MARCIA HAYDÉE

"Hay bailarines que crean junto con los coreógrafos"

Figura del ballet a nivel mundial, la coreógrafa llegó a Uruguay para escenificar Carmen, lo nuevo del Ballet del Sodre

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Marcia Haydée. Foto: Auditorio Sodre

Tener a la artista brasilera Marcia Haydée trabajando como coreógrafa en el Ballet Nacional Sodre, para poner en escena Carmen, es una circunstancia maravillosa para la cultura uruguaya. Nacida en Niterói, esta exbailarina de ballet, coreógrafa brasilera y directora de compañías de danza, está considerada una de las más notables exponentes de la danza moderna de posguerra. Fue la musa del coreógrafo John Cranko en el Ballet de Stuttgart: en Alemania fue llamada La María Callas de la danza, y a lo largo de su carrera bailó junto a Rudolf Nuréyev y Mikhail Baryshnikov, por solo citar dos de sus compañeros de ruta. Entre otros hitos de su carrera, se desempeñó como directora del Ballet de Stuttgart y del Ballet de Santiago de Chile.

"Para mí es un placer estar acá en Montevideo, una ciudad que siempre me gustó mucho. Tengo 79 años, y cuando era jovencita, a los 14, yo estaba en el Ballet de Río de Janeiro, y el profesor que me formó se llamaba Vaslav Veltcheck, y él en un tiempo estuvo trabajando en Montevideo. Y él me trajo a trabajar aquí".

"Me acuerdo que me mamá unavez le preguntó a Veltcheck si yo tendría condiciones, y él le dijo: señora, deje a su hija, que va a ser una gran bailarina. Y fue así que sucedió", cuenta Haydée, que une un tema con otro con total naturalidad. "Ahora estoy casada, hace 21 años, mi marido es más joven que yo, y no tiene nada que ver con el ballet. El es maestro de yoga, no le gusta mucho el ballet. Y eso me fascina, porque cuando llego a casa, y quiero hablar de mis problemas, me dice, Marcia, no quiero ni oír."

—Usted ha vivido en muchos países, ¿cuánto conserva de brasilera?

—Me fui de Brasil cuando tenía 15 años, y solo he vuelto para visitar a mi familia. Viví siempre en Europa, pero creo que tengo mucho de brasilera. Y al mismo tiempo soy muy alemana: me casé con un alemán, me fascinó trabajar allí, la disciplina que tienen. Creo que tengo una mezcla: cuando vengo a América del Sur creo que soy muy brasilera, y cuando voy para Europa, soy más europea.

—¿Cómo era bailar con Nuréyev?

—Bailé muchas veces con él. A mí me ayudó mucho, en todas las piezas clásicas, Lago de los Cisnes, Giselle. Fue un hombre al que admiré mucho, que trabajaba cada detalle. Conmigo tuvo una generosidad muy grande. Era un apasionado, y tenía una enorme sabiduría sobre la danza clásica. Esa mezcla no solo hacía de él un bailarín increíble.

—Con Baryshnikov también trabajó.

—Sí, pero menos. Con él hice unos espectáculos, pero con Nuréyev tuve una relación más fuerte. Ambos eran fantásticos, pero Nuréyev tenía algo especial: era como un animal salvaje. En el escenario tenía un poder, un carisma muy grande. Y como lo conocí muy bien, porque trabajamos muchas veces juntos, yo siento que Nuréyev era más especial aún que Baryshnikov.

—¿Usted empezó en la Compañía del Marqués de Cuevas?

—Sí, él era un hombre increíble, un chileno que en los años 50 y 60 se tornó muy conocido en toda Europa. Los chilenos no saben verdaderamente lo que tuvieron con él, lo que él fue. Fue un gran nombre de la danza en Europa. Me acuerdo cuando yo era una chica joven, estar dando un espectáculo, y verlo al Marqués, con su amigo Salvador Dalí a su lado, y del otro lado a Serge Lifar. Los grandes nombres estaban en las manos del Marqués, todos eran parte de su séquito.

—Y también trabajó con Maurice Béjart.

—Yo amo a Béjart. Con él bailé Bolero, y él hizo para mí Divine, que era sobre las grandes divas, como Greta Garbo y Mata Hari. También bailé su Romeo y Julieta, y Gaîté Parisienne. También Isadora. Bailé muchas cosas junto a él, y además era un gran amigo.

—¿Y cómo era de temperamento?

—Podía ser muy difícil, muy cortante, y al mismo tiempo muy cálido. Él hizo para mí Madre Teresa y los niños del mundo, donde yo tenía que decir las enseñanzas de la Madre Teresa, y lo tuve que hacer en francés, alemán, inglés, español, portugués, italiano, y un poco de ruso. Por muchos países lo hicimos. Él creaba con el bailarín. Te miraba y empezaba a crear.

—¿Y a John Cranko cómo lo recuerda?

—Era fascinante. Él me formó: fue mi Pigmalión. Yo lo amaba, bailaba para él. Y él guió mi carrera, me dio todo para que yo llegara a ser una gran bailarina. Cranko es parte de mí. Por eso, cuando falleció, la compañía quiso que yo me hiciera cargo de ella. Me veían a mí como parte de él.

—¿Cómo era la técnica de trabajo de Cranko, cómo surgían las coreografías?

—Él no era de sentarse e indicar lo que quería. Yo entraba en el salón, con mi partenaire, y la coreografía surgía entre los tres. Surgía de esa relación que teníamos. Yo oía la música, sabía lo que Cranko quería, y él me daba unos lineamientos: ahí nacía la coreografía.

—Como que hay algunos bailarines que son más creativos a nivel coreográfico.

—Totalmente. Hay bailarines que crean junto con los coreógrafos, que nacieron para trabajar con ellos. Y otros que nacieron para hacer los ballets que ya están hechos, que nunca van a cambiar. Yo nací para que los coreógrafos hagan lo que quieran de mí.

—¿Cuál fue la mejor función que dio en su carrera?

—No podría decir la mejor, pero la más emocionante, por el cambio que supuso en mi vida, fue cuando presentamos Onegin, de Cranko, en Nueva York. Me hizo conocida de un día para el otro. Nuestro empresario nos había dicho: si después del primer acto, el público no está parado aplaudiendo, ya pueden ir haciendo las valijas. La presión era enorme. Y efectivamente, cuando terminó el primer acto, el público aplaudía como loco. Al día siguiente del estreno, yo ya era conocida en Nueva York. Eso que dicen, que en Nueva York te podés convertir en estrella de la noche al día, es verdad. Llegué como desconocida, y luego del estreno ya estaba en los periódicos.

—¿Cómo ve al ballet acá en Uruguay?

—Acá hay un público que ama el ballet, tanto que el BNS está dando hasta 14 funciones por cada título. Eso es algo que no se tiene en Chile: allí no había tanto público para el ballet. Se tornó, luego de años trabajando allí, formándolo.

—Usted tiene una relación con Uruguay que se remonta a mucho tiempo atrás.

—Vine a menudo al Ballet del Sodre cuando estaba Vaslav Veltcheck, porque él era mi maestro. Después estuve años y años sin volver a Uruguay. Y luego ya empecé a venir con el Ballet de Santiago: creo que estuvimos en el Solís, hacia 2005, justamente con Carmen.

—¿Tiene algo de Carmen?

—Sí, totalmente. Soy una fiera, pero una fiera que puede ser domada.

Haydée y Bocca: larga amistad dentro y fuera del ballet. Foto: archivo El País
Haydée y Bocca: larga amistad dentro y fuera del ballet. Foto: archivo El País

Dos viejos amigos del escenario.

"Yo lo primero que tengo que decir es que yo amo a Julio Bocca, como lo que fue como bailarín, y lo que es como persona, y como director, por lo que ha conseguido hacer acá, con el Ballet del Sodre. La única cosa que me duele, es que nunca tuve la oportunidad de bailar con él. Eso quedará para otra vida", comenta con humor Marcia Haydée, cuya carrera, sin embargo, se cruzó varias veces con la del director artístico del BNS.

"Cuando hice mi versión de Bella durmiente en Stuttgart, Bocca vino a bailar invitado por mí. Cuando llegó, me impresionó no solamente cómo bailaba, sino también cómo enseñaba a los bailarines de mi compañía. Y él tenía una paciencia de santo. Me tocó muy hondo ver lo generoso que era con su sabiduría", cuenta la coreógrafa, quien explica que por recuerdos como ese no dudó al ser invitada ahora a poner en escena Carmen, que el próximo jueves 11 sube a escena, hasta el 21 de agosto.

"En los días que llevo acá, es un placer trabajar con estos bailarines. Tienen una capacidad técnica, que Bocca ha conseguido en seis años que hace que está al frente de la compañía. Es casi un milagro: Cranko siempre decía que se precisa un mínimo de 10 años para formar una compañía: y Bocca ya lo consiguió en seis. Lo que será el BNS en diez años, no me lo puedo ni imaginar".

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