CARMEN BARBIERI

"A mí el humor me salvó de todo"

La actriz y directora llega este viernes al Teatro Metro con una comedia de enredos.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
"Hoy tenés que tener mucho cuidado para hacer humor". Foto: A. Colmegna

Dori (interpretada por Carmen Barbieri) y Oscar (Beto César) se separaron luego de 15 años y el apartamento está a la venta. Aprovechando ese vacío, el del inmueble, cada uno decide por su lado aparecer por allí. También aparece por allí el rematador (René Bertrand), y los enredos se multiplican. Sobre esa trama promete mucho humor Citas peligrosas, de Guillermo Camblor, que llega para dar dos funciones en el Teatro Metro, el viernes 22 y sábados 23, a las 21.00.

"Es una comedia de enredo, un vodevil, de esas que se abren y se cierran puertas, muy bien dirigida por René Bertrand, que aprendió de los grandes, de Gerardo Sofovich. Yo lo conocí de chiquitito, cuando hacía teatro de revista con su papá, César Bertrand. Y después, cuando íbamos a cenar, y René pedía para sentarse a mi lado. Yo era una jovencita y él un nene. Siempre nos reímos de eso: que él, que luchaba para sentarse a mi lado, hoy me dirige. Mirá cómo pasa el tiempo. Él es un genio dirigiendo, y además brillante en esta comedia que es para toda la familia", adelanta Barbieri, barajando pasado y presente.

"Yo he venido a Uruguay con todo: con revista, con comedia, con unipersonal tipo music hall. Yo cambio todo el tiempo: a veces me verás muy encasillada en la revista porque es mi género, fue mi escuela, donde aprendí tantas cosas. Además yo dirijo, y hago la ropa: es una gran y pequeña empresa la revista porteña. Pero no me cuesta saltar de la revista a la comedia, o a un unipersonal. También soy empresaria, pero yo no sé contratar. No sé pelearle la plata a los artistas, ni para mí", adelanta la conocida artista.

Citas peligrosas va en el Metro (San José y Zelmar Michelini, y las entradas están en Red UTS a $ 850, $ 950, $ 1150 y $ 1350.

—¿Un espectáculo tiene más riesgo por lo que se presenta arriba del escenario, o por todo lo que implica la producción?

—El riesgo que tiene el espectáculo, hoy por hoy, en Uruguay, Argentina, América Latina, son los costos, recuperar lo invertido. Cuando tenés un espectáculo grande, es muy difícil. Y es muy difícil ir de país en país, o de ciudad en ciudad. El costo es muy alto y eso frena hoy tantos espectáculos: por eso tan pocos teatros quedan en Argentina. Y acá también: me estaba enterando que ya no hay teatros en Uruguay.

—¿Tú has perdido mucho dinero con el teatro?

—Sí, pero no porque me fue mal, sino porque no sé manejar el tema negocios. Entonces, invierto más de lo que gano. Siempre invertí mucho en ropa: lo que ganaba, se invertía. Nunca llegué a ganar un montón de guita sin poner nada.

—¿Muchas veces los artistas gastan mucho dinero?

—La forma de vida es otra. Comés afuera siempre: cuando hacés teatro, terminás tarde y te vas a cenar. Más cuando salís de gira. Gastás más que en cualquier otro trabajo.

—¿Cuánto fue lo máximo que gastaste en una tienda?

—Muchísimo: 300 mil dólares, invertí en ropa. Cada pluma de faisán sale 60 dólares o más. Y un espaldar lleva a veces 300 plumas, para una chica. Sacá la cuenta. O sea que la ropa de una vedette puede salir 50 mil dólares.

—Contá de tu hijo... ¿en qué es parecido Federico a vos?

—En el humor ácido, negro: hay que entenderle el humor que tiene. En la creatividad, en el vuelo artístico. En lo demás es muy parecido al padre: puntual, exigente, caracúlico, malhumorado.

—¿En Bailando por un sueño a él lo maltrataron por ser hijo de mediáticos?

—El jurado sí, puede ser. Le dicen Carmencito, pero a él no lo ofende, porque está orgulloso de ser hijo mío. Desde muy chiquitito lo maneja muy bien. Mi separación fue muy dura, muy expuesto todo, y él tuvo que remarla como pudo. Lo sorteó bastante bien: es muy inteligente Fede.

—¿Hacer imitaciones lleva a ganarse enemigos?

—Sí, te ligás enemigos. A mí me encanta que me imiten: cuando te imitan quiere decir que sos alguien. Pero hay algunos que no les gusta. Yo hice imitaciones muchos años: y ahora como está Fátima Flores, la gente cree que la única imitadora fue ella. Yo empecé haciendo imitaciones, pero después me dediqué más a la comedia.

—Del humor y al amor puede haber una distancia muy corta...

—Van de la mano, si no hay humor, no hay amor. Y el amor no existe sin humor. A mí el humor me salvó. Soy hija de un cómico, y el humor me salvó de todo: cuando no teníamos un mango, ni para morfar, y hasta de las desgracias más grandes, como perder a mi papá. El humor me salvó.

—¿Lo políticamente correcto cercena el humor?

—Sí, yo estoy muy limitada, y le debe de pasar a muchos cómicos. Porque hay un hilo muy delgado, tenés que tener cuidado porque si hacés un chiste refiriéndote a los gallegos, o a los gais, o a los gangosos, ya te dicen que discriminás. Hoy tenés que tener mucho cuidado para hacer humor. No estamos muy libres los humoristas.

—El lugar que ocupa el sexo en la vida va cambiando...

—Totalmente, varias veces. De joven, no digo que ocupaba el primer lugar, pero era importante. Ahora, para mí, el sexo sin amor no existe. Tampoco existe sin conocer a la persona. Yo estuve 25 años con un solo hombre, con Santiago, y luego es muy difícil encontrar a alguien, desnudarse otra vez delante de otro hombre que no es el que te acompañó durante casi 26 años.

—¿Cómo fue para vos separarse luego de todo ese tiempo?

—Es un balde de agua. Alguien que cuando abrís la puerta te está esperando con un hacha y te la encaja en la nuca. Santiago me abandona, se va de mi casa el lunes, y el domingo (yo cocino muy bien) había hecho un pastel de carne, con pasas de uva, puré de batata. Cenamos como siempre, como todas las noches. Al otro día se fue. Creo que no le cayó bien el pastel de carne. Fue un balde de agua helada: es dedicar la vida a construir un hogar, y nos movíamos en bloque, con Federico y Santiago. Fue de eso a la nada total, a la soledad. Fue difícil acostumbrarme: tuve un año muy malo. Y muy expuesta: quizá hablé mucho al periodismo, conté mi vida. Demasiado, quizás.

—¿Qué está bien hoy en Argentina?

—Hay una cosa que no perdemos nunca los argentinos: la esperanza. Está bien la ilusión y la esperanza. El argentino no pierde la ilusión. Mirá que estamos pasando momentos bravos, pero no la pierde.

—¿Falta en Montevideo infraestrucura de teatro?

—Falta un poco de noche. También está pasando en Buenos Aires, por la inseguridad. Acá en Montevideo faltan teatros. Lástima que no haya más teatros, más noche, más movimiento. Porque al uruguayo le gusta salir. Le gusta mucho ir al teatro.

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moria, la marihuana y drogas en la escena

n "No estoy de acuerdo con el tema de la marihuana. Mi hijo fumaba, creo que no fuma más. Fumé una vez, y tuvieron que llamar a la ambulancia, me hizo un edema de glotis. No estoy de acuerdo con la marihuana, y encima me da alergia. Pero no estoy de acuerdo porque me hace mal: no estoy de acuerdo en salir de mi eje. Me parece que el estado ideal es estar limpio como uno es, con todos tus problemas, tus berrinches, pero ser vos".

"Los que trabajan conmigo no fuman. Bueno, no estoy segura, no los he visto fumar. Bueno, quizá sí fumen. Moria dice que tendrían que legalizarse todas las drogas, para que la gente no quiera consumir lo prohibido. Yo creo que el artista tiene que estar como es sobre el escenario: no tiene que tomar, ni pastillas, ni vino, ni alcohol, ni fumar", afirma la actriz.

Dos cómicos en la vida de una actriz cómica

—¿Cómo recordás a Porcel?

—Muy egoísta, egocéntrico, muy especial, no muy querido por el ambiente. Eso porque también era una estrella, un gran triunfador. Antes que Olmedo sea lo que es hoy, un mito, Porcel fue antes una estrella. Millonario, y muy egoísta en todo: con los sentimientos, con el dinero. Pero yo me enamoré de él. Muy gracioso, muy inteligente, muy culto. Lo que sé de pintura es gracias a él.

—¿Cómo recordás a tu padre, Alfredo Barbieri?

—Siempre lo tengo presente. Lo recuerdo de smoking, antes de salir a escena, sin cruzar los brazos para que no se arrugaran las mangas del saco. Yo era muy compañera de él: medio que la dejábamos afuera a mamá, pobre. Mamá nos decía que hablábamos todo el tiempo de cine, de teatro, de televisión, y ella quedaba afuera. Era verdad.

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