Crítica: Vida íntima de una muñeca

Estar despierto ante un sueño

Sandra Massera al frente de un interesante espectáculo que alterna actores y muñecos a escala humana

Vida íntima de una muñeca
Vida íntima de una muñeca. Foto: Lucía Rehermann

El teatro con muñecos a escala humana es poco común. Y produce un efecto impresionante, que mezcla lo raro, lo existencial y lo lúdico. Por eso Vida íntima de una muñeca es un espectáculo recomendable, principalmente por esa dinámica del actor, su personaje, y el muñeco que juega en paralelo. Se trata de un trabajo de Teatro del Umbral, una compañía que ha hecho mucho por salir del trillo de lo convencional, y que este año está cumpliendo su vigésima temporada de vida.

Sandra Massera, autora y directora del espectáculo, ha realizado montajes de las estéticas más diversas, aunque en ellos siempre hay un componente humanístico importante, y un gusto por hurgar en lo profundo del ser humano y sus vínculos sociales. En este caso, tomó episodios de la vida del pintor austríaco Oskar Kokoschka, para narrar una historia descabellada, de mucho interés, y fuerte trasfondo psicoanalítico.

El montaje, de época, viaja un siglo atrás, para componer el clima y los entretelones de una tertulia de intelectuales, encabezada por Freud. Y el viaje permite abrir un abanico de temas políticos y sociales, mientras se relata la historia de un amor y de una obsesión amorosa, ubicada en un contexto cultural sofisticado. Y la directora lo hace por medio de un lenguaje escénico propio, que crea un ambiente onírico. Ese clima de rareza está acentuado por registros actorales que transitan por movimientos lentos y un habla pausada, casi entrecortada, que subraya los aspectos antinaturalistas. Esos factores, sumados a los muñecos tamaño natural, también vestidos de época, redondean una puesta llamativa, que conviene ver.

Quizá en algunos actores faltó precisión para concretar al milímetro un montaje tan exigente. Pero por otro lado, los rostros de los intérpretes dejan en la memoria una impresión difícil de borrar. Tampoco ese espacio escénico es el ideal para esta obra, que demandaría una sala de tipo tradicional, para remarcar el efecto irreal de la representación.

Las dos décadas de Teatro del Umbral han ofrecido mucho a la escena local, desde obras más alocadas a otras más trascendentes. Y la compañía festeja el aniversario con este espectáculo, que fusiona con habilidad lo lúdico y lo experimental, lo culto y el entretenimiento.

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