El intérprete argentino se presenta desde el sábado en El Galpón

Miguel Ángel Solá: "Me debo un personaje en el cine"

El público uruguayo recuerda seguramente El diario privado de Adán y Eva en aquella versión que sobre texto de Mark Twain hacían China Zorrilla y Carlos Perciavalle. Sin embargo, Miguel Ángel Solá remarca que esta puesta que se verá desde este sábado 28 en El Galpón, poco tiene que ver con aquel mano a mano entre los actores uruguayos.

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"La película ´El exilio de Gardel´ no me expresa políticamente", sostiene el intérprete.

"No, estoy es una historia aparte, que no tiene absolutamente nada que ver. Acá la excusa es Mark Twain, y El diario de Adán y Eva. Nosotros trasladamos la historia a la radio, que cuenta una historia de amor y la traslada en el tiempo. Desde el tiempo sin tiempo de Adán y Eva, el mito, pasado por la radio: es una historia de amor muy sencilla, emotiva, que tiene un poquito de todo. Es una pareja de radio, que decide despedirse de su público, con El diario de Adán y Eva. Y esa historia de amor encierra otra, que es la de ellos mismos, que él, 30 y pico de años después, no se desprende ni quiere contar qué fue lo que pasó", adelantó Solá a El País.

La acción escénica juega con dos tiempos, y salta de una vieja radioplatea a un estudio de radio actual. "La obra nunca es igual, tenemos espacios de improvisación, espacio de juego, dentro de una estructura marcada por Manuel González Gil, el director", señala el actor, quien subirá a escena con su pareja, Paula Cancio. "En el escenario la veo con otros ojos. Ella además de bonita, es muy buena actriz. Hicimos Testosterona, en Madrid, y este es nuestro segundo espectáculo. Las relaciones familiares siempre quedan afuera: tenés que ir al escenario a jugar una vida que no te corresponde, donde no tenés derecho a meter tus instancias personales", reflexiona este prestigioso actor argentino, quien tiene en su haber una multipremiada carrera, que pasa por títulos como El exilio de Gardel y Sur, de Fernando Solanas, Tango, de Carlos Saura, o Bajo bandera, de Juan José Jusid. Con una larga trayectoria a uno y otro lado del Atlántico, y con muy larga experiencia en teatro y televisión, Solá, con un hablar lento y reflexivo, habló sobre su experiencia en escena y ante cámaras.

carlos reyes

—De su filmografía, que es enorme, ¿cuál es la película más próxima a usted?

—En realidad todavía me debo un personaje en el cine, hay algo que no está satisfecho en mí. Aunque he hecho buenos laburos.

—"El exilio de Gardel", ¿cómo la recuerda?

—Mucho trabajo, mucho frío, muy cansador, muchos meses. Estéticamente me gustó mucho la película, muy bien filmada. Me acuerdo que Solanas vino a proponérmela, clandestinamente, en el año 81, cuando todo el mundo se negaba a hacerla. A partir de mi sí, otros actores se prendieron. A mí políticamente no me expresa: el problema argentino va mucho más allá. Para mí es una película ambigua, como todo lo que nace del peronismo.

—Sin embargo el mensaje libertario que tenía contribuyó en tiempos de la apertura política...

—Sí, no digo que no, pero la película que más fuerza dio al advenimiento de la democracia, no es argentina, es española, Solos en la madrugada., que protagonizó José Sacristán. Y hubo más. Lo que pasa es que El exilio de Gardel, en lo que se distinguía, es que era espectacular desde el punto de vista estético. Y conjugaba mucho mundo creativo, la música era muy bonita, y el juego escénico estaba muy bien.

—El cine argentino ha ayudado mucho a elaborar los excesos ocurridos durante la dictadura...

—No sabría decir. Las cosas que he visto sobre el tema de la dictadura, no han llegado a completarme. Incluso La historia oficial, que me parece una película magníficamente actuada, y bien dirigida, no llega a satisfacerme como respuesta al problema de la dictadura. Nunca se habla de los socios que tuvieron los militares para hacer todo ese descalabro en toda América Latina. Nunca se ha hablado, con nombre y apellido, de los socios civiles.

—Y el cine español, ¿siente que ha revisado bastante al franquismo?

—Tampoco. Además, las cosas hay que hacerlas en caliente. No dejarlas enfriar. El trabajo sobre dictadura tendrían que haberlo encarado para apoyar el trabajo de Nunca Más. Para eso sirve un cine político. Años después, y con cierta pobreza intelectual, no se puede trasladar la tragedia de una nación a la pantalla. Siempre es insuficiente. Yo he estado muy cerca de la bruta realidad, como para satisfacerme con las cosas que se han hecho en términos de revisión. Lo que se cuenta es siempre muy parcial. Es muy difícil de contar ese lugar horroroso del ser humano.

—¿Qué le dio España a usted?

—Me dio techo y me dio de comer durante 17 años. Y la posibilidad de educar a mis hijas. Y muchos premios en Europa, muchas críticas muy buenas. Nada: la posibilidad de comer de lo que me gusta, y de vivir más o menos dignamente.

—¿Pero se siente próximo a la cultura española?

—No. No. Me casé ahora con una española y tengo otra hija española, pero no. A mí me gusta todo más libre: los primeros recursos tienen que ser los del alma y del corazón, luego agregarle toda la tecnología que te dé la gana. La cultura española a mí no me expresa. Es decir, sí me expresa desde el punto de vista pictórico, me gustan sus ciudades. Pero yo tengo la geografía de todo este sur nuestro metida en el alma.

—¿Y en Argentina cómo se halla?

—Ahora me pasa, que me estoy reencontrando un poquito con ella, pero tampoco. Extraño mucho a Argentina cuando estoy en Argentina. Yo viví en otra Argentina y creí en otra Argentina, y no me encuentro. Y no tiene que ver con el gobierno actual. Tiene que ver con la actitud, con la convivencia.

—¿Ahora dónde vive?

—Ahora estoy viviendo en Buenos Aires, en la Capital Federal, desde hace cinco meses y medio. Y me cuesta, porque lo que tiene Madrid en ese terreno ganado, es que la convivencia era un espacio posible. Buenos Aires está muy crispado, las grandes ciudades argentinas están en un momento duro con respecto a la violencia. Aunque por otro lado está el otro espacio, el creativo, que no deja de aparecer en Buenos Aires.

—¿Qué hubiera sido si no actor?

—Nunca me imaginé otra cosa. Incluso he dirigido teatro, y no me imagino siendo director. No me imagino siendo otra cosa que actor. Me hubiese gustado ser un gran escritor, y me gusta como escribo.

—Usted tiene entre sus ascendientes a muchos actores. ¿Eso incidió sobre su condición de actor?

—Bueno, yo tengo fotos de seis generaciones comprobables de actores en mi familia: de las otras tres no. Soy novena generación. Supongo que eso tiene mucho que ver con que yo sea actor, y haber vivido con gente que vivía el teatro.

—¿Su tía, la actriz Luisa Vehil, era uruguaya?

—Sí, nació en un camarín de un teatro. Vivían en Argentina, pero hacían giras constantemente, y nació aquí. Lo que no sé es si nació en el Solís, o en otro teatro. Y mi tío Juan, hermano de ella, nació en un camarín en un teatro de Córdoba. Y mi mamá, de casualidad no nació en un camarín de Corrientes, la ciudad.

—¿Y en esta obra que viene a hacer a El Galpón usted interpreta a un uruguayo?

—Sí, es muy bonito. Yo he tenido muy buenos amigos uruguayos, algunos ya se han ido, y otros siguen siendo amigos. Esa forma de pensar, chiquitamente profunda, del personaje, nos hizo ver que era uruguayo. Y curiosamente en España, cuando fuimos a estrenarla, me fui a la Embajada argentina para ver si la podían auspiciar. Y nada, me ofrecieron todo, para no darme nada. Y me fui a la Embajada uruguaya, y nos auspiciaron. Por eso a veces me preguntan si soy uruguayo.

—Usted tuvo en 2006 un accidente, ¿qué le enseño?

—Me reafirmó en sentir eso, que todo es hoy.

Un juego en el tiempo entre dos épocas, y una historia de amor sencilla y emotiva.

Llega a Montevideo un éxito teatral que fue aplaudido en España y en la vecina orilla. En Argentina fue vista por más de 650.000 espectadores, y en España, tras cuatro años y medio en cartel, sumó otros tantos, agotando continuamente localidades. Con la dirección del prestigioso director teatral Manuel González Gil (que ha presentado exitosas obras en El Galpón) y vestuario de Pepe Uría, está versión es un estreno para Uruguay, y se presenta en El Galpón (18 de Julio 1618), en dos funciones, el sábado 28 a las 21.00 y domingo 29 a las 19.00.

Hoy, el diario privado de Adán y Eva promete un texto divertido e ingenioso, que cuenta las peripecias de una pareja, desde la emisión de despedida de un ciclo radiofónico. Una intelectual española (Eloísa, a cargo de Paula Cancio, y un versátil actor uruguayo (Dalmacio, animado por Solá), se intercala y complementa, en paralelo con un reportaje radial hecho hoy al ya octogenario intérprete, por una joven periodista.

Las localidades están en venta por Red UTS, y valen $ 1300, $ 1050 y $ 850.

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