Entrevista a Nidia Telles

“Como faltan maestros, se llenó de discípulos”

La reconocida actriz se presenta desde este sábado con su nuevo espectáculo, He nacido para verte sonreír

Nidia Telles
Nidia Telles, con un nuevo personaje. Foto: Fernando Ponzetto

Es una de las grandes actrices uruguayas de su generación, y ha lucido tanto en espectáculos unipersonales, como en obras muchas primeras figuras, como Viaje de un largo día hacia la noche, su último trabajo en la Alianza, un par de temporadas atrás. Este sábado vuelve a esa sala con He nacido para verte sonreír, del argentino Santiago Loza, obra que ya trajo a Montevideo la actriz española Isabel Ordaz. Tickantel.

-¿Cómo describirías la obra?

-Es una madre y un hijo, con la característica que la que habla es la madre. El hijo no habla. No es un misterio la relación que hay entre ellos, se nota desde que empieza la obra. Pero no quisiera desvelarla, porque creo que es algo que le pertenece a ese misterio del teatro. La obra tiene que ver con esa situación que se crea cuando tenés que elegir entre lo que tenés que hacer, y no querés hacerlo.

-¿Cómo ves todo este asunto de Franklin Rodríguez y El Galpón, SUA y FUTI?

-Muy feo, muy doloroso realmente. Para mí tiene dos etapas. La primera es con El Galpón, que es entre esa compañía teatral y Franklin. Punto. Cada uno tendrá sus razones. Pero uno tiene derecho a hablar, a decir lo que quiera de un elenco. Franklin tenía todo el derecho de hablar.

-El asunto con la SUA es distinto.

-Es distinto. No me gusta que SUA haya salido, no te digo en defensa de El Galpón, pero... bueno, hay suspicacias. Además, nada de lo que ha dicho Franklin es nuevo. No podemos ofendernos porque pensemos distinto. Entiendo que lo de Franklin y El Galpón es un problema de ellos: pero lo de SUA me parece mal. Ojalá que se hable y se tolere. Y que no te corran con el poncho, y por la fuerza. Eso de la fuerza del más fuerte, no tiene que ser así.

-Se han perdido muchos grandes directores a lo largo de tu carrera.

-Sí, yo lamento la ausencia de grandes maestros, como Atahualpa del Cioppo. Y como faltan maestros, se llenó de discípulos, sin maestros. Entonces hay muchos marineros y pocos capitanes. Hoy hay estrenos y estrenos, y más allá de la cantidad, creo que falta calidad. Hoy en teatro el criterio de calidad es otro: que lo que se haga tenga buen retorno, reditúe. Yo en parte lo entiendo. Porque el teatro sin la boletería no puede vivir. Está esa cosa de hacer un espectáculo tras otro. Y falta formación. Hablás con gente de teatro, decís Bergman, o Visconti, y te dicen que no la vieron, o que no saben.

-Claro, el cine también forma al actor de teatro.

-Más allá de las escuelas de teatro, hay una escuela que es el buen cine. Ver a Anthony Hopkins en Lo que queda del día. Y sigue pasando: las series inglesas son impresionantes. Me resistía a mirar The Crown, porque decía que las dinastías me tienen harta. Y un día, que no sabía qué ver, me puse a mirar el primer capítulo, y me enganchó la actuación. Tanto que a veces lo he vuelto a ver. También Downton Abbey: a veces la veo por ver a Maggie Smith. Es brutal.

-¿De tus primeros trabajos en teatro cuál recordás más?

-El descubrimiento de lo que puede ser una actuación lo sentí en El jardín de los cerezos. En el último acto, cuando la familia se va de la casa, yo hacía el personaje de Varia, que en un momento le alcanza un par de botas a otro personaje. Era una escena cargada de sentido: era más que los zapatos lo que le estaba dando. Y sentí una enorme emoción, a través de esos zapatos viejos. Ahí sentí Stanislavski.

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