IÑAKI URLEZAGA

"Mi única ideología es la libertad"

Terminada ya la temporada del ballet del Sodre, poco queda para ver al respecto hasta el año que viene. Salvo este domingo 3 a las 18:00, que el escenario mayor del Auditorio Nacional Adela Reta recibirá el prestigioso bailarín argentino Iñaki Urlezaga, que llega con una numerosa compañía.

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Iñaki Urlezaga. Foto: Fabián Uset

"Somos muchos. La compañía de ballet son unos 70 bailarines, y vienen casi todos", adelanta el artista, que presentará un repertorio que recorre el clásico y el neoclásico, a través de varias piezas. Se verá Serenade, con coreografía del gran Balanchine sobre música de Tchaikovsky; Cantares, del coreógrafo argentino Oscar Araiz con música de Maurice Ravel, y finalmente el tercer acto de Raymonda, de Petipa sobre partitura de Glazunov.

"Además de ser muy bonitas, son muy distintas entre ellas. La obra de Balanchine, que hizo por los años 30, es muy épica. Fue su irrumpir con su visión de la danza en los Estados Unidos, catapultándose a temprana edad. Cantares es más contemporánea, de los años 60, con una impronta muy española. Es muy romántica, muy poética, y con un lindo lenguaje corporal para las bailarinas", desglosa Urlezaga.

"Y para terminar, esa Raymonda que muestra el estilo más académico ruso, que resume la gloria de ese legado ruso, esos pasos con los que los rusos se hicieron famosos. Es muy grato de ver", resume Urlezaga, que llega al frente de una compañía que él formó con apoyo del Ministerio de Desarrollo Social de la República Argentina. Por razones técnicas de ingreso de carga, la función programada para el sábado 3 fue cancelada. Quienes hayan adquirido localidades pueden cambiarlas para el domingo 4 en boletería del Auditorio. Tickantel, $ 320, $ 480, $ 640, $ 800 y $ 960.

Bocca en la dirección artística del Ballet del Sodre, Maximiliano Guerra al frente del ballet del Teatro Colón. ¿Es un buen momento del ballet en el Río de la Plata?

—En Argentina está costando mucho. Allá la realidad de la danza no sé si es tan buena. Te soy sincero: no creo que sea el mejor momento artístico. Hoy hay demasiada política dentro de las artes, y cuando la política se entromete en el arte a veces no genera buenos resultados.

¿Y tú a qué distancia te sentís de la política?

—Obviamente soy un ser político, como todos, pero soy totalmente apartidario. La única ideología que yo tengo es la libertad. Hay cosas que me gustan de la política, unas cosas me parecen mejor y otras peor. Pero yo soy un hombre de la cultura, y creo que la verdadera cultura es la diversidad, en la que todo el mundo pueda aportar lo mejor que tenga y desde allí se hace algo superior. Y a veces los políticos tienen algo de egoísmo. Y se pierden lo importante, por la foto y la especulación personal. Por eso he estado al margen de la política. Muchas veces me aburre.

¿Cómo ha sido tu relación con Julio Bocca?

—Nunca tuve mucha relación con él, porque soy de una generación que vino luego de la de él. Lo admiraba como bailarín, luego como maestro, luego como un colega: fue cambiando el vínculo. Ahora yo estoy en mis últimos años de bailarín, y él hace mucho que no baila. Siempre me he sentido cercano a él desde la admiración, sin haber trabajado tanto juntos. Creo que compartí una sola vez escenario con él en Buenos Aires. Y luego, yo viví muchos años en Europa, y él en Estados Unidos. Hemos tenido carreras muy diferentes, contrapuestas.

¿Sentís que recibiste su legado?

—No lo sé. Los artistas son como un hermoso jardín, en el que cada flor tiene su lugar. Ninguna es igual a la otra. A mí, como generacionalmente me tocó venir detrás de él, muchas cosas yo las he tenido muy allanadas por él. Como bailarín y como argentino, yo le debo mucho a Julio. Cuando él comenzó, la danza sí que no era popular en Argentina. Y cuando yo comencé, sí. Y eso es invalorable.

El ballet ha tenido más capacidad para actualizar su lenguaje que la ópera, ¿verdad?

—Creo que el siglo XX modificó mucho la danza clásica, y la ópera no ha evolucionado tanto. La ópera quedó en el clasicismo absoluto, o lo más expresionista de hoy en día. En el ballet no sucedió lo mismo. Porque mientras no ha nacido un nuevo Verdi, o un nuevo Tchaikovsky, en la danza clásica sí aparecieron nuevos coreógrafos que acompañaron los cambios sociales con nuevos textos, con otras profundidades y otra sinceridad. Eso permitió que la danza marcara una gran distancias entre el siglo XX y el XIX, y eso tiene que ver con lo que se disfruta hoy en día.

Hay una camada de coreógrafos españoles que marcó la danza internacional. ¿Cuál te gusta más?

—Nacho Duato me parece que es el más importante, por más que los mismos españoles lo denosten. Yo soy un enamorado del trabajo de Duato, porque tiene un sentido de la estética amplísimo, y una gran sensibilidad musical y física.

¿Te interesa esa modalidad de Duato, de mezclar la danza con la palabra y la literatura, como en Por vos muero?

—Yo no necesito ninguna voz arriba del escenario, ni nada por el estilo. Él tiene una obra que yo bailé mucho, Remanso, sin ningún tipo de voz en off, con música de Granados, que es bellísima y muy poética, sin ningún tipo de literatura.

Y entre los argentinos, luego de Oscar Araiz, ¿ha habido coreógrafos que te interesen, figuras emergentes?

—Coreógrafos emergentes en Argentina hay muchos, pero a mi juicio no creo que haya habido nadie más talentoso que Oscar. Él tiene un universo muy propio, genuino, que lo hace único. Y siempre tuvo un contacto propio con el Río de la Plata, con una mirada muy al territorio. Sus obras tienen mucho que ver con sus raíces, con esta tierra.

Por ser corpulento, ¿te resulta difícil bailar con bailarinas pequeñas?

—No, más que lo físico (más allá de lo estético), es la química entre dos personas. Se entienden o no. No importa la altura, ni el idioma, ni el color de pelo. Todo eso es de un plano más superficial: la danza no va por ahí, o no debería. En Francia hay bailarinas muy altas, y en Rusia. Ahora las nuevas generaciones vienen un poquito más altas. Igual siempre es más difícil para una mujer alta bailar que para un chico alto.

¿Tu gran altura te supuso un problema como bailarín?

—Tengo una relación muy armónica con mi cuerpo, no tengo problemas, sino me hubiera lesionado mucho. Y no me ha sucedido. Y tengo una forma inteligente de trabajar mi cuerpo. La altura que Dios me dio me encanta. Parte de mi trabajo es gracias a la altura que tengo. Al contrario, no sé si me hubiera gustado ser bajo. Mido un metro noventa. Pero nunca fue un problema para mí mover mi cuerpo. Por ahí me hubiera gustado otra calidad de cuerpo, otra figura. Pero la altura, no. Agradezco cada centímetro que Dios me dio.

Tú viviste en Londres de joven, ¿qué te dejó esa experiencia?

—El coraje de ser yo mismo. En Londres tomé contacto con gente que tenía ideas y las llevaba a cabo. El miedo no los paralizaba. Y allí me eduqué con ese derecho de pensar que uno también puede. Ese freno de no hacer algo porque tal vez no se pueda hacer, no lo tengo. Crecí con ese modelo. Yo soy de hacer y después veo qué pasa, si me gusta o no.

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