crítica - teatro

Mirar a Strindberg con nuevos ojos

La señorita Julia [****]Autor: August Strindberg. Adaptación: Alberto Ure y José Tcherkaski. Dirección: Cristina Banegas. Elenco: Belén Blanco, Gustavo Suárez, Susana Brussa. Funciones: de jueves a sábados (21.30), domingo (19.30). Sala Zavala Muniz, Teatro Solís. $ 300.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Gustavo Suárez y Belén Blanco en plena acción. Foto: A. Márquez Merlin

Hay algo onírico en esta puesta en escena que está presentando la directora (y gran actriz) argentina Cristina Banegas en la sala más chica del Solís. El espectador queda con la sensación de haber transitado por un sueño.

Las truculencias del texto de Strindberg están en la base de esa extraña sensación, pero el montaje y sobre todo las interpretaciones, son las que más puede que ayuden a concretar ese acierto.  

El papel de Julia, esa mujer apremiada por el sexo, ha sido llevado a las tablas de mil modos distintos, más cerebral unas veces, más pasional otras. Estela Castro, Beatriz Massons y Susana Groisman se ocuparon de ese personaje en algunas de las versiones locales. Pero seguramente la performance que la actriz Belén Blanco hace de ese rol deje sorprendido a quien la vea, dada su originalidad y su intensidad. Y también por todo el juego coreográfico, que hace que la interpretación por momentos sea más actuada, y por otros más volcada a la expresión corporal en sí. El mérito es mayor si se tiene en cuenta el rango de emociones que el papel le obliga a recorrer, desde la euforia a lo más trágico, pasando en un minuto de la risa al llanto. 

Cada personaje tiene su juego corporal propio, y el de Juan, a cargo de Gustavo Suárez, encaja perfecto en los largos enfrentamientos que protagoniza con Julia. El actor tiene condiciones para expresar lo torturado, como ya lo había demostrado en Bienvenido a casa, aquel gran trabajo de Roberto Suárez. El trío de intérpretes lo completa Susana Brussa, que también logra pasajes de muy buen teatro. El asesoramiento coreográfico, de Virginia Leanza, sin duda cumplió un papel clave.  

Más allá de las actuaciones (en realidad, de la mano de ellas), el montaje brinda desde los rubros técnicos y desde su concepción general mucho para ver, desde una óptica más bien sobria, que no apuesta al efecto excesivo ni gratuito. Los efectos lumínicos, de Sebastián Marrero, contribuyen mucho al clima general, más bien oscuro, cerrado, tenso. La imagen de un par de botas enormes, remarcadas por la luz, es un acierto, desde lo visual y desde lo semántico.  

El texto que inspira este espectáculo es de por sí estimulante, por el perfil de sus personajes, la frontalidad descarnada de los diálogos, y su trasfondo psicoanalítico. En Montevideo se lo ha visto en versión del Actors Studio en 1961, en El Tinglado en 1967 dirigido por Mario Morgan, por la Comedia Nacional en 1973 bajo dirección de Laura Escalante, y en el Teatro del Anglo en 1995, dirigido por Carlos Aguilera, entre otras versiones, alguna incluso en clave de ballet. Esta ágil versión argentina y uruguaya revisita este clásico como Strindberg se lo merece. 

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