Teatro

Erotismo y picardía en una "Doña Flor" singular

La platea no solamente aplaude a rabiar al final del espectáculo: también bate palmas al son de una pegadiza canción brasileña. Franklin Rodríguez, físicamente algo cansado por el desgaste que demanda el personaje, salta al patio de butacas, e invita a bailar a una de las señoras mayores de la primera fila.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Rodríguez concreta las mejores escenas, junto a Adriana Da Silva y Leonardo Lorenzo.

Otros actores hacen lo mismo, la gente se anima, y el espectáculo culmina como si fuese una fiesta familiar, un gran cumpleaños con baile en el que se aprovecha para dejar de lado algunas inhibiciones. Una espectadora mira a un desconocido y le pregunta, ¿verdad que estuvo muy bueno?, como buscando complicidad.

¿Cómo se llega a ese final? ¿De qué herramientas se vale Nacho Cardozo, desde la dirección? La respuesta tiene varias puntas. Por un lado, el escritor Jorge Amado y su hermosa novela costumbrista Doña Flor y sus dos maridos, que marcó a más de una generación. Escrita en los años 60 y muy divulgada en los años 70, gracias a la película del director Bruno Barreto, protagonizada por Sonia Braga, José Wilker y Mauro Mendonça, la sola mención de la obra despierta en muchas personas un recuerdo a erotismo, en tiempos en que la sensualidad no campeaba por todos lados como hoy.

Seguramente, una parte de esa gente que bailaba junto al escenario revivía emociones provocadas tiempo atrás por el libro o la película. Verla en teatro (no es la primera vez que se presenta en un escenario montevideano) es ir en busca de una historia ya conocida, y la interrogante del espectador seguramente no sea de qué va, sino cómo será la versión, cómo la harán.

Y la versión es realmente singular. En primer lugar, el texto original fue adaptado buscando objetivos escénicos específicos. Más que preservar el ambiente de la novela, se buscó una rápida dinámica escénica, que se estructura en base a módulos bastante sencillos.

Por un lado, el argumento avanza, muy rápido, por medio de escenas teatrales, algunos casi como sketches, que van administrando el relato. Allí vemos a Adriana Da Silva en el rol de Doña Flor, desplegando cierta sensualidad y bastante teatralidad, pese a no estar dotada de las condiciones de vedette que podría demandar el personaje.

Pero el personaje fuerte es Vadinho, es decir, Franklin Rodríguez, sobre quien recae la mayor parte del humor y el histrionismo que transita del escenario a la platea. El actor, gran comediante, apela a su natural desenvoltura sobre las tablas para armar un personaje que parece hecho para él.

Desnudo buena parte del tiempo, Rodríguez arranca carcajadas con sus frases tiradas en el momento justo, pero igual o más con su juego físico, con mostrar o escatimar su sexo. El público lo sigue gesto por gesto, como si se tratase de teatro de revista, con el ascendiente popular de los grandes actores cómicos. El actor lo sabe y utiliza ese diálogo con el público, sin dirigirse a él, valiéndose de su gran experiencia y su soltura sobre el escenario.

Leonardo Lorenzo es un intérprete mucho más medido, de un registro más limitado, pero para el personaje de Teodoro va perfecto, valiéndose justamente de cierto envaramiento que en este caso le juega a favor. Y con la terna de actores protagónicos bien armada, esta Doña Flor ya tiene ganado la mitad o más de sus objetivos. Un conjunto de actores secundarios suman dinámica y humor en otras escenas, haciendo que las partes actuadas transcurran a buen paso, con picos de gran hilaridad, de esos que la gente luego comenta al salir de la función.

Cardozo, desde la dirección, acierta en otro aspecto: el ojo para armar las escenas, la utilización de la iluminación, conjugando algunos cuadros plásticos bien logrados. En el escenario más bien vacío, desprovisto de gran escenografía, entra y sale mobiliario, para ir armando las escenas.

Quizá el punto más débil del conjunto sean las coreografías, aunque algunas, de subido erotismo, aportan en la dirección del espectáculo, pese a no ser demasiado creativas. La música, en su mayoría grabada, hace de esta especie de musical algo híbrido. Aunque el público disfruta mucho de esa selección musical, que también remite a los mayores artistas de la bossa nova y de otros estilos brasileños, que despiertan en el público un clima de evocación.

Solo en unos pocos tramos aparece algo del clima de la novela de Amado, de sus referencias a las artes culinarias y a todo el universo de la mitología bahiana. Pero a cambio, el espectador recibe una obra muy animada, con escenas bastante subidas de tono, algún cuadro erótico, y mucho para recordar. El Teatro del Notariado sabe convocar público, y esta Doña Flor y sus dos maridos es un buen ejemplo. El clima de festejo ya se respira desde la cafetería, que abre horas antes de la función.

Doña Flor y sus dos maridos [***]

Texto: Versión sobre la novela homónima de Jorge Amado. Dirección, selección musical y vestuario: Ignacio Cardozo. Elenco: Adriana Da Silva, Franklin Rodríguez, Leonardo Lorenzo, Filomena Gentile, Gustavo Alonso, Lucila Rada, Soledad López, Fernando Imperial, Alejandra Grossi y otros. Escenografía e iluminación: Nicolás Amorín. Peinados y pelucas: Heber Vera. Sala: Teatro del Notariado, Guayabos 1727. Funciones: Sábados a las 21:30 y domingos a las 19:30 horas. Entradas: $ 450.

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