balance 2017

La escena teatral se bifurca

Dos estéticas opuestas y complementarias que destacaron en la temporada: El bramido de Düsseldorf y Rabiosa melancolía

El bramido de Düsseldorf
El bramido de Düsseldorf

Los más creativos espectáculos teatrales de esta temporada dan cuenta de algunas tendencias que la escena local viene desarrollando. El bramido de Düsseldorf, de Sergio Blanco, y Rabiosa melancolía, de Marianella Morena, no son solo dos puntos altos entre los más de 200 títulos que este año engrosaron la cartelera teatral. También son dos formas de concebir la innovación escénica, dos caminos por donde seguramente se siga avanzando.

Y en cierto sentido más distintos no pueden ser. Blanco llevó adelante una producción de gran despliegue, con fuerte apoyo tecnológico. Abarcó el espacio escénico en su totalidad, ampliamente, lo inundó de blancura estridente, como una luz de aeropuerto, concretando un clima como de algo que ocurre en un lugar abstracto.

La propuesta de Morena tomó el rumbo opuesto. Comprimió el espacio escénico (de la complicada Sala Atahualpa), obligando a su cuarteto de actores a trabajar con el sitio muy justito, algo que encaja perfectamente con el tema y sentido de Rabiosa melancolía. La creadora desechó el despliegue de tecnología digital, yendo hacia las raíces de lo teatral a través de la vieja y siempre rica técnica artesanal: un texto expresado a través del trabajo actoral.

Ambas propuestas comparten puntos de contacto, que son significativos porque no es casual. Primero: temáticamente tratan de la familia, de los vínculos afectivos, los problemas, los rencores, y el peso del pasado en las relaciones del presente. Dos: el peso de lo musical en las puestas en escena, dado que actualmente esa vía aporta mucha innovación al teatro.

Pero Blanco utiliza la música como un guiño a una referencia cultural, como un juego entre la estética del playback y la del karaoke, echando mano al recurso también para animar a la platea y para crear complicidad, para distender el drama y entretener. Porque la complicidad sustenta la nueva dramaturgia de Blanco. Y en ella pesan esos pasajes musicales con algo de guiño kitsch, al modo en que los utilizó el argentino Javier Daulte y otros teatristas rioplatenses.

Y Morena usa el recurso musical desde el lugar opuesto, más físicamente, con el juego de las voces de los actores, como un modo de expresar cuando las palabras van llegando a su límite, apelando a la visceralidad del canto. Transitando entre el sonido de los fonemas y el de las palabras. Y los sutiles juegos de palabras, trabajados desde la belleza vocal de sus intérpretes.

Trentini, Urrutia, Pérez y Muyala se lucen en Rabiosa Melancolía. Foto: G. Techera
Rabiosa melancolía. Foto: Gonzalo Techera

Ambas son dramaturgias que nacen de un creador que es a la vez autor y director. Y que utilizan a sus actores un poco como marionetas, manejándolos a voluntad. Y los actores trabajan por segmentos de actuación, entrando en momentos de letargo, algo que facilita el trabajo del intérprete, que no tiene que sostener el espectáculo todo el tiempo. Los actores están en escena, pero a veces actúan, y otras no. En la obra de Morena, cuando no actúan, no parecen perder intensidad. La directora juega con ese letargo de sus actores. Entre las más fuertes y perfectas escenas del año está cuando en Rabiosa melancolía, una actriz se moja el pelo con el agua de una sopera.

Otro punto en común de estos montajes es el fuerte apoyo institucional. Blanco y Morena son artistas con credenciales de peso, y eso los lleva a cosechar un firme apoyo, dentro y fuera del país. Pero Blanco está más de moda, y agota localidades, dado que su teatro es de fácil comprensión, y deja al espectador como un regodeo con su propia inteligencia. El teatro de Morena es más difícil para el público, y eso ha llevado a que Rabiosa melancolía no convocara todo el público que merecía. Quizá en Buenos Aires quizás sus obras cuenten con mayor comprensión del público.

Que Blanco eche mano a un gran despliegue de tecnología digital tiene mucho que ver con el éxito de El bramido de Düsseldorf, más allá del ingenio que hay en el texto. De hecho, una parte significativa del espectáculo la hace el diseñador de videoarte, asunto que emparenta un poco el resultado al mundo de los creadores audiovisuales, publicistas incluidos.

Utilizando la tecnología digital este año se concretaron grandes espectáculos, como El delirio, el megamontaje del Centenario, y Galileo Galilei, de la Comedia Nacional en el Solís. Pero también hubo innovación utilizando la tecnología de un modo más de cámara, y más artesanal. Y un gran ejemplo al respecto fue Inconfesable, que Lucía Trentini presentó en la Sala Zavala Muniz.

Este año, que el jurado de los Premios Florencio (que suele ser conservador) otorgó el premio a Mejor Espectáculo a dos obras de los tiempos de la Segunda Guerra, estos y otros montajes marcan un rumbo que tiene mucho para dar, tanto en el teatro hecho con los medios tradicionales, como en el mega montaje y el uso de escenografías digitales.

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