Circo kroner

La magia de la sangre de aserrín

La maga Evelyn Kroner cuenta cómo es la vida tras las bambalinas de una familia circense

Circo Kroner
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Evelyn Kroner está en su casa, que más allá de estar sobre ruedas, es normal, acogedora, con una decoración modesta en la que sobresale una prenda brillante que, es de imaginar, la anfitriona vestirá más tarde. Evelyn se maquilla e impresiona la exactitud del delineador y el labial carmín, porque mientras recorre anécdotas y habla de cómo es la vida del artista de circo, se transforma en la maga que media hora después sorprenderá sobre el escenario. Esta señora que es la cabeza de la tradición familiar y a la que algunos llaman la dueña, creció en las bambalinas de la carpa gigante y no se imagina en otro lugar, como su abuela, que mantuvo la palabra de que solo saldría del circo para morir.

Cuando tenía 15 años trató de dejar el circo y establecerse en la ciudad para estudiar. Se quedó a vivir con su otra abuela, pero a los 18 volvió. No se acostumbró y aunque sabe que la vida puede dar vueltas, no logra imaginarse de otra forma. Además, aquí está su familia, con ella viajan su hijo de 15 años y está practicando para ser parte del globo de la muerte - esa esfera de hierro donde seis motos hacen piruetas- con sus hermanos y su padre. Es una tradición que viene desde sus tatarabuelos, que se mudaron de Alemania a Brasil haciendo circo y allí se quedaron.

Circo Kroner. Foto: Mateo Vázquez
Foto: Mateo Vázquez

Cuando niña, además de corretear con los otros de su edad entre las casas rodantes e ir a la escuela, se compenetraba viendo la elegancia y la clase que tenía su abuela trabajando con la magia. “Le decía a mi mamá: ‘¡quiero ser bruja, quiero ser bruja!’, y bueno, salí casi bruja, soy una maga”, comenta.

Su show de magia es corto, pero cuando está en el escenario con los asistentes vestidos de reyes egipcios la gracia y elegancia permiten imaginar a su abuela, 30 o 40 años atrás. Además, aunque uno ya sepa que son trucos, no hay nada más cautivante que ver cosas que a simple vista no podemos entender.

Sucede con los malabares, podemos verlos en las esquinas de la ciudad todos los días, pero ahí, con las luces, con la voz del presentador que le pone euforia hasta el más mínimo detalle, parece único.

No solo los espectáculos resultan sorprendentes cuando uno se acerca a esos barrios ambulantes. En este caso son 80 personas que viajan juntas, que a veces son vecinos con discrepancias típicas de la convivencia, pero que cuando la circunstancia aprieta se vuelven familia y pasan Navidad, Año Nuevo o los cumpleaños juntos. Para Evelyn es la vida normal, los chicos van a la escuela, los adultos ordenan las casas, cocinan, lavan la ropa y, como en cualquier empresa, hacen mantenimiento, difunden el show y entrenan, porque de noche todos se convierten en artistas y hacen “lo imposible por brillar”.

Y en el circo, como buen equipo, todos hacen de todo, porque al final de cuentas, además de artistas son laburantes que necesitan vivir el día a día. Por eso, cuando los trapecistas, los motociclistas o los equilibristas no están sobre las cuerdas flojas, los trapecios o en el globo de la muerte, se los ve al frente de la carpa: ni el pop ni los globos de Mickey Mouse o Pepa Oig se venden solos.

El Circo Kroner viene cada año a Montevideo y al interior: para Evelyn es una tradición que disfruta, porque de tanto venir, ya hay gente que se hizo amiga, que los ve entrar y envían fotos de los camiones llegando. “Nos pasa de gente que venía cuando era chica y que vuelven a traer a los hijos. O de novios que vuelven casados y me gusta bastante estar en la familia de los uruguayos”, confiesa la maga. Y después están quienes aprovechan la llegada del circo para tener una fuente de ingreso, Lilian, por ejemplo, hace 54 años que acompaña a la familia Kroner cada vez que llega al país.

Esta vez el Kroner se instaló en la avenida Giannattasio, frente al Geant, donde por Semana de Turismo espera a su público de lunes a sábado a las 15.00, 18.00 y 20.30 y los domingos a las 11.00, 15.00 y 18.00. Las entradas, que se pueden comprar por Red Uts o en boletería, van de 300 a 700 pesos.

Esa relación asidua con Uruguay obliga a renovar el espectáculo. “Un año es poco tiempo y la gente puede decir que no quiere venir otra vez porque ya vio todo”, reconoce Evelyn y cuenta que ahora trajeron artistas de Ecuador y otros brasileños que andaban girando por Europa. Los payasos también cambiaron, Tatín y Chingolito, dos hermanos uruguayos que estaban en Brasil se sumaron al espectáculo.

A estos hermanos les sucedió más o menos parecido que a Evelyn, son la cuarta generación de payasos, están convencidos de que nacieron para estar ahí y disfrutan cada momento: se los ve con una sonrisa mientras reciben a las familias en el hall y sus ocurrencias hacen que la espera entre cada acrobacia no resulte tediosa. Podría parecer un peso tener que estar alegres todo el tiempo, pero para ellos es como terapia y cuando están ahí, confiesan, se olvidan de todo.

Aunque a la función a la que asistió El País no fue mucha gente -afuera llovía torrencialmente-, los que estaban no escatimaban ni en risas ni en aplausos y hubo hasta quienes se animaron a ser víctima de Tatín y Chingolito.

CAMBIOS. Kroner fue uno de los primeros circos brasileños en abandonar los números con animales. Para ellos no fue nada fácil porque era lo que más atraía a los niños y tuvieron que compensar con espectáculos que los colmaran de la misma manera. En esto Olaf fue un acierto, hay que ver la cara de los más chicos cuando entra el personaje de Frozen a bailar.

Y aunque puede parecer difícil de entender, los cirquerosestaban acostumbrados a los animales, algo naturalizado que venía de generación en generación; por eso decidieron elegir lugares donde pudieran estar en contacto con ellos. Cuando dejaron a la elefanta, por ejemplo, el padre de Evelyn se alejó del circo por dos años para poder quedarse con el mamífero y acostumbrarlo a su nuevo hogar, “para ella era un cambio gigante y además era nuestra mascota”. Pero la maga está convencida de que todo fue para mejor, y que su cometido es mantener la tradición del circo, por lo que si la gente no quiere animales, entonces tienen que respetar y seguir.

Aunque se renueva, el espectador puede estar tranquilo. La magia y la adrenalina de ver a los trapecistas volando -empezar con los hermanos Jesús y Antuan saltando en el péndulo de la muerte es buena manera de preparar los nervios-, la incredulidad de ver a los malabaristas, la risa y el buen humor se mantienen, y hay que admitir que los payasos llaman a la nostalgia de la niñez. La clave, según Evelyn, está en mantener la tradición: muchos números y los clásicos que todos esperan ver. “El circo es el arte que uno tiene en la memoria desde que es chico, sobre todo porque eran momentos con los abuelos, con los padres o con los tíos que lo traían. Aparte es un show en vivo donde todo puede pasar y eso te tiene temblando”.

Circo Kroner
Humor. Los payasos se divierten haciendo reír a su público. Foto: Mateo Vázquez

Dos uruguayos que se fueron con el circo

Tatín y Chingolito dicen que en lugar de sangre, por las venas les corre aserrín. Por eso, cuando crecieron, y aunque eran felices viviendo con su madre en Uruguay, correteando por las calles de su barrio y jugando al fútbol, fueron a visitar a su padre, un payaso chileno, y no salieron más. “Es más fácil ser de ciudad y entrar al circo, que salir. Una vez que entraste, te enganchaste, y te va a llevar”, dice Chingolito.

Un día en un circo es a las corridas, cuenta, y aunque a veces la cosa está tranquila y pueden tomarse un rato para el mate, nunca tienen idea de lo que puede suceder.

En el espectáculo, hacen su entrada, salen, se cambian de ropa y entran de nuevo. Tienen que estar siempre atentos, porque ante un error, una falla, el payaso es el comodín.

Por más que siempre sea la misma función, pasa el tiempo, pero los nervios continúan. Dicen que el día que no haya “más mariposas en la panza” antes de entrar, tienen que dejar de hacerlo porque sería una alerta de que ya no les gusta tanto.

Son la cuarta generación de cómicos del lado chileno de su familia, y creen que lo más lindo es traer alegría a los niños, entrar en escena y ver las sonrisas. Para Tatín el mundo está “tan complicado, tan lleno de problemas, que la gente ahí por lo menos puede olvidarse de todo”, tratan de que el adulto que entra, se convierta en niño y que los niños crezcan más sanos, “que por lo menos por un segundo todos se rían”. Además, para ellos es como una terapia, un momento en el que nada pasa por sus cabezas, salvo divertirse.

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