Ahí estuve: "Ruido"

Música electrónica, saltos y luces de colores en el Solís

La obra está escrita y dirigida por Bruno Acevedo Quevedo, de 21 años, y fue seleccionada en la convocatoria de Noveles y Notables del Centro Cultural de España. 

Ruido
Ruido, un espectáculo diferente. Foto: Alejandro Persichetti

Desde el hall del Teatro Solís se percibe que el espectáculo que estamos por ver en la Sala Zavala Muniz no es algo de todos los días, por lo menos no allí, en el Solís y su solemnidad. El “punchi punchi” -así le dicen unos cuantos que esperan para entrar a la sala- se escucha desde la cafetería y adentro, desde hace varios días, hay una verdadera fiesta con un DJ, música electrónica, saltos y luces de colores.

Es Ruido, una obra escrita y dirigida por Bruno Acevedo Quevedo que tiene 21 años, se estrenó el 19 de junio y su última función es hoy a las 20.00 (las entradas a 200 y 300 pesos se compran por Tickantel o boletería). El texto fue seleccionado en la convocatoria Noveles y Notables del Centro Cultural del España.

La invitación para ver Ruido planteaba que el público podía ser parte de la fiesta y estar sobre el escenario bailando a la par de los actores o podía sentarse en las butacas y observar lo que sucedía allí.

Ruido
Ruido. Foto: Alejandro Persichetti

Los que eligen el escenario - chicos que andan en los 20- siguen la consigna y hacen de cuenta que están en una fiesta de electrónica, algo no muy difícil; después de todo, ya sea desde la butaca o desde el escenario, el ambiente no permite creer otra cosa. Los que están sentados, salvo los que esperan estupefactos a que algo suceda, también se mueven.

En un principio, mientras bailan al mismo ritmo, se hace difícil distinguir a los actores. Aunque claro, la chica con pantalones de cuero que baila desenfrenadamente, el hombre que deambula tomando notas o el de pijamas que arrastra los pies y tiene la mirada perdida, dan algunas pistas.

Más tarde sabremos que la chica es depresiva y adicta a la cocaína, que el de las notas es un periodista sensacionalista que quiere historias jugosas de la fiesta y que el de la mirada perdida es un hombre desempleado que toma mucho whisky y que no sale nunca de casa.

También está Pablo, que lleva a su hermana Micaela por primera vez a una fiesta de electrónica. Quiere que “viva una experiencia”, como dice el guion o, lo que es lo mismo, que pruebe éxtasis. El del whisky es el padre de Pablo y Micaela, después está la madre, diagnosticada con cáncer que no para de fumar. El dealer, un chico que necesita dinero, y el productor sin escrúpulos de la fiesta.

Personajes que demuestran que allí, en ese escenario donde el público camina detrás del actor, hay algo más. Es que Acevedo, ese dramaturgo tan joven como los que bailan, quiere romper a toda costa la concepción y las formas del teatro convencional para invitar a pensar. Y al final de cuentas, con detalles logrados y otros no tanto (ahorrarse la pantalla hubiera sumado mucho), con espectadores cautivados y otros estupefactos, el chico logró lo que quería: hablar sobre la hipocresía y los problemas comunes del mundo que lo rodea.

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