Sergio Boris

"Para mí, el tiempo es nuestro lujo"

La obra transita entre dos hermanos, una farmacia, un visitador médico y dos travestis. Se trata de historias de derrumbes sentimentales, amores prohibidos, mandatos familiares. “Viejo, solo y puto” va hoy y mañana a las 21.00 en el Solís. TickAntel: $ 450. El director habló con El País.

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El escenario mayor del Solís recibe a "Viejo, puto y solo". Foto: Difusión

—¿Cómo ubicás este espectáculo en tu carrera?

—Esta es mi quinta obra que dirijo, y para mí es central: la estrenamos en 2011, luego de dos años de ensayo, empezando a partir de una hipótesis, sin texto previo. La hipótesis era el cruce de farmacéuticos y travestis en el mundo del conurbano bonaerense, sin saber qué nos iba a deparar, qué significaba. Y yo, desde la dirección, encargándome de la construcción del relato: de esa forma, lo central no es lo que se dice, sino los componentes del relato teatral: espacio, tiempo, música. Ahora la obra vuelve a la cartelera de Buenos Aires, es el sexto año, y también viajó mucho. Fuimos a muchos festivales, lo que fue muy interesantes para presentarla ante otros públicos. Y ahora estamos muy entusiasmados con hacerla en Uruguay.

—¿Y sobre el registro actoral?

—Tampoco hay una intencionalidad previa: trabajamos desde el detalles, y desde el signo. Trabajamos sobre ciertos mitos de las relaciones humanas, intentando ir siempre hacia una multiplicidad de planos. Contar varias cosas a la vez. Y esto genera ridiculez, por que lo dramático está junto con lo cómico, o con lo trivial, dentro de algo denso.

—¿Qué sentido toma en la obra la figura del travesti?

—El travesti es un personaje más: no viene a contar el mundo travesti, para hacer una apología de eso. Es justamente lo contrario: ponerlo en el lugar del personaje. Eso creo que es lo mejor, o lo que sería nuestra postura ante lo que sería la condición travesti. Tampoco es el único plano que tiene ese personaje.

—¿Sentís que tu teatro se ubica un poco en ese eje de Ricardo Bartis, Daniel Veronese, Claudio Tolcachir...?

—Creo que hay algo de que Argentina, por su condición económicamente pobre en relación con lo teatral, generó desde hace bastantes años unas posibilidades de creación: lo único que tenemos es el tiempo, ese es nuestro lujo. Para mí Bartis es mi maestro, y mi amigo, e intercambio mucho con él. Para mí es muy importante su mirada. Aparte de haber estudiado con él, me dirigió en El pecado que no se puede nombrar, que para mí fue un corte muy importante en mi vida. Y también en La pesca, que llevamos allí, al Museo del Carnaval.

—Cada vez en tu carrera la dirección teatral está más presente.

—Sí, ahora en abril estoy por reestrenar una obra, que se llama Artaud, y sí, medio que me estoy dedicando más a dirigir. En realidad yo intento que lo actoral y la dirección se alimenten: la mirada de la dirección es más totalizadoras del relato. Y por otro lado, la mirada del actor es de algún modo parcial: tiene una intensidad desde su lugar. Creo también en un trabajo dialéctico entre los actores y el director. Me interesa ese grupo humano, afectivo, que puede generar un hecho monstruoso: una obra no se sabe bien qué significa, qué es. Viejo, solo y puto, por suerte, todavía no sabemos bien qué significa, qué metaforiza.

—Ustedes se han presentado bastante en Francia. ¿El público francés es especialmente permeable a este tipo de teatro argentino?

—Creo que van teniendo una cultura de ver obras argentinas, hace un tiempo que han ido apareciendo varios grupos que han ido a Francia. Creo que les seduce lo que ven del trabajo sobre la actuación. Los actores argentinos, y eso se desarrolla con trabajo. Trabajar sobre los vínculos expresivos requiere mucho tiempo: y en Europa, como es una máquina de generar producciones, hay muchas veces poco ensayo, y pocas funciones de cada obra. Entonces ven nuestro teatro subyugados sobre cómo se cuenta desde la actuación, no desde una idea conceptual.

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