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"Gutenberg", una apuesta a trabajar en el megashow uruguayo

Las conquistas y las limitaciones de un show que movió mucho público, muchos artistas y mucho dinero

Gutenberg. Foto: Marcelo Bonjour
Gutenberg. Foto: Marcelo Bonjour

El megashow que se presentó en la noche del sábado Antel Arena fue la primera gran producción nacional que se vio en el flamante estadio, y dejó una sensación mezclada, con logros y limitaciones. Por un lado, algunos de los logros son fantásticos, tanto en el uso de la tecnología digital, como en el trabajo de los artistas en vivo, y fundamentalmente, la fusión entre ambos.

Algunos momentos del show estarán entre lo mejor de la temporada. El trabajo en un escenario con 360 grados de frente fue una de las conquistas estéticas y técnicas del megashow, y las proyecciones consiguieron un efecto poderoso, muy bien subrayado por la música. 

El show ofreció al inicio una interesante coreografía de Eric Martín, que jugó muy bien con el tema de la imprenta y la antigua impresión gráfica. El asunto fue retomado por el trabajo de visuales, que recorrió con sostenido ritmo toda una serie de elementos vinculados a la comunicación gráfica a lo largo de la historia, desde los jeroglíficos a la imprenta. Desde la tinta haciendo su efecto sobre el papel, hasta el trabajo de los tipos móviles.

La primera gran sensación, y quizá la mayor de la noche, fue la gran performance de María Noel Riccetto, con una danza que integró los pasos clásicos con una coreografía contemporánea, de corte expansivo, que ella interpretó con la soltura y el brío habitual. El vestuario la favoreció, con un atuendo que producía un efecto asombroso. 

Quizá todo ese momento fue lo mejor del espectáculo: la bajada de la gran pantalla, una cortina que abarcaba 360 grados, y luego la notable intérprete bailando dentro. En ese tramo se logró algo difícil, que es sortear ese juego de escalas que conlleva todo megashow. La escala humana y la altura de la pantalla se conjugaron perfectamente. El logro es importante, aunque no fue sostenido a lo largo de toda la representación.

El espectáculo tuvo una división en cinco actos, quizá demasiado marcada. Casi como cinco breves shows independientes. En el segundo tramo, denominado Ciencia, entró en escena la compañía de animación de Martín Romanelli, para armar un muñeco de altura descomunal, que a la vez sirvió de pantalla.

La factura más artesanal de esa creación (algo precaria al ser vista de cerca), contrastó con la limpieza del número que la precedía. La escenificación contempló detalles, como ofrecer un trabajo coreográfico mientras los manipuladores trabajaban con el enorme objeto. Y una vez armado el gigante en el escenario, las proyecciones aportaron todo otro juego de imágenes, símbolos y sentidos, tan bien concebido como realizado.

Luego reapareció el trabajo aéreo, que ya había estado presente en la apertura, con la presencia de un astronauta que llega a la luna, la prensa que lo registra, y una pareja que lo mira por televisión desde el living de su casa. La postal más famosa de 1969, y quizá de todo el siglo XX. Y Eric Martin la resolvió coreográficamente de un modo fantástico, jugando con esa pareja que parece enloquecer mientras mira el alunizaje. Aunque también el personaje del astronauta luego quedó como un poco perdido.

Pero como megashow, el espectáculo en su conjunto tuvo momentos en los que perdió potencia, ofreciendo una variedad de lenguajes que no fue fácil redondear orgánicamente. Y la potencia de sus primeras escenas no se consiguió sostener. Sin duda el episodio cuatro, con la entrada de Stéphane Chivot y su monólogo cómico, fue lo que más costó integrar al show. Fue muy difícil amalgamar una humorada (sobre el remate del Antel Arena), en medio de un show apoyado en grandes efectos. Y la intervención, basada en una mirada irónica sobre el arte y el dinero, no causó mucho humor y cortó bastante el fluir del espectáculo.

En otros tramos el megashow también se vio algo descarnado, sin la unidad que había alcanzado El delirio, el antecedente de este show que se vio el año pasado en el Centenario. Si bien la participación de Eiko Senda con “Un bel di vedremo”, de Madama Butterfly, estuvo excelente, la cantante quedó algo desamparada en el gran escenario. Pedro Dalton hizo una entrada triunfal y una buena performance, pero su salida fue poco esplendorosa. Quizá también se esperaba mayor presencia de trabajo aéreo, dentro de un show al que le costó sostener la fuerza que propuso al inicio.

Además, serios problemas de visibilidad en un sector del área denominada Campo hicieron que parte del público se quejara vehementemente, siendo trasladado a otro sector del estadio.

Quien sabe apreciar los avances del arte escénico nacional, seguramente valore algunos logros que se alcanzaron, tanto en los aspectos logísticos del montaje y su sincronía, como en el difícil trabajo de 360 grados. Pero el show en su conjunto dejó una sensación de algo desparejo a la hora de pasar raya. La música fue maravillosa. Y el público aplaudió con fuerza, tanto a las primeras figuras (Riccetto, sobre todo), como los efectos digitales, pero se retiró algo frío, y quizá un poco extrañado del resultado.

Gutenberg. Foto: Marcelo Bonjour
Gutenberg. Foto: Marcelo Bonjour
pasando raya

Gran futuro para la mega producción escénica local

La música fue uno de los elementos seductores de Gutenberg, y sonó muy bien en Antel Arena. Fue como una fiesta en ese aspecto. Hubo una fuerte presencia de ritmos electrónicos que versionaron clásicos de diversa índole, con un resultado fuera de serie. Sin embargo, el efecto envolvente que prometía este megashow, no pareció concretarse. Por el contrario, la escena tuvo en ocasiones una dimensión acotada.

Un logro que sí conquistó esta producción fue el juego de sentidos del tema: la imprenta, y la comunicación tecnológica y su efecto social. Al respecto, el texto en off expresó algunos conceptos de corte poético, que aportaron reflexión y contenido. Tal como había sucedido en El delirio, Andrés Varela logró una feliz conjunción de qué decir y cómo, más allá de no conquistar un sentido tan orgánico en esta ocasión. La obra tiene unos toques poéticos en el texto que son apreciables a nivel de dramaturgia.

Hubo coreografías muy originales y otras más previsibles. Pero hay un mérito enorme en reunir a artistas de distintas disciplinas, y que los públicos se mezclen. Juntar a María Noel Riccetto con los tamboriles de C. 1080. Y con bailarines jóvenes, de pronto no muy conocidos, pero con enorme energía, y una gran sonrisa en el rostro, hecho que también es importante. Porque las caras de los bailarines expresaban alegría.

En estas semanas han sido bastantes y buenos los shows multitudinarios que vivió Montevideo, desde Roger Waters en el Estadio Centenario, hasta Serrat en Antel Arena. Pero Gutenberg es una apuesta distinta, porque el espectador no sabe qué va a ver hasta que lo está viendo. Y el público que asiste, es gente que sigue la producción escénica nacional, que le interesa qué están haciendo los artistas de su país. La convocatorio fue muy buena, y en ese sentido, es prometedora de una línea de trabajo a seguir, y que tiene mucho para dar, a los artistas y al público.

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