Ducho Sfeir falleció a los 83 años, dejando un legado ético y artístico

Dahd Sfeird: del lirismo al compromiso social

En 1963 la revista Mundo Uruguayo publicaba a Ducho Sfeir en tapa, destacando un aspecto de su trabajo: la versatilidad de la joven artista que en La visita de la vieja dama daba vida a un personaje mucho mayor que ella, a través de un esmerado trabajo de maquillaje y una gran ductilidad actoral.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
El año pasado se despidió del público con "Conversaciones con mamá". Foto: Archivo El País.

Fue ese uno de sus muchos roles que la instaló —ya joven— en el panorama teatral como una figura de referencia. Ese lugar lo conquistó para no abandonarlo, desde distintos sitiales, en diferentes épocas. El domingo se cerró la última página de su biografía, cuando poco antes de medianoche falleció, a los 83 años, y luego de una serie de problemas de salud. La artista fue velada en Martinelli y a las 15.00 de ayer el cortejo se dirigió al Cementerio del Buceo.

Pese a haber dejado inconclusos sus estudios en la Escuela Municipal de Arte Dramático, su ingreso a la escena montevideana fue por la puerta grande, integrando dos de las compañías más importantes de las décadas de 1950 y 1960. Empezó en Club de Teatro, donde se lució en espectáculos de grandes textos, en manos de sensibles directores. En 1954, Laura Escalante la dirigió en Tío Vania y Pepe Estruch en La estrella de Sevilla, donde desempeñó el papel de Estrella, acompañada en el elenco de Taco Larreta, Henny Trayles, Roberto Fontana y Margara Willat, entre otros.

Ya antes había realizado un papel que la marcó: Medea, la encantadora, de José Bergamín. La obra, que el exiliado escritor español escribió para ella, fue su primer gran trabajo, y ella lo volvió a vivir años después en una situación muy particular. Luego de la apertura política española, cuando Bergamín regresa a la España democrática, aceptó un único homenaje: que Ducho interpretara aquella obra. Se conjugó así una dinámica de dos exilios: el del español en América, y el de la uruguaya en España.

Su singular belleza y sus dotes actorales la convirtieron en favorita de directores de la talla de Sergio Otermin y Taco Larreta, quien la hizo transitar por ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, de Albee. En filas del histórico Teatro de la Ciudad de Montevideo, la actriz obtuvo un Premio Florencio por rol protagónico en 1965 con esa obra. Antes había recibido en Argentina el Premio Talía, en 1962, por Santa Juana, y en 1968 cosecharía otro Florencio por La Dorotea, de Lope de Vega.

También ocupó un lugar en la difusión de la vanguardia, interpretando por ejemplo en 1963 Una ligera molestia, de Pinter, dirigida por Roberto Fontana. Paralelamente, su perfil más comprometido no tardó en asomar, a medida que en la década de 1960 el ambiente teatral se politizaba más y más. Por entonces participó en montajes que hoy son recordados como fuertemente innovadores, principalmente en el Circular, bajo dirección de Omar Grasso. Allí hizo en 1971 Los fusiles de la Patria Vieja, obra de fuerte impacto, en el que Grasso abordó la obra de Brecht. Su participación estelar en Cantando a propósito, junto a Daniel Viglietti y Los Olimareños, fue otro de los mojones de su carrera.

En 1973 comenzó una peregrinación artística y política, por Argentina, Venezuela, España y Suecia, regresando en 1986. En ese lapso trabajó en la difusión de la cultura uruguaya en el exterior, y también militó para la recuperación de la democracia en Uruguay, junto al periodista Carlos María Gutiérrez. En su vida fuera de fronteras estableció lazos que luego siguió cultivando, obteniendo en Venezuela en 1985 el premio de la crítica a la mejor actriz del año, entre otras distinciones.

Con la apertura política, Ducho ingresó en una nueva etapa de su trayectoria, de la que se recuerda especialmente el espectáculo Mano a mano, dirigido por Jorge Curi, sobre una antología de textos y canciones. En 1987 lo hizo con Alberto Candeau en el Teatro del Notariado, dándolo luego con otros intérpretes, como Ruben Yáñez (otra baja significativa que la comunidad teatral sufrió este año), con quien lo interpretó en 1996, ganando en Washington, Estados Unidos, el premio Helen Hayes a la Mejor Actriz de Musical.

En trabajos unipersonales, la intérprete —de gran rango a la hora de animar personajes de los más diversos géneros y latitudes—, también encontró otra de sus pasiones. En Master Class, dirigida por Bernardo Galli en el Teatro del Centro Carlos E. Scheck en 1999, dio vida con particular expresión propia a la soprano griega María Callas. Otras veces fue el tango lo que animó sus espectáculos, al que se aproximó tanto desde el relato oral y la recitación, como desde el canto. Sfeir representó a Uruguay en repetidas ocasiones en festivales de relato oral, en los que textos de Juceca recobraban la belleza sobre la escena. Tanto en sus obras en solitario como integrando elencos, siempre destacó por su parsimonia y a la vez su franqueza, desde una impronta muy personal que se manifestaba además en su dicción clara y singular.

Lógicamente en los últimos años se había ido alejando de su público, por el peso natural de la edad. Un accidente automovilístico le deparó una serie de problemas y amarguras, figurando en la prensa por razones ajenas a su talento. Fue un poco saliendo de esa ausencia que el año pasado se presentó en el Teatro Stella con Conversaciones con mamá, bajo dirección de Mario Morgan y acompañada por "Coco" Echagüe, ya que no quería hacer su último mutis sin despedirse antes de su público.

Actriz del tango y maestra de la escena.

Además de actriz, Ducho Sfeir sobresalió en el terreno del tango, donde supo volcar su expresividad fuerte y su tono intenso. "Con Ducho tuvimos oportunidad de compartir escenario en algún festival de Joventango, hace muchos años, género que la llevó a recibir el premio Helen Hayes en el Kennedy Center, acompañada por Enrique Iglesias, que entonces era presidente de BID", recuerda hoy Nelson Pino, quien valora especialmente los consejos que la actriz le dio en el terreno del dos por cuatro.

"Me dio consejos sobre cómo recitar poemas antes de cantar un tango. Eran consejos como de una mamá. Porque era una mujer muy cariñosa, muy maternal: humilde en toda su grandeza. Me acuerdo en alguna reunión, hablaba muy bajito, y cuando le pedían que cantara algo, se transformaba", relata Pino.

"Hoy es un día triste porque se va una de las grandes actrices de América Latina, pero me queda el consuelo de haberla conocido y tratado. Ella me aconsejó sobre cómo pararse en un escenario para decir un poema, y también a cómo declamar, como respirar. Yo le copié mucha cosa".

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