupo un lugar. Lo disfruto, estoy muy feliz del lugar que supuestamente ocupo. Me encanta ver mi nombre en el Teatro Metro. Es una bendición, soy un afortunado”.

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