Teatro

El emperador romano vuelve a pisar las tablas

Alfredo Goldstein dirige un clásico: Calígula, en el Circular

Calígula
Calígula, con Moré. Foto: Alejandro Persichetti

Calígula, de Albert Camus, ya ha tenido varias versiones en la escena montevideana. La primera fue en 1949 en la Comedia Nacional, tiempo después de que el propio Camus visitara Uruguay. Luego, a inicios de la década de 1980, Marcelino Duffau la dirigió, con Roberto Jones en el papel principal, en el Teatro del Anglo. Y en la década de 1990 hubo una audaz reescritura de Roberto Suárez, que se llamó Una cita con Calígula, que dirigió María Dodera en el Florencio Sánchez del Cerro. Ahora Alfredo Goldstein volvió sobre este texto, para llevarlo a escena en Teatro Circular, con Moré en el rol protagónico. Las funciones serán los sábados a las 21.00 y domingos, a las 19.00, en Sala Uno, con escenografía y vestuario de Hugo Millán, recientemente premiado en Hong Kong por su escenificación de El Corsario.

“Camus, argelino, nacido en 1913, fue un luchador por las libertades, aunque no necesariamente buscaba la independencia de su país, colonizado por Francia. Calígula es la expresión teatral de su filosofía, en un universo convulsionado por la Segunda Guerra. La figura de ese tercer emperador romano, inicialmente amado por su pueblo y luego convertido en un déspota absoluto, seguramente tenía mucho que ver con el monstruo que se estaba gestando en la Europa de esos tiempos”, comentó con El País Goldstein, director que lleva una larga carrera en la escena local, con montajes que se remontan a principios de la década de 1980.

“Hoy Calígula sigue cuestionando el sistema. Porque ese hombre que lo tenía todo, aspiraba a lo imposible, a obtener una naturaleza que le era esquiva. Había pasado por todos los amores, por todas las formas sexuales posibles, había corrompido todo lo que estaba a su alrededor, había usado y abusado de sus potestades, pero lo absoluto estaba en el debe”, reflexiona Goldstein.

Apoyado por Fernando Ulivi en la música del espectáculo y Pablo Caballero en las luces, el director buscará traer ese enjundioso texto al siglo XXI. “Sin duda, un texto escrito en 1938 con la impronta filosófica de la época, precisa un aggiornamento sin traicionar su esencia. En eso trabajamos, en busca de un Calígula posible, lleno de contradicciones, eternamente burlón, alejado de la simple locura que se le atribuyó y más cercano a la conciencia frente a todas sus acciones. El lenguaje verbal y visual también debía acercarse al espectador, con todos los matices posibles. Esto que ocurre en la antigua Roma puede ocurrir en una casa de gobierno de hoy. Los patricios de antaño son los políticos de hoy que se nutren de las posibilidades del emperador de turno y que se asocian o se alejan según sus conveniencias. Los peligros de un golpe de Estado están a la orden del día. Y cuántos ejemplos latinoamericanos pueden rastrearse”, analiza el director, quien ha aportado a la escena local numerosos títulos valiosos, a través de autores de la talla de George Tabori, o Steven Berkoff.

Desde su estreno mundial en el Théatre Hébertot, de París, el 26 de septiembre de 1945, con dirección de Paul Oettly y protagónico a cargo de Gérard Philipe, la obra ha permitido el lucimiento de numerosos buenos actores, tanto en teatro como en audiovisual. Y entre ellos, fue muy elogiada aquella versión que protagonizó Imanol Arias en la década de 1990, bajo dirección de Rubén Szuchmacher. Ahora ese difícil rol recae sobre Moré, quien estará acompañado Paola Venditto, Claudio Castro, Oliver Luzardo, Gustavo Bianchi, Guillermo Robales, Agustín Bequio, Sebastián Martinelli e Ignacio Estévez.

“La propia narrativa de este continente ha sabido nutrirse de las arbitrariedades de sus gobernantes, desde García Márquez hasta Roa Bastos. Por eso, este Calígula, más allá de sus referencias, remite a contextos identificables, a corrupciones más cercanas, a decisiones que recaen en un pueblo que sufre sin que a los dominantes se les mueva un pelo. Pero también Calígula sabe que nada es gratuito, y construye su palacio con la capacidad de un marionetista que conoce, sin embargo, que él mismo puede llegar a ser su propia marioneta”, afirma Goldstein sobre el alcance de la obra.

“Dentro de la dramaturgia del siglo XX esta obra de Camus constituye un punto muy alto. No sólo por la apertura a tiempos y lugares posibles, sino también por la elaboración dramática en la que la palabra se une permanentemente a la acción”, remata.

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