crítica: La tundra y la taiga

Una extraña trama teatral que trabaja con la imaginación

En la Sala Zavala Muniz se está presentando un interesante trabajo de Sofía Etcheverry

La tundra y la taiga
La tundra y la taiga. Foto: Rabiar Media

La Sala Zavala Muniz, del Solís, ha sido plataforma de algunas de las obras teatrales renovadoras de la escena local. Lo fue con No daré hijos, daré versos, de Marianella Morena, con El bramido de Düsseldorf, de Sergio Blanco, y con Inconfesable, de Lucía Trentini. En esa línea de teatro experimental hay que ubicar La tundra y la taiga, con texto y dirección de Sofía Etcheverry.

El trabajo que presenta Etcheverry ahora cuenta con muchos méritos, aunque para el espectador corriente puede resultarle algo arduo. La idea motora tiene originalidad, y se ubica (afortunadamente) lejos de todos esos asuntos de problemas de puertas adentro que tanto abundan en el teatro montevideano de hoy. La acción se ubica en Isla de Flores, esa pequeña isla extraña, medio enigmática, llena de leyendas, que está ahí, frente a la rambla, y sin embargo no parece formar parte del paisaje de la Capital. Y la autora aprovecha bien esa singularidad, para llevar a la escena una trama que ocurre en ese lugar, pero que sucede también como fuera de todo espacio cotidiano. La Isla de Flores oficia como un lugar concreto, pero también como un sitio simbólico. Y en escena eso se refleja en un espacio neutro, muy blanco, abstracto, como se ha visto en algunas producciones de Morena y de Blanco.

El argumento plantea que allí se lleva adelante un experimento, como un taller, en el que un equipo de trabajo tiene una función nada común, vinculada con indagar -en grupo- a partir de la imaginación. El entorno de todo eso se presenta bastante enigmático, y el equipo (de cinco integrantes y un líder), trabaja en base a un instructivo, que por momentos es tema de discusión.

Esa especie de investigación grupal sobre las imágenes mentales permite a la directora desarrollar un trabajo en dos niveles, como un juego de teatro dentro del teatro. Hay un nivel de representación dado por el grupo de trabajo en sí, y otro por toda la dinámica que los implicados emplean en dar vida a esas imágenes. Y luego se van mostrando más los vínculos y problemas personales.

En cuanto al trabajo con los actores, todo eso se refleja en un fuerte despliegue físico, con escenas de baile y de mucha expansión corporal. Los integrantes del grupo tienden a un código juvenil, mientras que la presencia de la música, que pasa por los más variados géneros, es fundamental, e incluye segmentos de juegos vocales. Todo el sistema de sonidos de la puesta tiene creatividad.

Luego, a nivel de significados, todo eso puede ser tomado con mayor profundidad o con menos. De hecho, toda la puesta corre entre un conjunto de sentidos que puede ir desde lo hermético hasta lo esotérico. De todos modos, el teatro es el lugar para ese tipo de experimentaciones.

A nivel visual la puesta tiene su interés, y algunos momentos de medida belleza, aunque es poco variada. Algunos paralelos que ofrece el texto, entre el pasado y el presente, están entre lo más jugoso del argumento. A nivel de lenguaje escénico, hay algunos recursos valiosos, como el actor que dibuja un personaje en un globo. En ese sentido, la audacia de Etcheverry es lo que más asombra a la hora de pasar raya sobre el inusual montaje. Pero la propuesta puede confundir un poco, principalmente si el espectador toma el camino de una racionalidad rigurosa. Y se le puede hacer un poco larga.

fiicha

La tundra y la taiga [***]

Dramaturgia, dirección y letras de canciones: Sofía Etcheverry. Elenco: Leonor Chavarría, Micaela Gatti, Lucía Persichetti, Franco Pisano, Alejandra García y Gerónimo Pizzanelli. Composición musical: Gerónimo Pizzanelli. Diseño de sonido y mezcla: Rafael Arrejuría. Vestuario: Elis Montagne. Escenografía e iluminación: Ximena Seara. Sala: Zavala Muniz. Funciones: martes, miércoles y jueves a las 21.30. Tickantel, $ 350.

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