Obituario

Alberto Restuccia, un hombre de teatro que mostró la libertad de ser siempre uno mismo

Maestro de actores, referente cultural y una de las figuras de su tiempo, Restuccia muriò a los 78 años

Alberto Restuccia
Alberto Restuccia, 1942-2020

Uno se creía parte del público más exigente y rebelde del mundo, capaz de intimidar a cualquiera. Pero en cinco minutos, Alberto Restuccia nos enseñó lo equivocados que estábamos. Era una costumbre muy suya.

Eso fue en Arte en la lona, un hito cultural de la generación posdictadura, que en abril de 1988 llenó el Palermo Boxing Club de punks, iconoclastas, marginales, curiosos y enterados que celebrábamos, decíamos, la diversidad (cultural, sexual, social) con la mezcla de bronca, recelo y alegría que ameritaban esos tiempos.

Allí, entre bandas y artistas hoy olvidados, una noche apareció Restuccia, un señor de una edad que desentonaba con la media del lugar aunque solo tenía 46 años. Cuando se subió al ring que funcionaba como escenario, había una suerte de expectativa recelosa en aquellos —seríamos muchos— que apenas lo conocíamos por comentarios y prestigio. Algo dejó seguro: nadie se iba a olvidar de él.

Lo que hizo esa vez fue una suerte de proto-stand up (entonces se les llamaba monólgos) que inició lanzando al público una pregunta trascendente: “¿Qué es el arte?”. Cuando desde el ring-side se empezaron a dar respuestas sesudas, como correspondía a la ocasión, Restuccia los paró en seco: “es morirte de frío, boludos”, dijo.

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Despedidas sentidas

"Maestro de generaciones de artistas, actor, director, dramaturgo, expresó teatro por todas su fibras y todos sus poros durante una vida entera entregada al arte. Un referente y parte de la historia de las artes nuestro país. Lo despedimos con un aplauso de pie", expresó la Sociedad Uruguaya de Actores, que informó de su fallecimiento. Su colega Gabriela Iribarren lo despidió este domingo: "Gran tristeza, pero también el orgullo de alguien que vivió su arte y su vida según sus propias reglas. Nos dejas tu libertad que es la de todes. Salú Alberto", escribió en Facebook.
Gustaf fue otro de los actores que le dedicaron unas palabras: "Mi gran maestro y mentor. Único, transgresor y rupturista. Un estratega teatral. Teatro Uno. Fue vanguardia con el teatro del absurdo y su teatro histórico. Referente. Se va a reencontrar con el Bebe. Gracias por todo maestro", escribió en Twitter.

Así, en ese sencillo y emotivo acto, demostró que era uno de los nuestros e incluso más perspicaz que muchos de nosotros. Y que había estado con públicos más complicados y exigentes. Mirá si lo iban a espantar un montón de chiquilines.

Es que eso —la irreverencia, la bronca, la diversidad y la alegría— había sido su material de trabajo desde mucho antes que la mayoría de aquel público hubiera si quiera nacido. Ya era, a esa altura, uno de los grandes nombres del teatro uruguayo.

Asì, la noticia de su muerte, ayer a los 78 años, fue saludada y lamentada como corresponde a alguien de su estatura y su rango cultural. Fue, además, uno de los grandes irreverentes y una personalidad única, a veces complicada pero generosa, como dejaron claro los mensajes de colegas, alumnos, amigos y público que cosechó en 60 años de trayectoria.

Mucho de eso ya estaba claro cuando, en febrero de 1961, junto a Graciela Figueroa, Luis Cerminara y Jorge Freccero, fundó Teatro Uno de Montevideo, una compañía independiente que acercó a Uruguay a la vanguardia teatral. Trajeron, así, el trabajo de Artaud, Ionesco, Beckett y el rupturismo del teatro del absurdo. El primer estreno fue Jóvenes en el infierno que escribió y dirigió el propio Restuccia. Y hay quienes recuerdan una puesta de Las sirvientas de Genet que incluía desnudos.

A partir de ahí, se convirtió en una figura importante aunque marginal dada su postura política y estética, lo que le valió la persecución de la dictadura y a veces el rechazo de la crítica y del gran público, entre otros frentes que debió sortear.

Tuvo grandes éxitos como su monólogo Esto es cultura ¡animal! estrenado en 1979 y que sorteaba, a base de ingenio y un lenguaje propio, los ataques de la censura y Salsipuedes, el exterminio de los charrúas, una obra que estrenó en 1985 y generó polémica. Fueron sus dos clásicos y los repuso repetidamente.

Dirigió, además, a la Comedia Nacional, para la que hizo, entre otras puestas, Yerma de García Lorca, en 1977 en el Solís y, a medias con su compinche “Bebe” Cerminara, Oh, papá, pobre papá, mamá te encerró en el ropero y yo me siento muy triste, de Arthur Kopit.

En los últimos años su arte se vio limitado a un circuito underground donde presentó un alter ego Betti Faria y repuso algunas de sus obras. En 2017, dijo estar en la “indigencia” y sobreviviendo con una pensión del Estado de 15.000 pesos.

Restuccia fue también conductor de radio (Eco contemporáneo, con su hermano Luis, es un clásico), periodista y gestor cultural y riguroso crítico de cine y teatro.

Y un maestro de una ética artística que marcó para siempre las carreras de gente como Gabriela Iribarren, Gustaf y César Troncoso, algunos de los muchos que lamentaron su muerte en las redes sociales.

Y, capaz, incluso cambió la vida de algunos de aquellos pibes a los que, en una noche de abril de hace 32 años, le dio un par de cariñosas cachetadas al ego y alguna lección de vida.

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