Entrevista con el director inglés dan jemmett, que dirigirá otelo con la comedia nacional

"El tiempo deja de valer en Shakespeare"

El Solís prepara para el lunes 2 de octubre un montaje de gran despliegue y dos horas y 40 minutos de duración

Dan Jemmett
Dan Jemmett. Foto: Francisco Flores

El nombre del director teatral inglés Dan Jemmett se empezará a repetir con más frecuencia en estos días: el lunes 2 de octubre el artista estrenará Otelo, en el Teatro Solís, al frente de la Comedia Nacional, que ese día celebra 70 años de existencia. El director, considerado uno de los referentes internacionales de la puesta en escena de Shakespeare, llega por primera vez a Uruguay, y ha tenido que trabajar con el elenco oficial, traductor mediante. La tragedia tendrá una duración de dos horas 40 minutos, y en ella interviene numeroso elenco de la compañía. Dan Jemmett dio detalles sobre su carrera y sobre lo que se verá en el Solís. Tickantel, $ 150.

-Tu venís de una familia de artistas, ¿verdad?

-Mis padres fueron actores, pero ya medio habían dejado cuando yo nací. Entonces yo creí con esa nostalgia que había en mi casa hacia el teatro. Y creo que toda mi carrera ha tenido que ver con tratar de aprehender un teatro que nunca conocí. Principalmente en lo que concierne a mi padre. Él combatió en la Segunda Guerra, y empezó como actor en un teatro comunista, en Londres, haciendo Brecht. Pero su gran amor era Shakespeare, y crecí escuchando mucho sobre sus obras. Shakespeare tiene mucho que ver con la conexión con mi padre.

-¿Qué lugar ocupa Otelo dentro de la obra de Shakespeare?

-Bueno, esta puesta de Otelo me la pidió la Comedia Nacional, pero más allá de eso, es un título que me despierta especial interés. Por ejemplo, el personaje de Yago le da a la obra su color particular, porque está vinculado a los dramas medievales. Es un arquetipo, como una imagen alegre, festiva, del mal, y que a través de la pluma de Shakespeare alcanza profundidades psicológicas mayores. Me imagino que el personaje pudo haber comenzado como un títere en tiempos medievales. Y renacido también del Londres shakesperiano, en el marco de una revolución intelectual, científica, artística, arquitectónica. Y también teatral.

-¿Cómo ves la versión al español?

-Para mí no es fácil medir la traducción, porque no manejo suficiente el español. Pero también hablo francés, y estoy empezando a tener una relación más íntima con el español, que es un idioma que se presta muy bien para cosas de Shakespeare. Porque cuando es necesario es un lenguaje que se puede sentir muy visceral, y también obviamente muy poético. Me gusta la forma en que fluye en los actores, que aunque no es tan musical como el francés, eso permite acercarlo un poco a lo que es la fibra del idioma original.

-¿En la traducción se hicieron muchos recortes?

-Me parece que es una versión muy cercana al original, aunque obviamente con algunas distancias, porque hay cosas intraducibles. Entonces, en algunos puntos específicos casi se transforma en una versión. Pero estamos haciendo la obra completa, que es grande, es larga. Quizá ronde más de dos horas y media. No la voy a aligerar, porque todas las tragedias de Shakespeare tienen cierto jugueteo, tienen como un estilo de extravagancia, que las hacen muy entretenidas. Porque no es la tragedia del siglo XIX. Esta tiene una vivacidad particular. Me interesa más jugar por ese lado, y no tanto en meditar sobre la muerte.

-Hoy las obras de Shakespeare se escenifican a un ritmo más veloz que antes...

-No es fácil expresarlo, pero a Shakespeare yo lo encuentro en un punto intermedio entre el tiempo y el espacio, lo cual es imposible porque no tiene ningún sentido. Pero hay personajes que salen y entran en seguida, y se supone que pasó un montón de tiempo entre una cosa y otra. El tiempo no vale en estas obras. Deja de valer. Y además, hay cosas que exigen determinada exageración. A diferencia, por ejemplo, del teatro clásico francés, que trabaja con el tiempo y el espacio de un modo más rígido. Shakespeare, muy gratuitamente, no toma en cuenta todas esas cosas. Para mí lo más cercano a Shakespeare son esas obras antiguas para títeres. También por las dificultades de escenificar que tenían en la época, que lo hacían con puestas sumamente sencillas.

-¿Cómo ves a los actores de la Comedia Nacional para este tipo de obra?

-Parecen muy experientes, con mucha técnica, y muy abiertos. Y están en el proceso de adquirir la energía necesaria para hacer lo que yo pretendo que se haga. Tienen mucha curiosidad por ver a dónde quiero llegar. Y dispuestos a seguirme en esta experiencia. No me encontré con ninguna resistencia, en absoluto.

-¿Esta puesta de Otelo tiene que tener cierto sabor inglés?

-Ya no sé qué significa hoy en día sabor inglés. Por otra parte, he vivido en París más de 20 años y he trabajado en muchísimos países. Con Inglaterra, quedé anclado en los años 70, y a medida que pasa el tiempo, mucha cosa cultural de ese tiempo que me vuelve: mucha televisión mala que yo miraba, y que al parecer quedó grabada en mí. Y música: de hecho, entre las ideas que tengo para este montaje, hay música pop en la fiesta de casamiento donde los hechos suceden.

-¿Cómo ves Montevideo?

-Me gusta muchísimo, lo poco que pude ver. Veo que hay muchas posibilidades. Pasé por ejemplo por un club de striptease, y me dijeron que había una sala de teatro en el piso de arriba. Cosas que uno no puede creer. Me hace acordar a aquellas historias de Peter Brook, en los años 70, cuando fundó su teatro, que él descubrió picando un agujero en una pared. Eso hoy en París o en Londres, esas cosas no pasan. Pero acá en Montevideo parece como que si.

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