ENTREVISTA

María Rosa Fugazot: "No me gusta ese tipo de feminismo: acusar a alguien 10 años después de que te tocó"

La actriz argentina se presenta junto a un gran elenco, desde este viernes en Teatro Metro con La ratonera.

María Rosa Fugazot
María Rosa Fugazot, camino al Metro. Foto: Leonardo Mainé

María Rosa Fugazot, actriz y exvedette argentina de larguísima carrera, se presenta este viernes en Teatro Metro, con un gran elenco, que comparte con Hugo Arana. Y viene a hacer un título histórico, que ha sido récord de permanencia en cartel en Londres: La ratonera, de Agatha Christie. Valentina Bassi, Gloria Carrá, Fabio di Tomaso, Matías Scarvaci, Walter Quiroz y Daniel Miglioranza completa el reparto, que dirige Jorge Azurmendi, y que promete explotar al máximo los pasajes de suspenso del espectáculo, y también los de humor. Va viernes a las 21.00, sábado a las 20.30 y domingo a las 20.00. Abitab, de $ 990 a $ 1690.

“Mi personaje es Señora Boyle, una mujer muy agria, con un humor muy jorobado, que descorcha a todo el mundo con su mal humor y sus exigencias. Creo que el gran mérito de Agatha Christie al hacer esta obra, fue no solamente que mantuvo el suspenso, sino también los toques de humor que le dio a todos los personajes. Ella se encargó de exagerar un poco cada personaje, con una cosa muy de época. Entonces el público se ríe con las cosas que pasan en escena, pero sin perder de vista el hilo del misterio. La gente se engancha buscando quién puede ser el asesino”, adelanta Fugazot.

-¿Te acordás de la primera vez que viniste a actuar a Montevideo?

-Viene como bailarina, al Solís. Tendría 17, 18 años. Me quedó grabado porque teníamos unos vestidos españoles, como de sevillana, con mucho vuelo. Y cuando nos estábamos aprontando, una compañera mía encontró un alacrán en su vestido. Nos agarró un ataque: todas sacudiendo los vestidos por los pasillos del Solís. Pobrecito alacrán, quién sabe de dónde había salido.

-¿Cómo recordás tus primeros años de vedette?

-Con mucha alegría. Tengo amigas todavía de aquella época, hoy, con nuestras edades. La revista fue un gran aprendizaje. Te daba una gran velocidad para resolver, para cambiarte el vestuario, para todo. Y hacerlo rápido, sin perder la energía. Hay gente que cree que la revista es denigrante. Había gente que te decía que perdías valor como artista haciendo cosas así cómicas, de revista. Y yo les decía, que mis valores los tenía yo, y que siempre iban conmigo. No depende de lo que hago como artista.

La ratonera
La ratonera, un clásico del teatro de suspenso, en su versión porteña. Foto: Difusión

-¿Recibías muchos regalos?

-Sí, había, pero yo no era de recibirlos. Y así estoy de seca. Si hubiese aceptado regalos hoy tendría algo. Pero tengo el orgullo de poder decir que todo lo que tengo me lo gané con laburo. Si hubiese aceptado regalos habría viajado muchas veces por Europa: pero siempre pensaba, que si me ofrecían algo, luego me iban a pedir que de algún modo se los pagara. Y no tenía ganas de caer en eso.

-Cambió mucho Calle Corrientes desde aquellos tiempos.

-Todas las épocas tiene cosas buenas y cosas malas. Ahora la Calle Corrientes la han arreglado, está muy bonita, peatonal. ¡A lo mejor perdió alguna cosa, pero no es lo más problemático que le pasó a Argentina que haya cambiado Calle Corrientes! Hay cosas peores.

María Rosa Fugazot
María Rosa Fugazot, en La Ratonera. Foto: Difusión

-¿De los grandes cómicos con los que trabajaste, cuál tenés más presente?

-Todos. Ahora, mi amigo personal, se llama Alberto Olmedo. Con su muerte terminó una época. Pero él nunca se creyó más de lo que era. Al revés, él era mucho más de lo que se creía. Él era buen actor, pero no se veía así. Tenía una gran máscara, y sentimientos: porque sin sentimientos no podés comunicarte con el público. Y era como Jaimito: todo el tiempo jodiendo. Era un pibe. Igual hacía pis en una rueda de auto.

-¿Y Jorge Porcel?

-El Gordo era un zarpado. Yo le decía siempre, ‘vos tené cuidado, porque un día me agarrás cruzada y te pego una trompada. Entonces cuando yo aparecía, él decía ‘ahí viene la gallega torcida’. Yo lo amenazaba con fajarlo. Y él me decía, ‘te soplo y te tiro’. Pero nos llevábamos bien. 

-¿Salían a cenar con él luego de la función?

-Sí, salíamos del teatro preguntándonos a dónde íbamos a ir a cenar. Y en Mar del Plata, en la época de oro, me acuerdo que íbamos a comer, y después íbamos al Torreón, porque a las tres de la mañana salían las medialunas. Y comíamos las medialunas recién salidas del horno, con champán. Era el chiste. Todo eso se fue, con una época.

-Había algo como más ingenuo en esa época.

-No sé. Pero las cosas que hacía Olmedo, o El Gordo, hoy no las podés hacer. Con la cuestión del feminismo están todos locos. Y no sé si me gusta el feminismo. Al menos, no me gusta cómo lo plantean. Una señora con todo al aire, haciendo pis en la catedral, a mí no me representa. No me gusta ese tipo de feminismo: acusar a alguien 10 años después de que te tocó, me parece una ridiculez. A mí me tocaron cuando era chica, y se comieron una hostia. Como era correspondiente. Era la lógica: en el momento, no diez años después, cuando el tipo tampoco puede probar que no fue. No es esa la justicia

-¿Sos nostálgica de aquellos tiempos?

-Soy nostálgica de lo bueno. De los tiempos en los que salías de trabajar y te ibas con tus compañeros hasta las cuatro de la mañana, y después te volvías tranquila caminado a tu casa. Y ahora es peligroso salir dos cuadras a comprar cigarrillos. Eso me angustia: y no es por hambre. Es porque para muchos es más fácil robar que trabajar, y se han acostumbrado a eso.

-¿Cuál es la clave de hacer reír?

-No sé, yo digo lo que pienso y lo que siento, y en el escenario, creo que la clave es tener la mayor naturalidad posible, dentro de lo que compongas como personaje. Tanto el llanto como la risa se logran con absoluta verdad, y en eso consiste mi trabajo cuando busco un nuevo personaje.

-¿Siempre fuiste graciosa desde niña?

-No sé, mi papá siempre se reía conmigo. Entonces, si mi papá (¡que era uruguayo!) se divertía, y entonces me quedó esa cosa que si él se reía, y aceptaba lo que yo hacía, era porque estaba bien. Aunque cuando yo empecé a bailar y a trabajar en teatro, estuvo muy enojado. No me habló por un mes. Y yo estuve muy angustiada por eso. Y cuando empecé a hacer teatro más en serio, me vino a ver. Y se emocionó. Y yo me emocioné de ver su emoción. Me acuerdo que me palmeó la cara, y se fue, sin decirme nada. Pero yo sentí que de verdad yo estaba haciendo algo bien hecho.

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